Martes por la noche

El libro se cierra frente a mis ojos,
y el protagonista se despide con un final feliz.
Si,
de esos que son apalabrados,
con un gusto dulce,
de aquellos que se te atraviesan en la garganta,
y suelen terminar entre un pañuelo a punto de romperse.

Las horas se pasan como siempre,
y mi cabeza continúa emitiendo sonidos con ruido,
con palabras duras,
dañinas y que me suturan.
Me queman por dentro,
como el agua de la ducha que cae sobre mi nuca.

De amores no hablaré,
porque para eso están los cuentos de hada,
y existen los diarios íntimos.
No me gusta llorar,
porque aprendí que por más que las lágrimas corran,
el vacío sigue oscuro.

El techo me reta,
la cama y sus pelusas me acorralan en sueños,
y las manchas de humedad de la pared a mi derecha,
me gritan que ya perdí.
Porque las derrotas las llevo de mandamiento.
Y los pedazos de mi corazón roto,
suelen ser mi juramento.

La vida es un pincel que pinta,
garabatea,
pero de vez en cuando se queda seco.
Despeinado y descascarándose en sus bordes,
y sin color.
Si,
el pincel.
Y la vida también.
 

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