boroman
Poeta recién llegado
María (un sueño)
Me levanté de un sueño donde encontré mi eucaristía.
Iba yo corriendo a pesar de fumar mi cajetilla por día,
corría y corría sin parar y, mil carreteras
con el garbo del cangrejo de ocho patas, me eché a mis ocho rodillas.
Y a la vuelta de una esquina conocí a María, dulce y argentina.
Hablaba bien el catalán, pero sin mucha prisa.
Mi sorpresa fue al ver de su inocencia mariana
en cada pulso de mis venas, nacer una tormenta de letanías.
Cuando se dirigió hacia mí se presentó discreta,
porque no le hacía falta alumbrar con su sonrisa
ningún camino hasta el grial, que escondía
entre sus piernas de veintitantos para arriba.
Me dejó acompañarla, mientras opinábame de los tomates
que salían por la televisión y, al final decía: y tú que tal?
-yo bien- más bien enmudecido y empezando a creer
cuando se paró a hablar con una vieja, que conocía de la panadería.
Yo esperé paciente como si supiera lo que venía
y, en mi cabeza dos minutos admirando su belleza,
se quedaron cortos para socorrerla por debajo
de su abrigo blanco perla, adornado a rayas color de su negra melena.
Cuando entré por el portal donde María era inquilina,
me llevó para abajo y nunca para arriba.
Y en frente de su puerta dejó que viera su culo de antología
mientras recogía del suelo un dos por uno de una pizzería.
Y cuanto más sublime aquella atmósfera, más me sonaba
que María sólo podía vivir entre mis sueños,
pero cuando abrió la puerta su marido
di por cierto que aquello se había vuelto una pesadilla.
Y a mi María, pobre una retahíla de insultos y golpes
la esperaban y aún así, aunque ya se lo esperara
su sonrisa se dejó ver ante mis ojos antes de caer
a los pies de la bestia con anillo y pijama para andar por casa.
Y antes de dar el portazo y dejarme a mí rezando en alto
al mismísimo diablo y a los cuatro jinetes
que subiesen a darle a la bestia lo que se mereciese,
me quedé llorando, pero para los adentros para no merecerle pena al condenao.
Y lloré para fuera mil torrentes que son los que lloraba ella
estando yo dormido, una vez despierto.
Y me dio por escribir su historia, para no olvidarla
pues desde entonces no he vuelto a soñarla y sólo tengo su recuerdo.
Javier Susín Acebo.
Me levanté de un sueño donde encontré mi eucaristía.
Iba yo corriendo a pesar de fumar mi cajetilla por día,
corría y corría sin parar y, mil carreteras
con el garbo del cangrejo de ocho patas, me eché a mis ocho rodillas.
Y a la vuelta de una esquina conocí a María, dulce y argentina.
Hablaba bien el catalán, pero sin mucha prisa.
Mi sorpresa fue al ver de su inocencia mariana
en cada pulso de mis venas, nacer una tormenta de letanías.
Cuando se dirigió hacia mí se presentó discreta,
porque no le hacía falta alumbrar con su sonrisa
ningún camino hasta el grial, que escondía
entre sus piernas de veintitantos para arriba.
Me dejó acompañarla, mientras opinábame de los tomates
que salían por la televisión y, al final decía: y tú que tal?
-yo bien- más bien enmudecido y empezando a creer
cuando se paró a hablar con una vieja, que conocía de la panadería.
Yo esperé paciente como si supiera lo que venía
y, en mi cabeza dos minutos admirando su belleza,
se quedaron cortos para socorrerla por debajo
de su abrigo blanco perla, adornado a rayas color de su negra melena.
Cuando entré por el portal donde María era inquilina,
me llevó para abajo y nunca para arriba.
Y en frente de su puerta dejó que viera su culo de antología
mientras recogía del suelo un dos por uno de una pizzería.
Y cuanto más sublime aquella atmósfera, más me sonaba
que María sólo podía vivir entre mis sueños,
pero cuando abrió la puerta su marido
di por cierto que aquello se había vuelto una pesadilla.
Y a mi María, pobre una retahíla de insultos y golpes
la esperaban y aún así, aunque ya se lo esperara
su sonrisa se dejó ver ante mis ojos antes de caer
a los pies de la bestia con anillo y pijama para andar por casa.
Y antes de dar el portazo y dejarme a mí rezando en alto
al mismísimo diablo y a los cuatro jinetes
que subiesen a darle a la bestia lo que se mereciese,
me quedé llorando, pero para los adentros para no merecerle pena al condenao.
Y lloré para fuera mil torrentes que son los que lloraba ella
estando yo dormido, una vez despierto.
Y me dio por escribir su historia, para no olvidarla
pues desde entonces no he vuelto a soñarla y sólo tengo su recuerdo.
Javier Susín Acebo.