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Markus Roscher

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por silveriddragon, 8 de Octubre de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 39

  1. silveriddragon

    silveriddragon Poeta fiel al portal

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    Hombre
    Eukariot conde de Accell era un hombre que lo tenía todo. A los ojos de los demás parecía una persona llena de cualidades que lo calificaban para tener un lugar cercano al rey.

    Era un líder nato. Lo mismo para organizar a la gente para un festival en la comunidad, se las arreglaba para no ceder a la presión en una reunión diplomática con los reinos del norte.

    Muchos hombres le envidiaban por haberse casado con una mujer hermosa, que arrancaba suspiros solo con verla pasar.

    Sus hijos no eran precisamente ejemplares. Muy traviesos, aunque a su edad se considera normal, pues un espíritu infantil se expresa con gritos, saltos y batallas imaginarias,

    Si... pudiera decirse del conde de Accell que era una persona exitosa. Su futuro estaba asegurado. Nadie podría opacar su futura felicidad.

    Pero en el fondo era un hombre ambicioso. En su niñez aprendió a ver a cada persona como una pieza de ajedrez a la que se puede usar para sus propios fines. En su mente dibujaba planes a dos, cinco, quince años. Podía ser paciente construyendo intrigas o elaborando traiciones.

    Una persona inteligente o quizás más.

    Había algo que no lo dejaba tranquilo. En su juventud escuchó acerca de una leyenda de tierras lejanas. Un mercader que conoció en la plaza del mercado le contó acerca de un pueblo en la parte baja de una montaña. Desde ahí muchos aventureros partían con su espada y provisiones pues se decía que quien llegara a la parte alta del monte podría encontrar tesoros de gran valor en oro, plata, joyas, etc.

    Nadie podía corroborar si la leyenda era cierta porque nadie regresaba. La gente del pueblo no se atrevía a subir porque de vez en cuando se escuchaban estruendos como si hubiera una tormenta, aunque no había nubes presentes. La montaña estaba furiosa, decían.

    Una de las primeras cosas que hizo el conde de Accell al recibir su título fue enviar a un grupo de mercenarios a explorar la montaña. No recibió noticias de ellos.

    Después pensó en enviar a un hechicero. Y después un copista le siguió muy de cerca para averiguar si se quedaba con el tesoro después de bajar de la montaña. El copista regresó después de seis meses de esperar a que el hechicero volviera.

    ¿Podía ser la leyenda una advertencia? ¿qué había en lo alto de esa montaña?

    Un día el rey llamó a Eukariot. Le dijo acerca de un proyecto para invadir un reino cuyo rey había muerto. Solo quedaba la princesa al mando.

    El rey trató de casarla con uno de sus hijos, pero ella ni siquiera los recibió. Inclusive ofendió a la corona y la alianza hecha hace varios años.

    Así pues el rey formó a un grupo de cinco de sus mejores hombres de batalla para ir a conquistar ese reino. Y quería que Eukariot los dirigiera. La fortuna estaba de su lado. La montaña estaba cerca del reino a invadir.

    Un reino débil, sin un líder real. Eso iba a ser fácil.

    El grupo de los cinco partió muy temprano y estando ya lejos discutieron acerca de la mejor forma de enfrentar la empresa. Eukariot entonces nombró a Gianni barón de Argent como su segundo al mando. Le encomendó dirigir la invasión al castillo mientras él estaría afuera con un grupo de hombres dando muerte a quien pretendiera escapar.

    Llegaron al reino de la princesa en dos días. Atacaron antes del amanecer.

    El barón de Argent disfrazó a su gente de comerciantes en caravana. Tocaron la puerta y solicitaron paso para vender sus mercancías.

    Cuando abrieron la puerta de la ciudad amurallada el barón pasó con toda su gente. Los inspectores fueron entonces sorprendidos por el grupo armado escondido entre paja y barriles.

    No le fue difícil al barón ocasionar el caos. Comenzaron usando la misma paja para encender fuego y sorprendieron a los guardias distraídos. El ataque sorpresa fue efectivo. Cuando Gianni llegó a la torre donde se encontraba la princesa no pudo evitar sorprenderse.

    La princesa era una mujer a la que había conocido recientemente. Ella también mostró sorpresa. El invasor era el hombre que le había robado el corazón.

    Tan solo tres meses antes la princesa, cuyo nombre era Amélie, siguiendo su ímpetu juvenil se había escapado del castillo. Disfrazada de campesina llegó al condado de Eukariot para conocer de las costumbres de la gente humilde.

    Una tarde mientras regresaba de estar con el resto de la gente del pueblo vio a un niño lastimado. Estaba atorado debajo de un pesado tronco. El fuerte viento de esa tarde lo derribó con la mala suerte de caer encima del niño que sollozaba.

    Incapaz de ayudarlo ella sola se sintió impotente. Fue cuando vio al caballero de armadura azul llegar por el camino. Era Gianni, quien regresaba de un encargo de vigilar los dominios de Eukariot.

    Juntos sacaron al niño y lo llevaron a curar. Mientras esperaban ambos comenzaron a platicar de los juegos de sus respectivas tierras. Se entretuvieron haciendo piruetas y saltos. Después de ahí pasaron a bailes. Amélie se movía de manera grácil y sin esfuerzo.

    Después de esa ocasión siguieron viéndose para platicar. Hacían todo tipo de cosas juntos. Porque a ambos les gustaba dibujar, aunque Gianni lo hacía con mapas y Amélie era buena haciendo paisajes.

    Sentían algo el uno por el otro, pero jamás lo mencionaron. Un día ella desapareció sin aviso.

    Ahora estaban nuevamente uno frente al otro. Eran enemigos.

    Gianni tenía una misión encomendada. Debía asesinarla.

    En el instante en que se descubrieron y sus miradas se cruzaron nuevamente, Gianni no tuvo que reflexionar. Tomó a Amélie consigo sin dar explicaciones. La llevó a la parte más alta de la torre donde le pidió que no saliera sin importar lo que escuchara. También le confesó su amor.

    Bajó entonces lleno de enojo e ira contra el rey. Dio la orden a su gente de detenerse y los llamó a todos a escuchar sus palabras.

    Les dijo que el rey los había mandado a una misión despreciable. El reino ni siquiera tenía un ejército digno. No había rey ni reina, solo una princesa sin experiencia en el arte de gobernar. Quien deseara seguirlo hasta la muerte contra aquél que los había enviado podía estar a su lado, si no estaría contra él.

    Y todo cambió.

    Ahora Gianni traicionaba al rey al que le debía su título y tierras. Salió corriendo de las murallas de la ciudad hacia el campamento de Eukariot.

    Estaban festejando sonrientes sin saber lo que les esperaba.

    Cuando levantaban sus manos recibiendo a Gianni los soldados recibieron en respuesta una lluvia de flechas y lanzas.

    Totalmente desorganizados y sorprendidos fueron cayendo uno a uno.

    Eukariot logró escapar rápidamente en su caballo junto a sus hombres más cercanos. Juró vengarse de Gianni quien desde entonces recibió el apodo de "el traidor sin nombre".

    Quizás fue el destino o la inevitabilidad. Pero Eukariot llegó durante la noche al mítico pueblo de Boshi.

    Al día siguiente el dueño de la posada donde se había hospedado le platicó confirmando las leyendas.

    La montaña era enorme de color rojizo. Una neblina cubría la parte más alta y todos en el pueblo le temían.

    La llamaban la montaña de los espíritus perdidos. Nadie regresaba de ahí. También seguían hablando de un lugar lleno de tesoros en su parte más alta. Pero, si nadie había regresado, ¿cómo lo sabían?

    Es que... sí había regresado una persona. Enloquecida.

    Un hombre valiente de gran fuerza logró lo que nadie. Llegó hasta la cima donde un templo estaba colocado y lo describió lleno de tesoros. Lo vio todo desde la puerta. No pudo entrar. Antes de hacerlo un canto lo distrajo. El canto de una mujer hermosa vestida de negro. Sus ojos rojos y piel clara lo habían hechizado. Se había enamorado de una especie de bruja o sirena de los bosques.

    Regreso irreconocible. Su cabello lleno de canas, muy delgado con la mirada perdida mencionando el nombre de Alemania.

    Eso ocurrió hace ya muchos años, aunque puedes visitar aún a ese pobre hombre encerrado en un monasterio a las orillas del mar.

    El conde de Accell ahora tenía fuentes más confiables. Su ambición se encendió. Además, podía llevarle al rey parte del tesoro para tranquilizarlo después de la derrota a manos de Gianni.

    Al día siguiente no le avisó a nadie de su partida. Tomó el sendero indicado con letreros de advertencia.

    Poco a poco los árboles se iban haciendo más y más grandes, aunque también de un aspecto más sombrío. Llenos de hongos parecidos a orejas humanas.

    También vio gatos salvajes que huían de su presencia.

    Hubo un momento en el que comenzó a hacer mucho frío. El camino era muy estrecho. Dejó ir a su caballo y le dio un golpe para que regresara por donde vino.

    El bosque se tornó en un pedregal. Justo en los límites del bosque encontró una fuente natural. Bebió un poco del agua y mientras llenaba un recipiente con agua escuchó una especie de lamento traída por el viento.

    Comenzó a subir trabajosamente. Las piedras pequeñas y la arena se levantaban formando pequeños remolinos.

    Cuando iba a la mitad del camino se detuvo a comer. Volteó a los cielos y se sorprendió. No había ni una sola ave, ni siquiera un águila, un halcón o un buitre. ¿qué podía haber allí que alejaba a esos cazadores alados?

    Después de escalar algunas piedras más, llegó a la neblina.

    Había pasto salvaje lleno de... cadáveres. Esqueletos aún vestidos con armaduras o ropas largas, abrigos gruesos y espadas. Algunos escudos fuertes y otros llenos de joyas. Pero estaban intactos. No había señales de lucha o persecución.

    Este ambiente lo empezaba a intrigar.

    Caminó por cerca de dos horas más hasta llegar a otro bosque. Los árboles eran grandes, aunque no había animales.

    Y la escuchó.

    La voz aterciopelada de una mujer que cantaba una canción. Luchó contra la necesidad de seguir la voz pues sabía que podría enloquecer.

    Caminó evitando llegar hasta ella. La voz no lo seguía.

    Al final del camino finalmente encontró lo que solo había escuchado en leyendas.

    Un templo.

    El templo más grande que hubiese visto. En la entrada había unas columnas de mármol rosa con letras grabadas en un idioma ininteligible para él.

    La puerta de madera tenía incrustaciones de oro y una figura en forma de corazón.

    Al entrar sintió como si todo su cansancio se desvanecía. A ambos lados había pinturas de colores muy vivos. Predominaban los colores azul y rojo. En una pintura se podía ver una escena donde unos campesinos salvaban a un niño de ahogarse. En otra podía verse a una familia contenta de recibir a un hombre harapiento.

    Las letras labradas en el mármol brillaban y aunque no las comprendía parecían tener la estructura de poemas o cantos.

    A la mitad del templo en el suelo también había un cuadro labrado en mármol rosa. Una mujer recostada sonreía mientras veía a un gato en su regazo.

    Y en el altar un cofre de oro puro. Brillaba mostrando majestuosidad.

    Eukariot no podía creer lo que veía.

    Caminó pacientemente observando cada espacio del templo. En el techo igualmente estaban labradas escenas de hombres y mujeres en expresiones de alegría. Unos bailando, otros brindando.

    Era como si se embriagara con la belleza de tanto arte.

    En las columnas del altar grabadas estaban estas letras "Ai no megami no jiin"

    No las comprendió. Aunque la forma de las letras era delicada.

    Tomó fuerzas y abrió el cofre. Dentro las joyas le regresaron su reflejo. También superficies pulidas de cristales negros.

    Estaban tallados en formas imposibles. Curvas elípticas, superficies opacas o relucientes y joyas dentro de otras joyas.

    Cegado por su ambición tomó lo que pudo y las cargó en un morral. Aunque no podía sostenerse se fue lentamente hasta la puerta pisando en el camino la imagen de la mujer recostada.

    Iba a salir del templo poniendo un pie fuera cuando una vibración lo hizo taparse los oídos.

    Era extraño.

    En lugar de estar afuera, ahora estaba en el altar.

    Intentó salir nuevamente con todo y joyas.

    Al momento de poner un pie fuera sonó de nuevo la vibración. Cuando volvía en sí nuevamente se veía en el altar.

    Gritó una maldición. Dejó las joyas e intentó salir. Una vez más la vibración lo aturdió y despertó arriba del cofre.

    "¿Qué brujería es esta?" - dijo para sí.

    Fue entonces que una mujer se le presentó.

    Era una mujer pelirroja con el cabello lacio hasta el hombro. Su piel clara y ojos castaños le miraban con curiosidad. Su aspecto era juvenil, aunque tenía una mirada profunda.

    "La brujería requiere de algo ligado a la maldad. Aquí la maldad eres tú Eukariot."

    "¿Quién ... quién eres?"

    "Soy Ai no Megami, este es mi templo. Pocos pueden llegar hasta aquí. Es un refugio para los nobles de corazón y un lugar vetado para los llenos de codicia y ambición."

    "Ai no Megami... ¿qué significa? ¿Eres una especie de espíritu?"

    "Soy una diosa"

    "¡Blasfema! Pagana... Apóstata. Solo hay un Dios."

    "El Dios del que hablas no se entromete en los asuntos de los dioses naturales. Ahora, hablemos de tu pecado."

    "¿Pecado?"

    "Ambición…" después señalando el cofre añadió "este tesoro está destinado al necesitado, pero tú lo ibas a usar para excusarte por tus errores."

    "¿Errores has dicho? Ja. Fui traicionado. Por un hombre que es poco menos que una bestia. No merece ser recordado."

    "Tu deber Eukariot como líder era aceptar o no la misión de tu rey ambicioso. Decidiste apartar la mirada y seguirlo ciegamente en lugar de cuestionarte si era lo correcto o no. Llevabas personas, seres humanos a matar a otros seres humanos sin razón. Había otras salidas, otras opciones. Admite que querías quedar bien con el rey para recibir más recompensas."

    El conde de Accell no se sintió apenado por esos reproches. En cambio, se enfurecía más y más.

    "¿Y quién eres tú para reclamarme? Eres una diosa a la que no le debo vasallaje. Solo reconozco la autoridad del rey y del rey de reyes."

    "El rey de reyes quizás te perdone. Pero yo no. Ahora pagarás por tu pecado con una misión que te encomiendo. Aprende a amar y serás liberado de este nuevo punto sin regreso."

    La diosa sonrió. Levantó una mano por encima de la cabeza de Eukariot. Todo se obscureció. Perdió el conocimiento.

    Sintió como caía en espiral dentro de un espacio muy pequeño. Algo o alguien jalaba sus brazos mientras otros tiraban de sus piernas fuertemente. Después una explosión de colores morados le hizo despertar.

    Estaba diferente.

    Sus manos eran las de un joven de no más de 25 años. Su cabello era largo. No tenía armadura.

    Su nombre... ¿cómo se llamaba?

    No podía recordarlo.

    Tenía mucha sed. Demasiada sed.

    Escuchó a lo lejos un grupo de campesinos jugando en un río. Se acercó a tomar agua.

    Un muchacho se acercó curioso.

    "Joven... tiene algo colgando de su brazo. Es asqueroso." Era una herida profunda en el brazo que goteaba algo negro.

    "Hey... ¡¡vengan!! Está herido"

    Lo llevaron a un lado del río recostándolo.

    Un anciano le lavaba la herida mientras trataba de calmarlo.

    "Hijo, tuviste mucha suerte de encontrarnos. Pudiste morir aquí solo."

    "No sé... qué me paso... no recuerdo nada... "

    "Te habrás golpeado la cabeza. Seguro fue allá arriba en el camino sinuoso. Dicen que si estás mucho tiempo se te puede aparecer un espíritu maligno en forma de mujer. La llaman Alemania."

    "¿Alemania? Me suena ese nombre de algo"

    "¿Recuerdas tu nombre hijo?"

    "Espere... recuerdo algo... si... me llamo.... Markus... Soy Markus Roscher. El que vigila en el bosque para que nadie encuentre a la que da paz…"

    "Markus... ¿la que da paz? Creo que si te dieron muy duro en la cabeza. Te llevaremos con nosotros. En el pueblo te atenderán mejor. "

    "¿Qué pueblo es señor?"

    "Es el pueblo de Boshi. Un pueblo pequeño de no más de 20 familias. Ahí estarás bien."

    "Boshi... Boshi... me gusta ese nombre. Gracias viejo.... Muchas gracias..."
     
    #1
    Última modificación: 9 de Octubre de 2019

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