FrancescoPiccolo
Poeta recién llegado
I
Mi gato me lo advierte:
le ha ganado su ociosidad
se echará del tejado temerario
en el patio marrón su pelaje amenaza en derredor.
II
El mandarino jamás se contenta en edenes ilusorios.
¿por qué he de verlo con sus hojas inmóviles?
III
Casa de sol y colonia trasnochante:
tracé los caminos andando en la arcilla terrosa
[quizá se borrarán en las vísperas diluidas].
En la jardinera salvaje ponderado fue el fruto
sus ramas son costuras
su rizoma es ambiguo al ras de la tierra
pero su silueta: una cobertura dominante.
IV
En el verano advertí las mandarinas de formas geoides
hubo una pequeña amargura en el árbol sensato, aprehensible
en el portón me esperó el aliento desinflado del cítrico.
V
Me enfrenté con espinos lechosos, zacates y pedruscos
y con chicharras fructuosas, a veces infames de ruido
pero yo mismo me activaba de iracundia
¿pero luego qué habría de hacer?
soy de sangre tórrida
casi nunca fría.
VI
El mandarino hechizado, adentrado en tres lustros
permaneció en lo perplejo con el brillo de un adorno.
Soñé una vez con sus sombras lignarias.
VII
El apego del árbol no opone rebeldías.
Mi observación no posee límites
hacia el mandarino del mediodía.
Si va a llegar a su fin
ha de ser en donde siempre
la jardinera: el lugar en que retoñan sus frutos.
Mi gato me lo advierte:
le ha ganado su ociosidad
se echará del tejado temerario
en el patio marrón su pelaje amenaza en derredor.
II
El mandarino jamás se contenta en edenes ilusorios.
¿por qué he de verlo con sus hojas inmóviles?
III
Casa de sol y colonia trasnochante:
tracé los caminos andando en la arcilla terrosa
[quizá se borrarán en las vísperas diluidas].
En la jardinera salvaje ponderado fue el fruto
sus ramas son costuras
su rizoma es ambiguo al ras de la tierra
pero su silueta: una cobertura dominante.
IV
En el verano advertí las mandarinas de formas geoides
hubo una pequeña amargura en el árbol sensato, aprehensible
en el portón me esperó el aliento desinflado del cítrico.
V
Me enfrenté con espinos lechosos, zacates y pedruscos
y con chicharras fructuosas, a veces infames de ruido
pero yo mismo me activaba de iracundia
¿pero luego qué habría de hacer?
soy de sangre tórrida
casi nunca fría.
VI
El mandarino hechizado, adentrado en tres lustros
permaneció en lo perplejo con el brillo de un adorno.
Soñé una vez con sus sombras lignarias.
VII
El apego del árbol no opone rebeldías.
Mi observación no posee límites
hacia el mandarino del mediodía.
Si va a llegar a su fin
ha de ser en donde siempre
la jardinera: el lugar en que retoñan sus frutos.
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