Se desnudan las copas otoñales
y una sábana blanquecina humea
los afligidos campos de rosales
con el triste silencio que golpea.
Llueve y el agua sobre los cristales
en su sonora copla, se pasea
llenando de añoranza ventanales
y las callejas de la vieja aldea.
Y siento cada gota sobre el pecho
como una fuente alegre al alba pura
bajo el acento de una voz divina,
sin odios ni rencores en mi lecho
presto por deambular en la llanura
más allá de la noche diamantina.
Luis