Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Luz
Fue el único cadáver que sacamos completo de entre el cascajo, los demás eran brazos cercenados, piernas sueltas, cabezas apachurradas por las vigas y los techos que se desplomaron sin misericordia.
Jamás había visto un cuerpo sin alma, y ese día, después de alistarme como rescatista, a él fue al único que pude ver completo, los demás despojos eran pedacearía de cuerpos, escombros de personas entre escombros del derruido edificio.
No sé como debe verse el rostro de un cadáver, pero el de él era hermoso, sus ojos despedían tal brillo que el conductor de la carroza fúnebre en la que fue trasladado esa noche a los velatorios olvidó encender las luces, cada poste con su luminaria le hacia la corte brillando intensamente y apagándose terminalmente para siempre en cuanto el auto había pasado. Las personas que siguieron el cortejo comenzaron a llamarle Ángel, aunque en realidad nadie le conocía, debían ponerle algún nombre a la lapida.
Iban movidos por el morbo de mirar la luz que salía de sus ojos como agua desbordando algún río.
En la funeraria le pusieron en un cajón primorosamente labrado en cedro, alguien dijo que debía velársele con la caja abierta para que todo el mundo, incluso los que no sabían de su muerte, pudieran verle.Sin embargo la capilla ardiente comenzó a oler tanto lavanda que los cirios se apagaron solos con la pena de sentirse inútiles, pues la luz que se derramaba hasta el piso hacía que todo se viera más brillante que el mismo día. Optaron por cerrar la caja sin importar que con ello se supiera que en realidad la caja no estaba herméticamente construida, pues la luz salía por algunas rendijas y eso bastaba para que los presentes se sintieran intoxicados de tanta luz y tanta piedad como ahí abundaba.
Cuando se anuncio a los presentes que recogieran las coronas y las flores y siguieran al cadáver hasta su última morada, todos suspiraron pero nadie soltó el llanto, se encaminaron hasta la fosa donde habrían de sepultarlo, tras, tras, tras las primeras paladas y nada, aún se podía ver la luz escapando de la caja, tras, tras, tras, más paladas y lo mismo, así que uno de los sepultureros comenzó a apisonar la tierra con sus botas como si estuviera tratando de apagar un fuego, después el otro sepulturero le siguió y después alguno de los presentes, al poco rato todos habían pasado por la fosa pisando la tierra y hierba furiosamente hasta quedar satisfechos de que de ahí no asomara ni un vestigio de luz, después, uno a uno abandonó el panteón olvidando por siempre el cadáver del ángel que fue enterrado sin ceremonia litúrgica alguna.
Yo regresé al derrumbe en aquel edificio, total, quizás ése día sabría como debía verse el rostro de algún cadáver sin alma.
Gayo 7.10.11 en una tarde en la que ya debería llegar el cambio de horario
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