Matanza-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
A mí me mataron

con insignificantes lecciones,

con amorfas disquisiciones

alimentadas por el vértigo

que devoraba el cieno de los cangrejos

autónomos y sin cielo. Bajé, sí, a la tierra:

hallando triste y solitario fusil de anatema,

cavernas empedradas en el sinfín sin música

de los crepúsculos odiados por la gente mezquina.

Atravesé explosiones de júbilo, me despreciaron,

oriné sobre cementerios de lujuria, cansé a hermanos

y despiadé a los incrédulos. Mi tema siempre era el mismo:

una piedra circular actuando sobre bloques de cemento.

Una rosa triturada por vientos uniformes y deslenguados.

Mi cansancio, era idéntico a mares de neblinas azules e indígenas. Poblaba las noches con su estupefacto rostro.

Inicié el sigilo de la confiscación de un cetro, mancillé

patrias honores siglos de petulante herencia cosificada y sucia.

Luna tuvo honores, luna impresionó mis lamentos, lobo

albino tradujo mis sinsabores. Y líneas de amistosas

fragancias de tomillos y reverberaciones de símbolos.

Pero dije, '' me mataron'', orinando a su vez

sobre signos cartografiados, sobre mapas de senectud,

sobre orillas de terciopelo en la mansedumbre de los días.

Laudando el signo con que mi frente alentaba los cronómetros.

Y fui un verdadero suplicio, para maestros y profesores

recónditos, todos adscritos a sus solitarios y fríos mensajes

de despacho y claustro: la depravación fue tal, que ni siquiera

mencioné mis académicos títulos. Fui espabilando, por el tránsito estelar de agotamientos físicos, de endebles epístolas,

de mansos corpúsculos de feroces cordilleras. Tuve

el siglo en mis manos, lo perdí, y ahora, no persigo

más que una nomenclatura azul celeste en sus riberas desaforadas.

Invitando a la muerte a extintos desacatados,

no obtuve más que un título honorífico:
el de saber más que nadie, en tierra precisa

y de nadie. Cuya heredad y sortilegio, precisaban

de castigo; cuya ignorancia metódica, y su rectitud

estercolera, practicaron en mí, un día su falacia.

Circuncidado por vertederos, por esfinges de esparto,

por temblores salutíferos de diosas litigantes, qué

más puedo hacer? Si no saludar yo también

a esos tigres, a esos leones de agrícolas mansiones.

Mi cuerpo es la mayoría de los esclavos.

©
 

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