Te he bebido y fumado, de manera constante y devota.
He combinado las partes que odio de ti,
en esta morada opaca del nudo hastío que te contiene.
Y sobre la cuna de la rabia, que mece el amor que ya no tengo,
la sombra nocturna, advierte luna llena de nostalgias,
que anhelan el cuarto menguante, donde solías posar frente a mí.
He pensado últimamente en la caducidad de las palabras,
en tu nombre palpado en ellas
y en su efímera estadía por mis labios.
Me crucifico en estas y viajo desconsolado,
buscando aquí, allá, en todas partes,
algún lugar donde esta inmensa melancolía,
no se testifique derramada, en la mirada perpetua de otros.
Y a veces, cuando la ira sustituye mi cordura,
maldigo a dios por haberte creado verdadera.
Me incendia pensarte desnuda y lejana,
haberte amado y probado en tantos lugares como apetecimos,
y quedarme solo con la parte, que riego sobre sal diluida en el dolor que retengo.
¿Cómo he de extrañarte, sin aún te cultivo?
Y quisiera, en verdad quisiera a toda costa,
arrancarte de aquí adentro, de esta prisión
de pétalos secos y cenizas donde te fortalezco.
Tatuarme en el humo que deja un encuentro furtivo,
respirar hondo, sentir que el sol es sol,
y saber por fin, lo que es estar solo.
He combinado las partes que odio de ti,
en esta morada opaca del nudo hastío que te contiene.
Y sobre la cuna de la rabia, que mece el amor que ya no tengo,
la sombra nocturna, advierte luna llena de nostalgias,
que anhelan el cuarto menguante, donde solías posar frente a mí.
He pensado últimamente en la caducidad de las palabras,
en tu nombre palpado en ellas
y en su efímera estadía por mis labios.
Me crucifico en estas y viajo desconsolado,
buscando aquí, allá, en todas partes,
algún lugar donde esta inmensa melancolía,
no se testifique derramada, en la mirada perpetua de otros.
Y a veces, cuando la ira sustituye mi cordura,
maldigo a dios por haberte creado verdadera.
Me incendia pensarte desnuda y lejana,
haberte amado y probado en tantos lugares como apetecimos,
y quedarme solo con la parte, que riego sobre sal diluida en el dolor que retengo.
¿Cómo he de extrañarte, sin aún te cultivo?
Y quisiera, en verdad quisiera a toda costa,
arrancarte de aquí adentro, de esta prisión
de pétalos secos y cenizas donde te fortalezco.
Tatuarme en el humo que deja un encuentro furtivo,
respirar hondo, sentir que el sol es sol,
y saber por fin, lo que es estar solo.
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