Era Matilde,
Mujer apasionada y vehemente,
Que vivía en una ciudad
Allá en época lejana,
Cuando se hacían torneos
Y se batían a espada.
Aspiraba a ser la dama
De un caballero valiente,
Que con sólo mirarla pudiera
Entregarle su vida
Y convertirse en su consorte.
Suspiraba emocionada cuando
Se iniciaban las lides;
Pero aunque era hermosa,
Le faltaba buena bolsa y posición
Que tentara a pretendientes.
Era Martín, un mozo
Tal vez del montón,
Pero era decidido
Y muy emprendedor.
Con mucho trabajo y ahínco
Y la ayuda de su padre,
Que era veterano herrero,
Puso una pequeña taberna
Que por lo que veía
Éxito tendría.
A Matilde amaba
Desde que eran niños,
Pues su padre había
Para el de ella, trabajado.
Matilde estaba más alto
En el escalafón,
Pero las deudas de su padre
Y su mala reputación,
Habían reducido sus posibilidades
De hacer matrimonio
Entre los de su condición.
Martín soñaba con hacer fortuna
Y lograr que Matilde por fin
En él se fijara,
Pero ella coqueteaba
Más de la cuenta
Con caballeros que tenían
La boca muy suelta,
Llenos de promesas vanas
Que no quedaban en nada.
Martín se sentía herido
Al ver que ella en él,
No reparaba,
Pero sí en aquellos señores
Que eran mucha fachada,
Orgullo vano
Y miseria hasta en la vaina.
“Matilde, te ruego
Que cuidado tengas.
Tu crees que entre tales señores,
Marido encuentras.
Pero tú no eres lo que ellos necesitan.
Tomarán de ti lo que les dejes,
Pero anillo de boda
No lucirán tus dedos
Porque ellos buscan mujer
Que les mantenga”.
“Martín, no me hables así
Que no te lo consiento.
Aunque mucho te aprecio
Por los años en que nos conocemos,
No tienes derecho a darme consejo.
Yo haré lo que quiera
Porque es mi voluntad.
Deseo alguien con honores,
Valiente, apuesto,
A quien pueda admirar,
Y si tu piensas que
En esa categoría estás,
Ya lo puedes olvidar”.
Martín se fue cabizbajo
Pues sabía que ella
No se quedaría satisfecha
Hasta que no lo consiguiera
Ó se diese contra el suelo.
Puso todo su empeño
En su meta laboral
Pues eso si que lo podía controlar.
Su mano era especial para la cocina
Y platos de sabores inusuales
De sus peroles salían.
La voz corrió por la ciudad
Que en la taberna de Martín,
Se comía de verdad.
Sus clientes crecieron
Y eran de los de calidad.
Su taberna lugar de moda
Y de encuentro,
Y con su éxito,
El oro sus manos llenó.
Mientras, Matilde se quedó huérfana.
Su padre, durante una borrachera,
Se desnucó y se quedó con mil deudas
Dada su mala administración.
Matilde había logrado la atención
De un señor de medio pelo,
apuesto y bravucón,
De sonrisa embaucadora
Y palabras de trovador.
Ya las campanas de boda
En sus oídos sonaban.
Dante, el joven que Matilde adoraba,
Le pidió pruebas de su verdadero amor,
Y ésta, convencida,
A él se entregó.
A la mañana siguiente,
Dante le comentó
La noche tan maravillosa
Que con ella pasara,
Pero que le tenía que decir adiós.
Matilde, asustada, le dijo
Que ahora estaban más unidos
Y que su boda,
Dado que su virtud le entregara,
Debía ser inmediata.
Dante, rió y le dijo
Que él tenía otros proyectos;
Nunca se casaría con mujer como ella,
Arruinada y con una reputación manchada,
La de su padre y la propia,
Que con el primero que se lo pidió,
Perdió su honor.
Matilde le gritó ,le golpeó,
Pero como si basura fuera
De su casa la echó,
Y así llorando,
La joven por la calle corrió.
Martín la vio
Y a su encuentro fue.
Entre sus brazos la acogió
Y escuchó entre sollozos
Su confesión.
“No pasa nada.
De esto te recuperarás.
Te servirá en adelante
Para que por una fachada
No juzgar un corazón”.
“Martín, estoy deshonrada.
Fui de él.
¿Quién me querrá,
Sin dinero ó dote
Y con este baldón?
Ya ni para un porquerizo
Buena esposa seré.
Es inútil; Mi ruina busqué”.
“Para qué buscar un porquerizo
Si un tabernero tienes
Que no le importa lo que seas,
Ni lo que tengas,
Ni lo que hiciste,
Pues su amor es suficiente
Para retar al destino
Y hacerte olvidar sufrimientos,
Si tú se lo permites”.
“¿Tú, Martín?.
¿Tú me quieres
A pesar de lo que he hecho
Y lo mal que me he portado?”.
“Sí, Matilde.
Te pido que seas mi esposa,
Así como estás,
Sin bienes, ni tesoros que te adornen.
Sólo te pido que me dejes mi amor entregar
Y a cambio
yo te daré la satisfacción que buscas,
Tu bienestar”.
Matilde le dijo que sí
Y él la besó.
En su esposa la convirtió;
La prosperidad les llegó
Y Matilde aprendió
Que es mejor tener
A un pobre y honrado trabajador
Que te entregue su pasión
Que caballero de brillante armadura,
Reluciente, peripuesto y fanfarrón,
Que se lleve tu ilusión.
Y nunca se arrepintió
Porque con Martín
Cada día fue feliz
Hasta que llegó su fin.
Mujer apasionada y vehemente,
Que vivía en una ciudad
Allá en época lejana,
Cuando se hacían torneos
Y se batían a espada.
Aspiraba a ser la dama
De un caballero valiente,
Que con sólo mirarla pudiera
Entregarle su vida
Y convertirse en su consorte.
Suspiraba emocionada cuando
Se iniciaban las lides;
Pero aunque era hermosa,
Le faltaba buena bolsa y posición
Que tentara a pretendientes.
Era Martín, un mozo
Tal vez del montón,
Pero era decidido
Y muy emprendedor.
Con mucho trabajo y ahínco
Y la ayuda de su padre,
Que era veterano herrero,
Puso una pequeña taberna
Que por lo que veía
Éxito tendría.
A Matilde amaba
Desde que eran niños,
Pues su padre había
Para el de ella, trabajado.
Matilde estaba más alto
En el escalafón,
Pero las deudas de su padre
Y su mala reputación,
Habían reducido sus posibilidades
De hacer matrimonio
Entre los de su condición.
Martín soñaba con hacer fortuna
Y lograr que Matilde por fin
En él se fijara,
Pero ella coqueteaba
Más de la cuenta
Con caballeros que tenían
La boca muy suelta,
Llenos de promesas vanas
Que no quedaban en nada.
Martín se sentía herido
Al ver que ella en él,
No reparaba,
Pero sí en aquellos señores
Que eran mucha fachada,
Orgullo vano
Y miseria hasta en la vaina.
“Matilde, te ruego
Que cuidado tengas.
Tu crees que entre tales señores,
Marido encuentras.
Pero tú no eres lo que ellos necesitan.
Tomarán de ti lo que les dejes,
Pero anillo de boda
No lucirán tus dedos
Porque ellos buscan mujer
Que les mantenga”.
“Martín, no me hables así
Que no te lo consiento.
Aunque mucho te aprecio
Por los años en que nos conocemos,
No tienes derecho a darme consejo.
Yo haré lo que quiera
Porque es mi voluntad.
Deseo alguien con honores,
Valiente, apuesto,
A quien pueda admirar,
Y si tu piensas que
En esa categoría estás,
Ya lo puedes olvidar”.
Martín se fue cabizbajo
Pues sabía que ella
No se quedaría satisfecha
Hasta que no lo consiguiera
Ó se diese contra el suelo.
Puso todo su empeño
En su meta laboral
Pues eso si que lo podía controlar.
Su mano era especial para la cocina
Y platos de sabores inusuales
De sus peroles salían.
La voz corrió por la ciudad
Que en la taberna de Martín,
Se comía de verdad.
Sus clientes crecieron
Y eran de los de calidad.
Su taberna lugar de moda
Y de encuentro,
Y con su éxito,
El oro sus manos llenó.
Mientras, Matilde se quedó huérfana.
Su padre, durante una borrachera,
Se desnucó y se quedó con mil deudas
Dada su mala administración.
Matilde había logrado la atención
De un señor de medio pelo,
apuesto y bravucón,
De sonrisa embaucadora
Y palabras de trovador.
Ya las campanas de boda
En sus oídos sonaban.
Dante, el joven que Matilde adoraba,
Le pidió pruebas de su verdadero amor,
Y ésta, convencida,
A él se entregó.
A la mañana siguiente,
Dante le comentó
La noche tan maravillosa
Que con ella pasara,
Pero que le tenía que decir adiós.
Matilde, asustada, le dijo
Que ahora estaban más unidos
Y que su boda,
Dado que su virtud le entregara,
Debía ser inmediata.
Dante, rió y le dijo
Que él tenía otros proyectos;
Nunca se casaría con mujer como ella,
Arruinada y con una reputación manchada,
La de su padre y la propia,
Que con el primero que se lo pidió,
Perdió su honor.
Matilde le gritó ,le golpeó,
Pero como si basura fuera
De su casa la echó,
Y así llorando,
La joven por la calle corrió.
Martín la vio
Y a su encuentro fue.
Entre sus brazos la acogió
Y escuchó entre sollozos
Su confesión.
“No pasa nada.
De esto te recuperarás.
Te servirá en adelante
Para que por una fachada
No juzgar un corazón”.
“Martín, estoy deshonrada.
Fui de él.
¿Quién me querrá,
Sin dinero ó dote
Y con este baldón?
Ya ni para un porquerizo
Buena esposa seré.
Es inútil; Mi ruina busqué”.
“Para qué buscar un porquerizo
Si un tabernero tienes
Que no le importa lo que seas,
Ni lo que tengas,
Ni lo que hiciste,
Pues su amor es suficiente
Para retar al destino
Y hacerte olvidar sufrimientos,
Si tú se lo permites”.
“¿Tú, Martín?.
¿Tú me quieres
A pesar de lo que he hecho
Y lo mal que me he portado?”.
“Sí, Matilde.
Te pido que seas mi esposa,
Así como estás,
Sin bienes, ni tesoros que te adornen.
Sólo te pido que me dejes mi amor entregar
Y a cambio
yo te daré la satisfacción que buscas,
Tu bienestar”.
Matilde le dijo que sí
Y él la besó.
En su esposa la convirtió;
La prosperidad les llegó
Y Matilde aprendió
Que es mejor tener
A un pobre y honrado trabajador
Que te entregue su pasión
Que caballero de brillante armadura,
Reluciente, peripuesto y fanfarrón,
Que se lleve tu ilusión.
Y nunca se arrepintió
Porque con Martín
Cada día fue feliz
Hasta que llegó su fin.