Estaba muy furiosa; debía entrar de cualquier forma. Saqué fortaleza y entré. Los recuerdos me invadieron y la emoción me consternó. De mis entrañas tomé valor ante cada paso hasta llegar a aquel cuarto. Sucumbí ante el recuerdo de ese traje que durante muchos años me esclavizó. La rabia se transformaba en valor mientras me adentraba, me carcomía un sentimiento de impotencia y al mismo tiempo alivio. La cuerda aún colgaba marcando el final de mi condena. Parada frente a ella lloré...
El silencio cortaba mi respiración, como si él estuviera allí. De pronto sentí su tacto helado e hiriente en mi hombro, me giré y allí le volví a ver....
Como alma en pena vagaba por su sombría casa esperando mi regreso. Su rostro era horripilante y nauseabundo. Me miraba y comenzó a agradecer que acudiera a su llamada, que no podía partir sin mi perdón. Le miré con frialdad porque ni miedo me daba su fantasma. Aún me repugnaba su presencia como antaño, caminé a por mi destino, recogí mi cofre. Contenía mis pocas pertenecías y mi mayor tesoro. Con pasos firmes me dirigí a la salida y de nuevo se mostró frente a mí. Seguí de frente dejándole en su letargo olvidado mientras marchaba con mi mayor tesoro, mi libertad...
Texy Cruz
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