Mamá

Darkshade

Poeta adicto al portal


Nunca fuiste experta cocinera,
de la abuela tomé la sal;
no sabías de hilo o trapo,
pero tu mano aguja salvó mi flamenco.
Me enseñaste sobre acciones,
corregiste los traspiés,
quitaste piedras del camino.

Aprendí a ser locomotora,
soñar con letras y crear significados;
me dejaste claveles de risas,
cascadas de llantos.
Supe del rojo y de la caída,
de las esquinas, los juicios…
Me llenaste de memorias,
rompecabezas,
monopolios y cartas,
piscinas y gimnasias.
Gateé bajo tus piernas,
caminé tomándote la mano;
me caí
y me enseñaste a levantarme.
Te hablé, me escuchaste
y te escuchaba mientras hablabas.
Supe hacer café sin agua,
limpié ventanas heridas de cáscara.
Aprendí a redactar,
a definir, sumar y restar,
poner, quitar, desordenar y fregar.
Me regañaste, te grité;
hubo silencios y abrazos.
Subimos, bajamos,
atendiste mis llamadas,
suspendimos la distancia
escatimando lágrimas
para contar estrellas.
Aprendí sobre el respeto,
a dar un beso por azar,
a traspasarme al otro sin espera,
a tolerar.
Aprendí a rezar
y, por cordura, a olvidar.
Dejar de lado, abandonar,
tomar y retomar…
Cepillarme los dientes con misericordia a las encías.
Valoré, relacioné,
conjugué y analicé;
y en cada paso del humo
están tus manos.

Café y Chanel nº 5
despertaron mi niñez.
Recuerdo a tus uñas vistiéndome:
aquellas largas,
tan rojas que pintaban las caricias.
Recuerdo el orden sacrosanto
de tus finos cosméticos
alineados en la verde estantería del baño;
tu panza-globo
que luego, mágicamente,
convertiste en mi hermano.
Cada castigo, cada abrazo, cada beso, cada reclamo,
los recuerdo y, a la vez,
están marchitos de tiempo.

De repente aquél perfume se hizo calima
y el café tomó un sabor agrio, como de seda...
y un pañuelo cristalino:
no soy luz en tus ojos, lo sé,
ni tú cielo en los míos, lo sabes.
¡Tú tan agua, madre,
y yo tan tierra!
El pez no figura cuernos
y el toro no luce escamas.
Pero aún,
más allá de las heridas,
de los nidos y del ave;
más allá del susurro del lejano horizonte…
después de muerta la poesía,
terminado el canto;
quieta la imprecada fiera,
regresando al túnel
que no muestra la Luz Bendita…
después, mamá,
incluso del último adiós posible,
antes de la siguiente luna,
con cada poro y en cada esquina,
yo a ti te amo…

Gracias por empujarme a la vida.
 
Última edición:
Hermoso, es más que un poema, lo veo como una confesión que hace un vago pero acertado resumen de momentos trascendentales y sentimientos hacia ella: tu madre. Espero que, aunque ella tan agua y tú tan tierra, en algún momento se comprenda que sin agua en la tierra no nace, ni crece, ni vive y que el agua sin tierra no tiene por dónde transitar. Por muy diferentes, se necesitan la una a la otra y necesitan de otras cosas que solo con su unión se pueden lograr.

Un beso de fuego que soy yo.
 
Lo que pudiera parecer opuesto puede ser precisamente lo contrario, dos seres con mucha fuerza que desean ser individuos ante todo, y aún así, y por encima de eso, está el amor. Me gusta porque se encara, se enfrenta y reclama, porque es rebelde, distinta, sincera y empuja desde dentro, desde donde sale lo que vale.
Felicidades!

Palmira
 
Última edición:

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