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Me gusta escuchar las calles

SRH

Poeta fiel al portal
Me gusta escuchar las calles
cuando la tarde se derrama como un vino
y el sol, cansado, se sienta en las veredas
a mirar a los que buscan, en otras miradas,
un lugar a dónde quedarse dormidos.

Me gusta escuchar las calles
porque hablan con lenguas distintas
con voces de pasos apurados,
de risas que doblan en la esquina,
de puertas que guardan secretos.

Dicen historias que nadie escribe:
el vendedor que sueña con volver temprano,
la madre que llama desde la ventana,
la niña que patea su ilusión contra el cordón
y los que caminan con el día a cuestas.

Las calles suspiran en cada semáforo,
late su corazón en los colectivos llenos,
y en cada farol despierto
tiembla una esperanza amarilla.

Me gusta, sobre todo, escucharlas
cuando la noche las desata del ruido
y las vuelve agua profunda,
cuando el viento barre palabras sueltas
y deja suspendido el polen
y la sal de lo vivido

Porque las calles no son de piedra,
son cicatriz y espejo; llegadas y regresos.
Y quién aprende a callar escucha
cómo su propia sangre se mezcla
con la música subterránea
de la ciudad que lo sueña
 
Última edición:
Me gusta escuchar las calles
cuando la tarde se derrama como un vino
y el sol, cansado, se sienta en las veredas
a mirar a los que buscan, en otras miradas,
un lugar a dónde quedarse dormidos.

Me gusta escuchar las calles
porque hablan con lenguas distintas
con voces de pasos apurados,
de risas que doblan en la esquina,
de puertas que guardan secretos.

Dicen historias que nadie escribe:
el vendedor que sueña con volver temprano,
la madre que llama desde la ventana,
la niña que patea su ilusión contra el cordón
y los que caminan con el día a cuestas.

Las calles suspiran en cada semáforo,
late su corazón en los colectivos llenos,
y en cada farol despierto
tiembla una esperanza amarilla.

Me gusta, sobre todo, escucharlas
cuando la noche las desata del ruido
y las vuelve agua profunda,
cuando el viento barre palabras sueltas
y deja suspendido el polen
y la sal de lo vivido

Porque las calles no son de piedra,
son cicatriz y espejo; llegadas y regresos.
Y quién aprende a callar escucha
cómo su propia sangre se mezcla
con la música subterránea
de la ciudad que lo sueña

Es un gran poema, muy bueno, a mí me ha encantado
y espero que tenga muchas lecturas. Yo volveré, compañero,
siempre vuelvo a los poemas que me hacen sentir, gracias...
Saludos cordiales.
 
Me gusta escuchar las calles
cuando la tarde se derrama como un vino
y el sol, cansado, se sienta en las veredas
a mirar a los que buscan, en otras miradas,
un lugar a dónde quedarse dormidos.

Me gusta escuchar las calles
porque hablan con lenguas distintas
con voces de pasos apurados,
de risas que doblan en la esquina,
de puertas que guardan secretos.

Dicen historias que nadie escribe:
el vendedor que sueña con volver temprano,
la madre que llama desde la ventana,
la niña que patea su ilusión contra el cordón
y los que caminan con el día a cuestas.

Las calles suspiran en cada semáforo,
late su corazón en los colectivos llenos,
y en cada farol despierto
tiembla una esperanza amarilla.

Me gusta, sobre todo, escucharlas
cuando la noche las desata del ruido
y las vuelve agua profunda,
cuando el viento barre palabras sueltas
y deja suspendido el polen
y la sal de lo vivido

Porque las calles no son de piedra,
son cicatriz y espejo; llegadas y regresos.
Y quién aprende a callar escucha
cómo su propia sangre se mezcla
con la música subterránea
de la ciudad que lo sueña
Las calles, lejos de ser meros espacios físicos, son entornos llenos de vida que albergan el latido de sus habitantes.

Saludos
 
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