kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
MAMÁ
El otro día leía en un periódico
que morir es como cuando se apaga una vela;
que los átomos —sus tripas— se quedan ahí esparcidas
y no se marchan a ninguna parte.
Entiendo que el firmante del mencionado artículo sugiere
que nuestros micro cadáveres
simplemente quedan yacientes y a la espera
de que la máquina natural les depare un nuevo puesto atómico
en algún cuerpo orgánico o inorgánico.
Desde luego el tal Descartes montó un cirio muy gordo
con eso de que la vela no tenía nada que ver con su cera.
Pero ya puestos a conjeturar acerca de cosas tan bellas
como la muerte,
¿no resulta más natural, más plausible, más cercano, postular
que cada uno de los fragmentos que nos componen
contengan, todos ellos, una pequeña velita
cuya llama prenda de la cera que gota a gota fue amamantando
este panal cósmico con alma de cuentacuentos?
La vida, de algún modo, siempre ha estado empezando
desde que se prendió la vela en la placenta
de aquellas diminutas criaturas
que asistieron a esa primera cena que acabó
como el rosario de la aurora.
Hablo de aquella cena familiar que terminó a hostias
dispersándose cada uno de sus miembros
con la indolencia propia
de quien hace como que no le importa enemistarse
y no volver a abrazar a sus hermanos nunca más,
cuando realmente estaban, están y estarán
entrelazados para siempre por la gravedad
de aquella cera primigenia que fue prendida
por el vacío de su existencia.
Velas entrelazadas por esa primera cena,
pero, a su vez, entrelazadas por cada uno de los roces
acontecidos en estos 13.800 millones de años,
con sus innumerables experiencias poliamorosas estelares
y sus lumínicas desintegraciones.
A donde quiero llegar, amigos míos,
es que cada humano es como la basílica de Santa Sofía,
con su pórfido de Egipto, su mármol verde de Tesalia,
sus piedras negras del Bósforo y otras tantas amarillas de Siria.
A donde quiero llegar, queridos poetas,
es que cuando se derrumbe nuestra catedral
seguirá vibrando nuestra miríada de velas
—una vela por cada uno de nuestros cascotes—
a la espera de que el imperio natural
levante, a partir de aquel desorden,
la sillería de otros templos, otras formas,
como las de un lirio, una lágrima,
una larva, un zorro,
o una piedra más en el pedregal,
porque todo está vivo, y desea estar vivo.
La diferencia entre un bloque de basalto y un humano
es que nuestras velas han entrado en resonancia
y juegan a la comba en las naves de una catedral,
mientras que las velas de las rocas
bastante tienen con sobrevivir a la intemperie.
Pero las velas, sus llamas, lo impregnan todo.
Y estas llamas poderosas,
esta arquitectura ardiente y global que no cesa
y que desea vivir y que siente,
quiero pensar que se llama «mamá».
Son demasiadas evidencias
para que no sea así.
«Mamá» es el latigazo que sentimos en la médula del alma
cuando nuestro espíritu viaja al inicio de los inicios.
Y es que mamá es nuestra madre, claro que sí,
pero también es la mona africana que hace tres millones de años
se folló al mono junto a la cascada de una selva Ugandesa,
y aquellos meteoritos que eyacularon la vida
sobre el cuerpo de este terruño que (des) habitamos,
y somos hijos también, como no,
de cuando el espacio abrió sus párpados
ante el fecundo silencio
de aquel colosal golpe de luz
al chasquear sus dedos la madre
de todos nosotros.
Y es que cuando uno dice «mamá»,
o, mejor dicho, recita «mamá»
—porque «mamá» siempre se recita—,
en ese justo momento
en el que recobramos los pucheros del niño,
sucede algo extraordinario:
en ese timbre ancestral,
en esa duda cargada de certezas,
en ese rezo sostenido en nuestros labios,
ella, nuestra madre, nos auxilia
con la verdad incontestable de su llama.
Mamá siempre estará presente,
solo hace falta
regalarle un verso.
No sé… ¿Cómo podrían, si no, explicarse tantas cosas?
Recuerdo despedirme de mi padre en el quicio de su cama.
Le acaricie el rostro y de pronto abrió con espanto sus ojos,
como quien despierta de una pesadilla, con la mirada
de aquel chaval de Caravaggio mordido por una lagartija,
y escrutándome como si no me conociera absolutamente de nada
me preguntó
que dónde estaba su mamá.
Como mi amigo Juan
aquella tarde que yacía meado junto al semáforo,
en posición fetal, masticando el estertor de un adiós,
con sus pupilas licuadas en dos cordeles blancos.
Él también reclamaba la presencia de su madre
con el mismo desgarro interrogante del niño
que tiembla agarrado a los largueros de su cuna.
Recuerdo que mi pequeña Lena, siendo bebé,
cuando se hacía daño, rogaba a su madre que le soplara en la herida.
Y yo la cogía en brazos y le decía que yo también sabía curar.
Y ella me contestaba: «yo también te quiero mucho, pamá».
Son demasiadas evidencias, compañeros...
Mamá, ¡siempre mamá!,
en el grito verde de los nacidos
y en la súplica de los viejos corazones al claudicar,
y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre
en su último giro
antes de soplar y apagar las velas
—nuestras velas—
para siempre.
Kalkbadan
Madrid, 3 de mayo de 2023
El otro día leía en un periódico
que morir es como cuando se apaga una vela;
que los átomos —sus tripas— se quedan ahí esparcidas
y no se marchan a ninguna parte.
Entiendo que el firmante del mencionado artículo sugiere
que nuestros micro cadáveres
simplemente quedan yacientes y a la espera
de que la máquina natural les depare un nuevo puesto atómico
en algún cuerpo orgánico o inorgánico.
Desde luego el tal Descartes montó un cirio muy gordo
con eso de que la vela no tenía nada que ver con su cera.
Pero ya puestos a conjeturar acerca de cosas tan bellas
como la muerte,
¿no resulta más natural, más plausible, más cercano, postular
que cada uno de los fragmentos que nos componen
contengan, todos ellos, una pequeña velita
cuya llama prenda de la cera que gota a gota fue amamantando
este panal cósmico con alma de cuentacuentos?
La vida, de algún modo, siempre ha estado empezando
desde que se prendió la vela en la placenta
de aquellas diminutas criaturas
que asistieron a esa primera cena que acabó
como el rosario de la aurora.
Hablo de aquella cena familiar que terminó a hostias
dispersándose cada uno de sus miembros
con la indolencia propia
de quien hace como que no le importa enemistarse
y no volver a abrazar a sus hermanos nunca más,
cuando realmente estaban, están y estarán
entrelazados para siempre por la gravedad
de aquella cera primigenia que fue prendida
por el vacío de su existencia.
Velas entrelazadas por esa primera cena,
pero, a su vez, entrelazadas por cada uno de los roces
acontecidos en estos 13.800 millones de años,
con sus innumerables experiencias poliamorosas estelares
y sus lumínicas desintegraciones.
A donde quiero llegar, amigos míos,
es que cada humano es como la basílica de Santa Sofía,
con su pórfido de Egipto, su mármol verde de Tesalia,
sus piedras negras del Bósforo y otras tantas amarillas de Siria.
A donde quiero llegar, queridos poetas,
es que cuando se derrumbe nuestra catedral
seguirá vibrando nuestra miríada de velas
—una vela por cada uno de nuestros cascotes—
a la espera de que el imperio natural
levante, a partir de aquel desorden,
la sillería de otros templos, otras formas,
como las de un lirio, una lágrima,
una larva, un zorro,
o una piedra más en el pedregal,
porque todo está vivo, y desea estar vivo.
La diferencia entre un bloque de basalto y un humano
es que nuestras velas han entrado en resonancia
y juegan a la comba en las naves de una catedral,
mientras que las velas de las rocas
bastante tienen con sobrevivir a la intemperie.
Pero las velas, sus llamas, lo impregnan todo.
Y estas llamas poderosas,
esta arquitectura ardiente y global que no cesa
y que desea vivir y que siente,
quiero pensar que se llama «mamá».
Son demasiadas evidencias
para que no sea así.
«Mamá» es el latigazo que sentimos en la médula del alma
cuando nuestro espíritu viaja al inicio de los inicios.
Y es que mamá es nuestra madre, claro que sí,
pero también es la mona africana que hace tres millones de años
se folló al mono junto a la cascada de una selva Ugandesa,
y aquellos meteoritos que eyacularon la vida
sobre el cuerpo de este terruño que (des) habitamos,
y somos hijos también, como no,
de cuando el espacio abrió sus párpados
ante el fecundo silencio
de aquel colosal golpe de luz
al chasquear sus dedos la madre
de todos nosotros.
Y es que cuando uno dice «mamá»,
o, mejor dicho, recita «mamá»
—porque «mamá» siempre se recita—,
en ese justo momento
en el que recobramos los pucheros del niño,
sucede algo extraordinario:
en ese timbre ancestral,
en esa duda cargada de certezas,
en ese rezo sostenido en nuestros labios,
ella, nuestra madre, nos auxilia
con la verdad incontestable de su llama.
Mamá siempre estará presente,
solo hace falta
regalarle un verso.
No sé… ¿Cómo podrían, si no, explicarse tantas cosas?
Recuerdo despedirme de mi padre en el quicio de su cama.
Le acaricie el rostro y de pronto abrió con espanto sus ojos,
como quien despierta de una pesadilla, con la mirada
de aquel chaval de Caravaggio mordido por una lagartija,
y escrutándome como si no me conociera absolutamente de nada
me preguntó
que dónde estaba su mamá.
Como mi amigo Juan
aquella tarde que yacía meado junto al semáforo,
en posición fetal, masticando el estertor de un adiós,
con sus pupilas licuadas en dos cordeles blancos.
Él también reclamaba la presencia de su madre
con el mismo desgarro interrogante del niño
que tiembla agarrado a los largueros de su cuna.
Recuerdo que mi pequeña Lena, siendo bebé,
cuando se hacía daño, rogaba a su madre que le soplara en la herida.
Y yo la cogía en brazos y le decía que yo también sabía curar.
Y ella me contestaba: «yo también te quiero mucho, pamá».
Son demasiadas evidencias, compañeros...
Mamá, ¡siempre mamá!,
en el grito verde de los nacidos
y en la súplica de los viejos corazones al claudicar,
y hasta el mismísimo universo
nombrará a su madre
en su último giro
antes de soplar y apagar las velas
—nuestras velas—
para siempre.
Kalkbadan
Madrid, 3 de mayo de 2023
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