Manifiesto

Rockberto Velasco

Poeta recién llegado
Título: Manifiesto
Tema: Soledad
Técnica: Tinta y lágrimas sobre papel
París, Francia Enero 2006


La soledad se presenta de pronto como un presagio de que algo está a punto de suceder; en un mundo lleno de mujeres, ron y poesía, es casi imposible no tirarse rendido a los pies de la pachanga y el desmadre que desde niño se me enseñó a visitar con fruición, respeto y deleite.
También he llegado a pensar que la soledad segrega cierta sustancia que hace repeler a la gente que podría llegar a considerarse compañía; ahí es cuando tomo mi arma, me preparo para la guerra; mi arma es de madera con balas de nylon, la acompaño a veces con la voz: un grito de guerra ronco y cansado, de vez en vez entonado, de cuando en cuando desafinado, pero siempre sale de un rinconcito profundo del corazón.
La soledad también se disfraza; suele usar máscaras de amigo, hermano, amante; aviva emociones triviales y superficiales de un mundo vago, mundano, atiborrado de consuelos banales.
Me cuesta trabajo creer que no hay remedio, que no existe medicina ni tratamiento eficaz contra ese virus mutante que aniquila los anticuerpos del alma.
Tal vez sea por eso que después de haber recorrido un rato los inciertos senderos de las emociones y perderse en aquellas sendas retorcidas y llenas de bifurcaciones, caes en cuenta de que caminas en círculos. Ahí es cuando empiezas a disfrutarla, aprendes a degustarla acariciándola lentamente. Nos encerramos juntos en un laberinto de palabras en el cual no siempre hay salida.
Después de todo, hay situaciones como la soledad, con las que no se puede luchar. Dejo mi guitarra, prendo un cigarro y le invito a mi nueva amiga un trago. Al fin y al cabo, ¿qué más se puede hacer?


¡Solitarios de todos los países... uníos!
 
y qué más da, las cosas ya hechas están, saludos
Título: Manifiesto
Tema: Soledad
Técnica: Tinta y lágrimas sobre papel
París, Francia Enero 2006


La soledad se presenta de pronto como un presagio de que algo está a punto de suceder; en un mundo lleno de mujeres, ron y poesía, es casi imposible no tirarse rendido a los pies de la pachanga y el desmadre que desde niño se me enseñó a visitar con fruición, respeto y deleite.
También he llegado a pensar que la soledad segrega cierta sustancia que hace repeler a la gente que podría llegar a considerarse compañía; ahí es cuando tomo mi arma, me preparo para la guerra; mi arma es de madera con balas de nylon, la acompaño a veces con la voz: un grito de guerra ronco y cansado, de vez en vez entonado, de cuando en cuando desafinado, pero siempre sale de un rinconcito profundo del corazón.
La soledad también se disfraza; suele usar máscaras de amigo, hermano, amante; aviva emociones triviales y superficiales de un mundo vago, mundano, atiborrado de consuelos banales.
Me cuesta trabajo creer que no hay remedio, que no existe medicina ni tratamiento eficaz contra ese virus mutante que aniquila los anticuerpos del alma.
Tal vez sea por eso que después de haber recorrido un rato los inciertos senderos de las emociones y perderse en aquellas sendas retorcidas y llenas de bifurcaciones, caes en cuenta de que caminas en círculos. Ahí es cuando empiezas a disfrutarla, aprendes a degustarla acariciándola lentamente. Nos encerramos juntos en un laberinto de palabras en el cual no siempre hay salida.
Después de todo, hay situaciones como la soledad, con las que no se puede luchar. Dejo mi guitarra, prendo un cigarro y le invito a mi nueva amiga un trago. Al fin y al cabo, ¿qué más se puede hacer?


¡Solitarios de todos los países... uníos!
 

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