Tormentas de lo más profundo,
tempestades miles acalladas con embroncados silencios,
solo una mirada hacia adelante con un velo rasgado, obscuro
en un océano de posibilidades truncadas por el propio ser,
laberinto de pensamientos en alianza eterna con la infinita ignorancia.
Pequeño y sin gloria, sin frutos, sin hojas, sin sombra
en un bosque de amplios y variados verdes, de míticos paisajes
doblegados y atiborrados por una mirada equívoca
ojos confusos que miran sin ver un tiempo que se niega, se oculta.
El gran reino sin un rey, sin eruditos, sin lacayos.
La temible llegada del otoño con sus grises y sus caídas
y se ven, si se quiere, atardeceres nostálgicos que no requieren sonidos
acompañados siempre de un aire fresco y puro, con olor a pasado, a historia.
Las bellezas del contraste, los horrores de lo mismo
y la delicada línea que define a cada observador como certeramente errado.
Tras la barbarie de una engañosa y desgarradora nube negra
larga, incansable, fiel discípula de la mediocridad de la desesperación,
escondida en lo que sería una deliberada y calculada inocente timidez,
yace una luz tenue que no se rinde con la adversa y malsana tiniebla sombría
que intenta cubrir terreno mientras el pensamiento,
sano, puro y abnegado quiere abrirse camino.
La suerte de las ideas está echada,
contemplada por un interior que parece querer romperse
ante tan implacable insistencia de lo terrenal y tangible.
El lucero reclama el lugar que por derecho le pertenece
su insistencia empuja la luz, y acerca la esperanza.
tempestades miles acalladas con embroncados silencios,
solo una mirada hacia adelante con un velo rasgado, obscuro
en un océano de posibilidades truncadas por el propio ser,
laberinto de pensamientos en alianza eterna con la infinita ignorancia.
Pequeño y sin gloria, sin frutos, sin hojas, sin sombra
en un bosque de amplios y variados verdes, de míticos paisajes
doblegados y atiborrados por una mirada equívoca
ojos confusos que miran sin ver un tiempo que se niega, se oculta.
El gran reino sin un rey, sin eruditos, sin lacayos.
La temible llegada del otoño con sus grises y sus caídas
y se ven, si se quiere, atardeceres nostálgicos que no requieren sonidos
acompañados siempre de un aire fresco y puro, con olor a pasado, a historia.
Las bellezas del contraste, los horrores de lo mismo
y la delicada línea que define a cada observador como certeramente errado.
Tras la barbarie de una engañosa y desgarradora nube negra
larga, incansable, fiel discípula de la mediocridad de la desesperación,
escondida en lo que sería una deliberada y calculada inocente timidez,
yace una luz tenue que no se rinde con la adversa y malsana tiniebla sombría
que intenta cubrir terreno mientras el pensamiento,
sano, puro y abnegado quiere abrirse camino.
La suerte de las ideas está echada,
contemplada por un interior que parece querer romperse
ante tan implacable insistencia de lo terrenal y tangible.
El lucero reclama el lugar que por derecho le pertenece
su insistencia empuja la luz, y acerca la esperanza.