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Malditas Cap 1- un inicio a todo (en redacción)

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Nat Guttlein, 9 de Noviembre de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 115

  1. Nat Guttlein

    Nat Guttlein アカリ

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    Desde chicas, nacidas el mismo día y casi a la misma hora, yo y mi hermana Raquel manteníamos una relación bajo acuerdos que nadie entendía, solo nosotras dos. Y es que dicen en muchos de los cientos de libros que he leído, que existe un cierto sexto sentido, que nos une en cuerpo y alma. Algo de "mi otra mitad". A partir de que Clarisa, nuestra madre, se había enterado de nuestra existencia, la simpatía no era una virtud que llevara consigo. Que no era su momento, que recién se habían mudado juntos, que sus caderas se ensancharían, se le caerían los senos, entre otras banalidades más con las que taladraba a mi padre, Manuel Herrera. Luego de varios collares y una que otra prenda de vestir por parte de él, ella cedió y por primera vez después de enterarse de que encima, éramos dos, sonrió. Yo me llamaría Nina, en honor a la cantante favorita de mi padre, Nina Simone. En cambio, mi hermana recibiría el nombre de Laura, ya que mi madre tenía cierta admiración y fanatismo por una tal Tita Merello. A las 5 semanas y media, el doctor Regueri, médico de cabecera de los Herrera, le informaría que yo, me estaba acercando de forma extraña a "mi otra mitad", explicó detalladamente, casos en los cuales un embrión se comía al otro, no había causas o naturaleza de tal acto. Sólo sucedía, como la muerte, no tiene un por qué o un justificativo, llega sin más. Al pasar otro mes casi sin darse cuenta, el martes 9 de mayo las noticias parecían haber cambiado, me había movido unos 5 centímetros hacia el lado izquierdo del útero. La fecha ya estaba programada. Las habitaciones listas, cunas repletas en juguetes, vestidos, mamaderas, baberos, etc. Los próximos meses nada pareció indicar que yo cometiera canibalismo con mi propia hermana. Un primero de octubre del 1998 a las 10:00 am, Clarisa comenzó labor de parto, uno normal que se complicó minutos después de mi nacimiento. A través de las anécdotas de mi padre, contó que las manos de los doctores repletas de sangre, no paraban un segundo. Parecía que aquel flujo rojo inundaría la sala. Al finalizar los momentos que parecían tensar a todos, ambas fuimos llevadas a la incubadora. Luego de eso, los años se sucedían unos a otros, y cada uno parecía volverse más normal y aburrido. La diversión constaba en mi vida gracias a Laura. Desde pequeñas, sujetaba su mano siempre a la mía, yo lo detestaba y la ahuyentaba, al principio bastaba un insulto o un tirón de cabello. Pero a lo largo del tiempo, ella los ignoraba y aun cuando yo le atestaba cachetadas que le dejaban sus mejillas aún más rosadas de lo normal, su manía no parecía desistir y fue entonces cuando comencé a ignorarla. Su tono dulce y ojos un toque más verde que los míos me manipulaban, aunque luchaba por no ceder a ellos, ejercían un dominio capaz de dejarme inerte en el aire. Éramos demasiado unidas, florecíamos una al lado de la otra, así fuese que yo la hiriese o humillara con palabras feas, o de forma física, sabía que ella no me soltaría. El amor se convierte en costumbre tarde o temprano. Para mí, el placer, era el asco que me provocaba verla como un perro faldero, arrastrándose ante todo lo que yo le decía u obligaba a hacer. Al llegar nuestro cumpleaños número siete, también lo hizo nuestro primer día de clases en primer grado de la escuela Santa Margarita nº 1185. Aunque para mí, ése sería el último. Aquel 12 de marzo del 2007, el sol bañaba nuestros uniformes lavados, planchados y perfumados a la perfección. Las maestras sonreían al vernos, mejor dicho, al ver a Laura, las sonrisas no me acompañaban muy seguido. Al despedirnos de mamá, ingresamos al salón. Era muy grande y con muchos colores, paredes amarillas y mapas colgados al lado del pizarrón. Bancos y sillas negros, un área con cartulinas y fibras, además de las revistas que se encontraban sobre el escritorio de la maestra. Elegí mi lugar al final de la tercera fila ubicada al lado izquierdo del salón. Laura como siempre me siguió, sentándose junto a mí. Muchos niños y niñas comenzaron a llegar puesto que nosotras habíamos sido las primeras en hacerlo. Al presentarnos, el niño que estaba ubicado frente a nosotras se dio vuelta y sin reparar en mi mirada u presencia, le sonrió a mi hermana. No era cualquier sonrisa, sino, de aquellas que esconden secretos. Tanto malos como buenos. Un sentimiento amargo se trepaba en mí. No podía alejar mis pensamientos de aquel chico. Su mirada aún posada en ella, comenzaba a surtir efecto en mí, el mismo que siempre tenía cada vez que alguien la miraba mucho o la tocaba. El calor trepaba rozando mis sienes y cerrando mis puños, comenzaba a presionar mis dientes, introduciéndome en una nube de malos pensamientos y rabia. De pronto, Laura presionó mi muñeca y sonrió. Fijé mis ojos en ella y el dolor comenzó a ceder. No sentía el ardor de mis propias uñas clavándose, ni el calor sofocante molestándome. Luego de un "todo está bien", sus labios se posaron en mi mejilla, los que conocía de memoria. Al terminar las primeras horas de clases, la campana sonó, el patio era una madriguera repleta de personas, y eso la verdad hastiaba. Me aleje hacia un árbol, del cual caía una lánguida rama que reposaba sobre el suelo. Era callada, me gustaba la paz y el silencio porque los disfrutaba, me deleitaba con la soledad de mis dibujos o libros. "La Bella y la Bestia" de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve me deleitaba con sus palabras, Laura corría de aquí para allá junto con sus nuevas amigas. Al salir al recreo y ver que me alejaba no se había opuesto, sabía dejarme a solas. Cuando llegué a la séptima página, un bullicio de voces llamó mi atención. En la zona en donde las maestras no podían verlos, un grupo de niñas y niños se conglomeraban alrededor de algo. Intenté seguir mi lectura en paz, pero un sonido familiar me desprendió de la historia. Me abrí paso, vi al muchacho de sonrisa bonita tomar el brazo de mi hermana, el puchero en la cara de Laura despertó un instinto innato en mí y avance. A paso decidido saque su mano de un tirón, él al igual que todos parecían murmurar cosas. Lo único que me interesaba, era sacarla de ahí y enseñarle que nunca debía de confiar en nadie. Cuando nos estábamos yendo y su mano iba a tocar la mía, una fuerza mayor me empujó dejándome tumbada sobre el piso. Mariano, el de sonrisa bonita, se reía al mismo tiempo que echaba tierra a mi cara, todo estaba nublado, pero pude observar el momento exacto en el cual quiso besar la boca a mi hermana, posar sus asquerosos labios en los de ella. Nada importó, ni la picazón incesante en mi vista, o el dolor punzante en la parte baja de mi espalda. Tomé su campera, he hice lo mismo que él había hecho conmigo antes. Allí tirado en el suelo, no me detuve y fue cuando mi pie derecho dio contra su brazo, para seguir y subir por su cara. Una mancha rojo carmesí manchaba mis Converse blancos. El sonido había desaparecido y las personas no tenían forma, el éxtasis del acto que se desarrollaba frente a mí, pugnaba en mi pecho. De pronto, un cuerpo más alto que el mío me tomaba en brazos y me obligaba a detenerme. Laura me sonreía. Mientras me llevaban por la fuerza del brazo derecho, los lamentos y gritos de Mariano se oían cada vez más lejos. Lo único que me preocupaba por seguir viendo, era la sonrisa pintada en el rostro de mi hermana, aquella, la que siempre tenía y veía entre tanta oscuridad. Estaba feliz. Sentada en la oficina del director. Mientras fingía escucharlo, debajo del escritorio, con mis zapatillas manchadas, dibujaba, con cautela las arrastraba de aquí para allá. Era impresionante el efecto que creaba, se asemejaba en parte, al que su sonrisa me provocaba.
     
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