Me cambiaste por una visa

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Jamás imaginé lo que serías en mi vida. Eres como esos trenes que uno espera con ansias, con la maleta a medio cerrar y el corazón latiendo a destiempo. Llegaste sin previo aviso, y en un suspiro te llevaste mi tranquilidad. Recuerdo tus ojos, tan profundos como un pozo sin fondo, y tus manos, que parecían diseñadas para sostener el mundo.

Las noches pasaban como sueños de niebla, donde tus palabras se enredaban con las mías, creando un tejido de promesas y esperanzas. Eras mi refugio, mi pausa en la tormenta. Cada susurro tuyo era un verso de Cortázar, un enigma que solo nosotros comprendíamos. Nos fundíamos en un abrazo infinito, mientras el tiempo, ese cruel ladrón, seguía su curso sin piedad.

Pero un día, la realidad golpeó nuestra puerta. Traía consigo el sonido metálico de las despedidas y el sabor amargo de la distancia. Una visa. Ese pedazo de papel que prometía un futuro mejor, pero que arrancaba de raíz nuestro presente. Me cambiaste por una visa, y con ello, me dejaste con un hueco en el pecho y una carta de despedida en la mesa.

No hubo lágrimas suficientes para llenar el vacío que dejaste. Intenté aferrarme a los recuerdos, a las risas compartidas y a los planes que nunca llegaron a ser. Pero la vida siguió su curso, y yo me quedé aquí, recogiendo las piezas de un amor que se fue volando al otro lado del océano.

Jamás imaginé lo que fuiste en mi vida. Fuiste un huracán que arrasó con todo a su paso, dejando tras de sí una calma dolorosa. Y ahora, solo me queda esperar que el tiempo, ese mismo que nos separó, me regale la paz que un día me robaste. Porque a veces, en el silencio de la noche, aún puedo escuchar tus susurros, recordándome lo que pudo haber sido.
 
Jamás imaginé lo que serías en mi vida. Eres como esos trenes que uno espera con ansias, con la maleta a medio cerrar y el corazón latiendo a destiempo. Llegaste sin previo aviso, y en un suspiro te llevaste mi tranquilidad. Recuerdo tus ojos, tan profundos como un pozo sin fondo, y tus manos, que parecían diseñadas para sostener el mundo.

Las noches pasaban como sueños de niebla, donde tus palabras se enredaban con las mías, creando un tejido de promesas y esperanzas. Eras mi refugio, mi pausa en la tormenta. Cada susurro tuyo era un verso de Cortázar, un enigma que solo nosotros comprendíamos. Nos fundíamos en un abrazo infinito, mientras el tiempo, ese cruel ladrón, seguía su curso sin piedad.

Pero un día, la realidad golpeó nuestra puerta. Traía consigo el sonido metálico de las despedidas y el sabor amargo de la distancia. Una visa. Ese pedazo de papel que prometía un futuro mejor, pero que arrancaba de raíz nuestro presente. Me cambiaste por una visa, y con ello, me dejaste con un hueco en el pecho y una carta de despedida en la mesa.

No hubo lágrimas suficientes para llenar el vacío que dejaste. Intenté aferrarme a los recuerdos, a las risas compartidas y a los planes que nunca llegaron a ser. Pero la vida siguió su curso, y yo me quedé aquí, recogiendo las piezas de un amor que se fue volando al otro lado del océano.

Jamás imaginé lo que fuiste en mi vida. Fuiste un huracán que arrasó con todo a su paso, dejando tras de sí una calma dolorosa. Y ahora, solo me queda esperar que el tiempo, ese mismo que nos separó, me regale la paz que un día me robaste. Porque a veces, en el silencio de la noche, aún puedo escuchar tus susurros, recordándome lo que pudo haber sido.
Muy profundo y melancólico.

Saludos
 

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