Manual de anatomía para amantes en desuso

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Había que empezar por los ojos, esos mentirosos profesionales. Ojos que inventaban auroras donde solo había cortinas amarillentas y un despertador roto. Tú los cerrabas para besarme y yo, cómplice del engaño, fingía que el mundo se detenía. Pero los mundos no se detienen: se oxidan. Y el nuestro crujía como un reloj barato, cada tic-tac una astilla en el costado.

Primera incisión: la memoria
Las palabras fueron perdiendo peso, deshaciéndose en susurros huecos. «Te quiero» era un fósil que desenterrábamos los domingos, cuando el silencio pesaba más que los muebles. Lo pronunciábamos con guantes de arqueólogo, temiendo que al contacto con el aire se volviera polvo. Y lo hacía. Siempre lo hacía.

Segunda incisión: la mecánica
Tu risa era un mecanismo de cuerda. Generosa como un juguete viejo, pero al escuchar con atención —yo siempre escuchaba—, se notaba el chirrido del resorte gastado. Te reías de mis metáforas, de mis calcetines desparejos, de mi manía de coleccionar boletos de tren. Y yo guardaba cada carcajada en un frasco, como quien atesora esquirlas de una bomba que aún no estalla.

Tercera incisión: el tiempo
El tiempo en los malos amores no es lineal: es una serpiente que se muerde la cola y vomita espejos. En uno me veías a los veinte, con el pelo lleno de viento y promesas; en otro, a los treinta y cinco, convertido en un mueble que estorbaba en el pasillo. Yo intentaba sincronizar nuestros relojes, pero tú vivías en un huso horario donde el presente era solo un borrador de lo que pudo ser.

Cuarta incisión: la mentira
La mentira más bella fue la del tacto. Tus manos, expertas en cartografía absurda, dibujaban mapas en mi espalda mientras murmurabas países imaginarios. Yo creí en esas fronteras, en esos ríos de uñas pintadas. Hasta que un día, entre sábanas frías, entendí que tu piel era un diccionario en lengua muerta.

Última incisión: el núcleo
Al final, solo quedó el hueso. Pequeño, afilado, enterrado bajo capas de «tal vez» y «mañana». Lo sostuve ante la lámpara: áspero, opaco, tan real que dolía. Tú lo llamabas amor. Yo supe entonces que era otra cosa: la costra de una herida sin nombre.

Y así, entre vendas sucias y metáforas desinfectadas, terminó la autopsia. Dos cadáveres que siguen respirando. Dos fantasmas que olvidaron dejar de amar.

(En el cajón quedó un relicario con tu sombra. A veces, en las noches lluviosas, susurra.)
 

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