Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Me interpreto en esa boca como quien se despierta dentro de un sueño que no pidió, pero al que no quiere renunciar. Y claro, podría decir que es el amor, pero sería una mentira demasiado pequeña para lo que ocurre cuando el ombligo se convierte en brújula y el vientre en un pasaporte hacia ningún país conocido. Uno se disfraza de marino, sí, pero en realidad naufraga a propósito, porque lo sublime es hundirse sin pedir rescate.
Entiendo que quiso decir —o me lo digo yo mientras la sangre se me ríe— que no hay diferencia entre alas y muslos, entre jadeo y plegaria, entre el oro azul del cielo y el sudor que se esconde en la nuca. Y entonces la blancura ya no es pureza, sino exceso, un resplandor que enceguece y al mismo tiempo invita a quedarse ciego.
Me interpreto como un testigo insolente: yo, que finjo entender los nimbos y los tules, cuando en realidad sólo me aferro a la certeza de que todo esto —el cuerpo, la palabra, el temblor— no es más que la excusa perfecta para perderme. Y perderme otra vez. Y volver a escribirlo para no encontrarme jamás.
Entiendo que quiso decir —o me lo digo yo mientras la sangre se me ríe— que no hay diferencia entre alas y muslos, entre jadeo y plegaria, entre el oro azul del cielo y el sudor que se esconde en la nuca. Y entonces la blancura ya no es pureza, sino exceso, un resplandor que enceguece y al mismo tiempo invita a quedarse ciego.
Me interpreto como un testigo insolente: yo, que finjo entender los nimbos y los tules, cuando en realidad sólo me aferro a la certeza de que todo esto —el cuerpo, la palabra, el temblor— no es más que la excusa perfecta para perderme. Y perderme otra vez. Y volver a escribirlo para no encontrarme jamás.