Maldita escasez de sinónimos

Monje Mont

Poeta reconocido en el portal
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse, de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.

 
Última edición:
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
El alma está llena de frases heridas y lo que logramos extraer son solo las costras.
Un abrazo, Monje.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
A pesar de los que nos pueda regalar la vida, nosotros elegimos la hedionda y cómoda rutina porque 3s más fácil de digerir. Muchos momentos atesoramos en nuestro ser algunas tristes otras alegres pero preferimos la "normalidad" a arriesgarlo todo. Magnífico, profundo y muy certero poema, vaya mi humilde felicitación y aplausos, saludos Daniel
 
Interesante disertación poética, donde las ideas y las metáforas se combinan o se polarizan, formando un fondo estético y un grito de rebelión que proyecta el eroticismo, el ansia de entrega o la desilusión de la carnal materia.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.

Por el profundo respeto que me inspira tu trabajo, no voy a intentar darle una interpretación. Leer respetuosamente es algo que los autores que admiro merecen de mi parte.
Sí te puedo dar algunas impresiones que tomo de él, algunos pensamientos y sobre todo unas reflexiones acerca de la rutina.
Todo el contexto de la humanidad es un gran aliado de la rutina que pretende volvernos uniformados, predecibles, sin vuelo, etc, etc, pero la clave está en el corazón que nos hace ir más allá y cambiar escasez por abundancia.
Fue un gusto detenerme en tu obra.
Un abrazo con admiración.
 
A pesar de los que nos pueda regalar la vida, nosotros elegimos la hedionda y cómoda rutina porque 3s más fácil de digerir. Muchos momentos atesoramos en nuestro ser algunas tristes otras alegres pero preferimos la "normalidad" a arriesgarlo todo. Magnífico, profundo y muy certero poema, vaya mi humilde felicitación y aplausos, saludos Daniel
Estimado amigo, de verdad un lujo contar con tu apoyo y tus excelentes comentarios. Gracias por tus profundas lecturas que enriquecen mis escritos. Que estés bien. Un abrazo.
 
Por el profundo respeto que me inspira tu trabajo, no voy a intentar darle una interpretación. Leer respetuosamente es algo que los autores que admiro merecen de mi parte.
Sí te puedo dar algunas impresiones que tomo de él, algunos pensamientos y sobre todo unas reflexiones acerca de la rutina.
Todo el contexto de la humanidad es un gran aliado de la rutina que pretende volvernos uniformados, predecibles, sin vuelo, etc, etc, pero la clave está en el corazón que nos hace ir más allá y cambiar escasez por abundancia.
Fue un gusto detenerme en tu obra.
Un abrazo con admiración.
Estimada amiga Cecilya, siempre un lujo contar con tu apoyo y tus inteligentes y amables comentarios que valoro mucho. En cuanto a mis poemas puedes interpretar como tus características anímicas, filosóficas e intelectuales te conduzcan. Cuando las construcciones son metafóricas no sólo permiten eso, sino, que también lo buscan para que el lector se apropie del poema. Las interpretaciones pueden ser muchas pero hay al menos tres básicas. En primera instancia lo que se lee y se percibe por encima. En el caso particular de este poema narrativo (porque sigue una secuencia lógico-temporal desde la introducción hasta el desenlace para describir una situación particular), en ese primer momento, se puede interpretar una aventura no muy afortunada de una noche de excesos y un amanecer poco agradable, para cerrar con la resignación a una soledad mal acompañada. En segundo lugar se puede considerar toda la narración como una especie de alegoría sobre la rutina y como lo absorbe todo hasta los mejores esfuerzos de salir de ella... y al final siempre se sale con la suya. En un tercer plano, hilando muy fino, se podría leer en la historia y sus metáforas, la manera de pensar, de encarar la vida y sus decepciones y los procesos psíquicos de lucha y resignación. La intención al final es que el lector, como ya dije, se apropie del poema por su propia experiencia y al nivel que a él en lo personal le llegue, mezclando su propia idiosincrasia con los planos antes mencionados y los elementos que del imaginario colectivo utilice el poema y le sean familiares al lector.
En fin, no se trata de adivinar sino de exponerse a una experiencia psíquica y sentimental. Reitero, te agradezco mucho tu apoyo y la oportunidad de explicar un poco mis propias ideas sobre el poema y la experiencia literaria. Espero que en tu vida abunden las bendiciones y el amor permanezca siempre fresco. Un abrazo amiga.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
Me impactan tus versos, su ordenado desorden, su evolucionar resbalando sobre las palabras que en algunos momentos gritan como heridas. Estrofas que llevan como tremendas cataratas, al rugido del agua en su queja al romper sobre piedra, para terminar en plácido estanque.
Un cordial saludo
 
Estimada amiga Cecilya, siempre un lujo contar con tu apoyo y tus inteligentes y amables comentarios que valoro mucho. En cuanto a mis poemas puedes interpretar como tus características anímicas, filosóficas e intelectuales te conduzcan. Cuando las construcciones son metafóricas no sólo permiten eso, sino, que también lo buscan para que el lector se apropie del poema. Las interpretaciones pueden ser muchas pero hay al menos tres básicas. En primera instancia lo que se lee y se percibe por encima. En el caso particular de este poema narrativo (porque sigue una secuencia lógico-temporal desde la introducción hasta el desenlace para describir una situación particular), en ese primer momento, se puede interpretar una aventura no muy afortunada de una noche de excesos y un amanecer poco agradable, para cerrar con la resignación a una soledad mal acompañada. En segundo lugar se puede considerar toda la narración como una especie de alegoría sobre la rutina y como lo absorbe todo hasta los mejores esfuerzos de salir de ella... y al final siempre se sale con la suya. En un tercer plano, hilando muy fino, se podría leer en la historia y sus metáforas, la manera de pensar, de encarar la vida y sus decepciones y los procesos psíquicos de lucha y resignación. La intención al final es que el lector, como ya dije, se apropie del poema por su propia experiencia y al nivel que a él en lo personal le llegue, mezclando su propia idiosincrasia con los planos antes mencionados y los elementos que del imaginario colectivo utilice el poema y le sean familiares al lector.
En fin, no se trata de adivinar sino de exponerse a una experiencia psíquica y sentimental. Reitero, te agradezco mucho tu apoyo y la oportunidad de explicar un poco mis propias ideas sobre el poema y la experiencia literaria. Espero que en tu vida abunden las bendiciones y el amor permanezca siempre fresco. Un abrazo amiga.


Primero gracias por el tiempo que te tomaste en la respuesta. No me caben dudas que los autores más grandes y más generosos tienen gestos como el tuyo.
Sos uno de los escritores que más admiro por la riqueza de tu vocabulario y la profundidad de tus temáticas.
En cuanto a las interpretaciones, sí, concuerdo con vos, son libres y todas valen mientras sean bienintencionadas, pero ninguna superará a la idea real del creador de la obra.
Muchísimas gracias amigo por tu forma de ser, hoy no abundan en los medios personas tan gentiles que permitan un intercambio de ideas tan positivo y enriquecedor.
Un abrazo :)
 
Me impactan tus versos, su ordenado desorden, su evolucionar resbalando sobre las palabras que en algunos momentos gritan como heridas. Estrofas que llevan como tremendas cataratas, al rugido del agua en su queja al romper sobre piedra, para terminar en plácido estanque.
Un cordial saludo
Muchas gracias estimado poeta Luis por dejar tu huella profunda y amable. Tus lecturas son importantes para mis escritos y los enriquecen. Que estés bien amigo. Un abrazo.
 
Primero gracias por el tiempo que te tomaste en la respuesta. No me caben dudas que los autores más grandes y más generosos tienen gestos como el tuyo.
Sos uno de los escritores que más admiro por la riqueza de tu vocabulario y la profundidad de tus temáticas.
En cuanto a las interpretaciones, sí, concuerdo con vos, son libres y todas valen mientras sean bienintencionadas, pero ninguna superará a la idea real del creador de la obra.
Muchísimas gracias amigo por tu forma de ser, hoy no abundan en los medios personas tan gentiles que permitan un intercambio de ideas tan positivo y enriquecedor.
Un abrazo :)
Muchas gracias a ti por tu manera de ser, por el apoyo y por enriquecer los escritos. Un abrazo.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
No podemos escaparnos de la rutina, porque hay hábitos necesarios. Por lo demás es más fácil ceder al resto, dan menos esfuerzo que hacer algo distinto. Y mientras se avanza, a la luz de nuevos detalles, no las ingeniamos para hacerlos símiles. Tendemos con bastante ímpetu a mantenernos en nuestra zona de confort, aún a sabiendas que nos aburre.
Gracias Monje!
Por compartir tus letras en esta estupenda entrega.
Un abrazo hasta tu espacio con mucha admiración.
Camelia
 
No podemos escaparnos de la rutina, porque hay hábitos necesarios. Por lo demás es más fácil ceder al resto, dan menos esfuerzo que hacer algo distinto. Y mientras se avanza, a la luz de nuevos detalles, no las ingeniamos para hacerlos símiles. Tendemos con bastante ímpetu a mantenernos en nuestra zona de confort, aún a sabiendas que nos aburre.
Gracias Monje!
Por compartir tus letras en esta estupenda entrega.
Un abrazo hasta tu espacio con mucha admiración.
Camelia

Estimada Camy que lujo encontrar tu amable y profunda huella en este escrito. Tu comentario enriquece mi escrito y sinceramente lo agradezco. Que estés bien estimada amiga. Un abrazo.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
Fantástico rutinario, terrible mañana de domingo. Un abrazo
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
Muy bueno, me encantó. Un gusto leerte.
 
En esta mañana resiento las curvas,
los cambios abruptos que desenfocan la vida,
y los argumentos que esgrime mi tiempo
acosando la piel del último orgasmo
y desarticulando los ruidos que componen el miedo.

En esta mañana la noche me sigue en retazos,
que intentan rearmarse de la niebla
que entre los sables asoma sus grises semblantes,
cuando el amor declina su color amarillo.

Siento en mis ojos cada estocada
y me cubro del sol con la sombra entrañable
del libro empolvado que fuese mi techo,
durante cada entelequia que atrajo tormentas.

Pero este corazón sin arraigos me levanta del polvo
que arropa la sapiencia de siglos, y me lleva al punto
donde la hierba alta permite eludir realidades
y cantar lo que pudo haber sido, como el tango
que entona un romántico con un cañón en la boca.

Cuando el tango alcanza la calle prorrumpen las perlas de agua.
Se desprenden del mar que me ve desde muy por arriba,
de esa horizontal que jamás he vencido.

Y las perlas empapan los transeúntes inéditos
–protagonistas de una narrativa anodina–; también los autos
que expelen sus gases, y hasta los gatos que todo lo saben
de tanto haber visto y follado.

Por dentro, las sábanas de mi escasa conciencia
dibujan la parte inferior de una dama
que del féretro emerge –o así me parece–
porque ni ella ni yo habíamos vuelto a la vida.

Y así de blancas –las sábanas– parecen la espuma
de una cerveza tan fría como las fieras del ártico.
Parecen también los espectros del viernes pasado,
cuando queda de ellos solamente una triste resaca.

Pero la memoria rescata los anonimatos del sábado:
dos seres dispuestos a verse jamás. Jamás –otra vez–.
Así de romántico. Y la luz invadida
por toda clase de insectos que tararean
el amor y sinónimos, al fin se oscurece.

Ella entonces me muestra todo su enjambre.
Y qué cuerpo..., para todo delito.
“Como para ultimar los detalles
de lo que pudo haber sido” –le digo–.
Pero resignada a la vida con sus elaborados placebos,
responde: “Allá cada uno con sus dones y vicios”.

Yo noto que le faltan frases al alma,
que en su gramática de sábado libre
todavía hay un grito cautivo en sus ojos,
y que en su boca que no parece su boca
borbotean extrañas palabras
que dan cuerpo a las leyes de Newton...

“Inercia, hoy usted tan de tonos pedestres
se me hace vulgar. Anoche volaba
y hasta las alquimias del tálamo lograba excitar”
–le digo, cual poeta con su mejor voz gutural.

Pero ella se tiende en el reclinable de la sala,
enciende la tele y se vuelve cerveza. Tras un beso
recuerdo su nombre de pila: “Rutina.
Si quieres te quedas”– le disparo sin más al oído.

Afuera grita la misma tormenta hardcore
de la semana pasada: “¡maldita escasez de sinónimos!”.
Y el enjambre agita la testa al son de tal estribillo…

por siempre jamás.
Un placer leer tu hermoso poema.
 

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