BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Rostros iguales
en sucesión invariable,
rostros de lucha, y de combate,
de largas estrías combadas,
convertidas en razones y mensajes.
Rostros de dureza incuestionable,
rostros de piel curtida y tersa, insobornables.
Rostros que adquieren tonalidades sucias
de colores irreverentes.
Rostros sumergidos
en sus arrecifes improbables,
ojos perdidos en las profundidades,
parpadeos inquebrantables, de dulces
bucles innombrables.
Rostros en tensión, corazones
indigentes, que alternan melancolía
y capricho, fantasía y bostezo.
Carnavales dentro de un bote de formol.
Sucios abuelos interpretando a la perfección
su tragedia o su comedia sin aparente razón.
Abuelos indómitos, indomables, carentes
de caparazón, vestidos
sin lógica ni armazón, sufren sus guerras
y sus principios, sus enfrentamientos y sus pasados idilios,
sus pobrezas seculares y sus familiares muertos o desaparecidos.
Sufren, por la inacción, por el desmembramiento,
por las rosas deshojadas que devasta un viento sin compasión.
Comen de la mano impura de Dios.
Pétalos envainados en frutales insondables.
Que caen rectos desde atalayas superficiales.
Que gobiernan funerales severos de arcadias irrecuperables.
Rostros iguales, desmedidos,
estrellas desvanecidas en la frente,
rostros por la muerte perseguidos, proscritos,
aturdidos, y confusos. Rostros
semilleros de viejas explosiones de odio
y de rencor.
Oh, cómo alzan sus bastiones y sus emblemas,
sus cacerolas y sus bastidores de tuercas infinitas,
inmensas. Cómo levantan su pasión
sobre la horca definitiva, de flores, de sexos combativos,
y de estrellas ofensivas!©
en sucesión invariable,
rostros de lucha, y de combate,
de largas estrías combadas,
convertidas en razones y mensajes.
Rostros de dureza incuestionable,
rostros de piel curtida y tersa, insobornables.
Rostros que adquieren tonalidades sucias
de colores irreverentes.
Rostros sumergidos
en sus arrecifes improbables,
ojos perdidos en las profundidades,
parpadeos inquebrantables, de dulces
bucles innombrables.
Rostros en tensión, corazones
indigentes, que alternan melancolía
y capricho, fantasía y bostezo.
Carnavales dentro de un bote de formol.
Sucios abuelos interpretando a la perfección
su tragedia o su comedia sin aparente razón.
Abuelos indómitos, indomables, carentes
de caparazón, vestidos
sin lógica ni armazón, sufren sus guerras
y sus principios, sus enfrentamientos y sus pasados idilios,
sus pobrezas seculares y sus familiares muertos o desaparecidos.
Sufren, por la inacción, por el desmembramiento,
por las rosas deshojadas que devasta un viento sin compasión.
Comen de la mano impura de Dios.
Pétalos envainados en frutales insondables.
Que caen rectos desde atalayas superficiales.
Que gobiernan funerales severos de arcadias irrecuperables.
Rostros iguales, desmedidos,
estrellas desvanecidas en la frente,
rostros por la muerte perseguidos, proscritos,
aturdidos, y confusos. Rostros
semilleros de viejas explosiones de odio
y de rencor.
Oh, cómo alzan sus bastiones y sus emblemas,
sus cacerolas y sus bastidores de tuercas infinitas,
inmensas. Cómo levantan su pasión
sobre la horca definitiva, de flores, de sexos combativos,
y de estrellas ofensivas!©