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Luna

María Rentería

Luna en Acuario.
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno, en su plenitud, atisbaba con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿O encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas cubiertas de nieve. A Luna le sorprendió su brillantez. ¿Acaso estaba hecho de algún material argentino? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo otra vez sus invisibles ojos, miró tiernamente hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


**********

De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también achicaba la distancia a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el aire frío entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un musculoso y oscuro animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció percibir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

*******
Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren aún estaba ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto daría los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su alma infinita. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, como una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna velaría por él cada noche, despierta y en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.
 
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


**********

De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también se acercaba a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el frío aire entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un oscuro y fuerte animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

**********

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.

Una historia realmente hermosa amiga mía y es que cuando el amor llama y se desea con el corazón, todo se puede conseguir como lo consiguió la Luna, brazos, piernas, labios...y al fin pudo ir hacia él para abrazarle y besarle sintiendo su cuerpo al suyo.
Que bella inspiración te ha dado esta hermosa Luna María.
Me ha gustado mucho como lo has llevado desde el principio, cuidando cada detalle, hasta me pareció ir en ese tren.
Recibe un fuerte y cariñoso abrazo con estos besos que te hará llegar este tren bajo el sortilegio de la luna.
 
Hermoso relato poético sobre la luna donde con arte y elegancia
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


**********

De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también se acercaba a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el frío aire entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un oscuro y fuerte animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

**********

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.
Muy hermoso poema sobre la luna donde con bellas imágenes plasmas tus emociones y sentires. Grato leerte. Un fuerte abrazo María.
 
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


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De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también se acercaba a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el frío aire entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un oscuro y fuerte animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

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Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.
Espectacular cuento de tintes fantasticos mágicos escrito con tu maestría literaria tan sensible y certera. La idea de la luna convirtiendose en persona me ha parecido maravillosa. Tu ingenio triunfa otra vez en tus letras querida amiga María. Me ha encantado. Abrazote vuela hacia México para ti. Un abrazo. Paco.
 
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


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De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también se acercaba a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el frío aire entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un oscuro y fuerte animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

**********

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.
Ayyy María, la Luna, nuestra fiel confidente, ese astro siempre pendiente de la Tierra, siempre girando alrededor de ella en busca de su maquinista el Sol, su amor verdadero y fiel... Ayyy me ha encantado leerte María, soñaré con la Luna y su plateada luz. Encantada siempre de leerte. Besazos con cariño y con admiración....muááááácksss.....
 
Como reza el dicho: "El amor todo lo puede". Maravilloso relato de un amor casi imposible pero que al final rompe el hechizo y logra la eternidad en su alma, una prosa exquisita, fluida y muy detallista. ¡Simplemente hermosa! Un placer pasar por su magistral obra, reciba mi más cordial saludo.
 
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


**********

De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también se acercaba a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el frío aire entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un oscuro y fuerte animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

**********

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.


Sencillamente bellísimo !! magicamente hermoso y romántico, el último párrafo es maravilloso, mis felicitaciones bonita Maria por este regalo, te dejo mi cariño infinito.
 
Querida María...
Encantada llegué hasta tu rincón para leer y disfrutar una vez más de tu magistral pluma e inspiración que te llevó a escribir una bellísima historia.
Te dejo mi abrazo de amistad con cariño y admiración!!!
 
Magníficas líneas. Tienes la particularidad de atrapar la atención de el lector y transportarlo al interior de tu relato: allí están las imágenes vivas, latentes, suspirantes. Su presencia es real, como su enamoramiento. Un gusto sincero disfrutar de su lectura.
anthua62
 
Última edición:
Excelente cuento, desde el principio hiciste sentirme que estaba dentro de una película
sí, dentro de "El Expresso Polar"... Un admirable trabajo el tuyo, por su contenido, y
por su extensión, sin perder el sentido primordial que querías transmitir.
Gracias por compartir tu bello talento, saludos, besos y abrazos con cariño.
Alfredo
 
Bello escrito amiga. Te soy honesto es algo amplio y tiene introducción largo..
Pero yo te admiro y disfruto de tu arte.

Bueno, el primer movimiento no es precisamente una introducción, más bien pensaba yo, que si fuera una obra de teatro, sería como el primer acto. Agradezco tu visita y el honesto comentario, y estoy encantada de que lo hayas disfrutado. Besos cariñosos.
 
Querida María...
Encantada llegué hasta tu rincón para leer y disfrutar una vez más de tu magistral pluma e inspiración que te llevó a escribir una bellísima historia.
Te dejo mi abrazo de amistad con cariño y admiración!!!

Mi querida Romi, la encantada soy yo por el bello comentario que dejas a tu paso, el cual agradezco profundamente. Recibe mi cariño.
 
Como reza el dicho: "El amor todo lo puede". Maravilloso relato de un amor casi imposible pero que al final rompe el hechizo y logra la eternidad en su alma, una prosa exquisita, fluida y muy detallista. ¡Simplemente hermosa! Un placer pasar por su magistral obra, reciba mi más cordial saludo.

Querido Fernando, es un enorme gozo recibir este comentario tan generoso que me dejas, agradezco profundamente que hayas acudido a mi invitación. Simplemente encantada de que hayas disfrutado a mi Luna, muchas gracias. Besitos.
 
Ayyy María, la Luna, nuestra fiel confidente, ese astro siempre pendiente de la Tierra, siempre girando alrededor de ella en busca de su maquinista el Sol, su amor verdadero y fiel... Ayyy me ha encantado leerte María, soñaré con la Luna y su plateada luz. Encantada siempre de leerte. Besazos con cariño y con admiración....muááááácksss.....

Ay, Lomita querida, qué más grande regalo que inspirar un bello sueño lunar en tu mente y corazón. Muchísimas gracias por la visita y el hermosísimo comentario. Gracias, mil. Y mil besos.
 
Espectacular cuento de tintes fantasticos mágicos escrito con tu maestría literaria tan sensible y certera. La idea de la luna convirtiendose en persona me ha parecido maravillosa. Tu ingenio triunfa otra vez en tus letras querida amiga María. Me ha encantado. Abrazote vuela hacia México para ti. Un abrazo. Paco.

Mi Paco querido, mi Valiente mosquetero, es delicioso este comentario y el sentimiento, la emoción que me causa saber que te ha gustado mucho mi Luna. Gracias por aceptar compartirla conmigo. Te mando miles de besos en respuesta al hermoso abrazo que he recibido de tu parte. Bendiciones.
 
Una historia realmente hermosa amiga mía y es que cuando el amor llama y se desea con el corazón, todo se puede conseguir como lo consiguió la Luna, brazos, piernas, labios...y al fin pudo ir hacia él para abrazarle y besarle sintiendo su cuerpo al suyo.
Que bella inspiración te ha dado esta hermosa Luna María.
Me ha gustado mucho como lo has llevado desde el principio, cuidando cada detalle, hasta me pareció ir en ese tren.
Recibe un fuerte y cariñoso abrazo con estos besos que te hará llegar este tren bajo el sortilegio de la luna.

Mi queridísimo Luis, no sé qué decirte ante este generoso y bellísimo comentario. Es una gran alegría para mí que te hayas podido subir al tren llevado por mi relato. Gracias por permitirme compartir este gozoso cuento que ha salido de mi universo interior. Te dejo mi cariño con miles de besos y un gran abrazo hasta la Madre Patria.
 
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En el cielo, Luna, el más bello astro nocturno en su plenitud, atisbaba atentamente con sus invisibles ojos hacia la Tierra, mirando entre los montes y por los valles. ¿Qué buscaba Luna? ¿Acaso quería sorprender a alguien haciendo una travesura? ¿Acaso deseaba encontrar algo especial? Ella miraba y miraba…

¡Sí! ¡Ahí estaba! Como una brillante cadena, como un listón de plata, serpenteaba entre las escarpadas montañas nevadas. ¿Acaso era ese su color? ¿Acaso estaba hecho de algún argentino material? No. Simplemente reflejaba la brillante luz de Luna.

Luna cerró los ojos. Ahí estaba. El tren. Su tren. Al frente de su tren estaba él. El maquinista. El maquinista de ese tren, en especial. Porque muchos otros trenes surcaban las vías, pero ese era su tren, y el que iba ahí era su maquinista, el que había captado su mirada, su ilusión, su amor.

Abriendo nuevamente sus invisibles ojos, miró con amor hacia la máquina, sabiendo que dentro de ella, guiando los vagones en la clara noche, iba él. ¡Qué ganas tan intensas de tener brazos para abrazarlo, de tener piernas para correr hacia él, de tener labios para besarlo…! Pero no. Suspendida del techo del cielo, hermosa, pero inalcanzable… esa era Luna.

Con gran tristeza cerró los ojos y guardando en su pensamiento la imagen de su tren, de la máquina, de su maquinista, Luna durmió…


**********

De pronto sintió un viento frío y abrió sus ojos. El frío del bosque le golpeaba las mejillas… ¡tenía mejillas! ¿Cómo había pasado? Las tocó con sus heladas manos. ¡Tenía manos! ¡Y brazos, y piernas y pies…! Tocó sus ojos, su nariz, su boca, su piel nívea como el blanco manto de nieve que cubría los montes. Y su cabello. Con alegría miró sus pies y juguetona movió los dedos sintiendo como la suave hierba escarchada se metía entre ellos. Llevaba un blanco vestido que resaltaba en la oscuridad de la noche. Porque la noche se había vuelto oscura de pronto. Porque Luna ya no estaba en el cielo, sino en medio del bosque.

Absorta en esta situación de pronto oyó un sonido que le pareció muy familiar: el tren. ¡Su tren! ¡Estaba a punto de llegar a la estación! Guiada por el sonido, corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitieron. Conforme se acercaba el tren, ella también achicaba la distancia a la estación, perdida entre los árboles. Corrió por minutos que le parecieron interminables, sintiendo como el aire frío entraba atropelladamente a sus pulmones, hasta que por fin llegó.

Se apresuró hacia el andén y vio como la luz del tren se acercaba cada vez más y más, y por momentos le pareció que la luz brillante y circular del faro era ella misma, un vivo retrato que se dirigía velozmente hacia Luna. Ya podía ver a lo lejos el quitapiedras de la máquina, la cual, al acercarse, se volvía cada vez más impresionante, como si se tratase de un musculoso y oscuro animal ruidoso, que si no albergara dentro de sí la promesa velada de un maravilloso encuentro sería, sin duda, atemorizante.

Se estremeció al oír el rechinar de las ruedas contra los rieles. El aire escapando de los frenos se escuchó como un bufido de toro y el tren finalmente se detuvo en la estación.

Pasó tan solo un momento, muy breve, pero que a Luna le pareció una eternidad. Entonces lo vio. El maquinista, su maquinista, se apeó del tren y ahí estaba frente a ella, regalándole la más encantadora sonrisa, a la cual Luna no pudo menos que responder con la misma intensidad, con la misma alegría. El maquinista tendió sus brazos hacia ella, y Luna se sintió atraída, como si un invisible magneto la halara con fuerza… ni siquiera sintió mover los pies, simplemente creyó que volaba.

Luna y el maquinista se unieron con el más tierno abrazo. A ella le pareció sentir que el tiempo dejaba de transcurrir mientras se perdía en la inmensa profundidad de los ojos que la miraban, ojos tan brillantes que parecían reflejar la misma luz de Luna. En este instante suspenso en el tiempo, ella le regaló para siempre su corazón. Hizo para sí una secreta alianza que selló con el beso, un beso también suspenso en el tiempo.

Se miraron nuevamente y Luna se aferró a su maquinista queriendo memorizar cada detalle, cada emoción que estaba experimentando en ese momento. Por eso, cerró sus ojos, poniendo atención en todo lo que percibía: sonidos, aromas, sensaciones en la piel…

**********

Al abrir los ojos -invisibles otra vez-, Luna se vio nuevamente colgada en lo alto, en el techo del cielo… ya no tenía brazos, manos, piernas ni pies. Seguía vestida de blanco, pero ahora su vestido ya no hondeaba en el viento, viento que ya no podía sentir. Sin embargo, lo que realmente la hizo desesperar es que ya no estaba al lado de su maquinista.

Miró hacia abajo, hacia la estación, y pudo ver que el tren todavía permanecía ahí. Con invisibles lágrimas brotando de sus invisibles ojos, Luna se dijo a sí misma con tristeza que con gusto podría dar los miles de años que llevaba colgada del techo del cielo a cambio de unos instantes más con su maquinista…

En la estación, el tren silbaba su salida. Triste, muy triste, se preguntó si todo había sido tan solo un sueño, una alucinación, si realmente había sucedido. En estos tristes pensamientos estaba Luna cuando ocurrió algo inesperado: antes de partir el tren, alcanzó a ver que su maquinista se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba, buscándola. Una cálida certeza recorrió a Luna y se instaló para siempre en un rincón de su corazón. ¡Todo había ocurrido en realidad…! ¡Era cierto que ella había estado ahí abajo, en la estación! Con gran alegría, miró con sus invisibles ojos los de su maquinista, escudriñando y alcanzando a perderse en la profundidad de su mirada, y él, a su vez, le dirigió una sonrisa capaz de iluminar la más oscura noche. Al maquinista, por un momento, le pareció ver que Luna menguaba dejando ver tan solo una pequeña porción de luz, a manera de una sonrisa en el cielo. Haciendo un ademán de despedida con el brazo, subió nuevamente a la locomotora e inició el tren su marcha.

Luna sonrió con sus invisibles labios y suspiró el aire que emanaba de sus inexistentes pulmones; cerrando sus invisibles ojos se sintió amada. Este momento muy particular de su historia siempre le pertenecería a él, y Luna siempre velaría por él cada noche, despierta y en sus sueños, recordándolo y cuidándolo desde lo alto, en la distancia.

Cuando Luna recuerda el dulce encuentro sonríe enigmática menguando… si el maquinista está en día franco, Luna nueva se esconde alcanzándose a ver tan solo como una oscura esfera en el cielo nocturno, esperando pacientemente… y crece con la esperanza de verlo hasta encontrarse con él otra vez, mirándolo desde lo alto, llena de luz, llena de belleza y de expectativas: Luna llena.
Una hermosa fantasía nacida de tu mágica imaginación, proyectando el amor en una humanizada luna que con una suerte de sortilegio se cumple su deseo del encuentro desbordante y deja marcado para siempre su recuerdo, un placer Maria R, haber disfrutado de tu cósmico tierno cuento, cariños, abrazos y besos, en medio de una metralla de aplausos.
 
Una hermosa fantasía nacida de tu mágica imaginación, proyectando el amor en una humanizada luna que con una suerte de sortilegio se cumple su deseo del encuentro desbordante y deja marcado para siempre su recuerdo, un placer Maria R, haber disfrutado de tu cósmico tierno cuento, cariños, abrazos y besos, en medio de una metralla de aplausos.

Qué dulce y generoso comentario Manuel querido, que al final me ha sacado una carcajada emocionada -por lo de la metralla, jejejeje...- deliciosa forma de expresar que te ha gustado, amigo mío. Yo te agradezco mucho que hayas aceptado compartir mi Luna. Te dejo mi cariño, besos y un gran abrazo.
 

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