Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Me perdí en tu cuerpo
como se pierde un náufrago que ya no quiere ser rescatado,
como se extravía un poema entre las curvas de una letra
que aún no ha sido escrita.
Tus muslos eran caminos sin regreso,
senderos donde mi aliento dejó huellas
y mis manos, ofrendas.
Me perdí en tu espalda
como el viento que se enreda en los acantilados,
sin buscar salida,
dejando versos en cada pliegue de tu piel dormida.
Tus pechos —luna doble— fueron mi norte y mi exilio.
En ellos navegué sin velas,
solo con el pulso de tu jadeo
y la brújula rota de mis ganas.
Me perdí en tu vientre,
esa tierra tibia que florece cuando el deseo despierta,
y allí planté mi boca
como un dios pagano
que aprende a rezar con la lengua.
Fui viajero de tus caderas,
peregrino de tus gemidos,
arquitecto de un temblor que no tenía techo.
Y no quise volver.
No pedí ruta ni reloj.
Solo te nombré con todos mis poros,
como quien escribe con el cuerpo entero
una canción que no se canta,
sino que se gime.
como se pierde un náufrago que ya no quiere ser rescatado,
como se extravía un poema entre las curvas de una letra
que aún no ha sido escrita.
Tus muslos eran caminos sin regreso,
senderos donde mi aliento dejó huellas
y mis manos, ofrendas.
Me perdí en tu espalda
como el viento que se enreda en los acantilados,
sin buscar salida,
dejando versos en cada pliegue de tu piel dormida.
Tus pechos —luna doble— fueron mi norte y mi exilio.
En ellos navegué sin velas,
solo con el pulso de tu jadeo
y la brújula rota de mis ganas.
Me perdí en tu vientre,
esa tierra tibia que florece cuando el deseo despierta,
y allí planté mi boca
como un dios pagano
que aprende a rezar con la lengua.
Fui viajero de tus caderas,
peregrino de tus gemidos,
arquitecto de un temblor que no tenía techo.
Y no quise volver.
No pedí ruta ni reloj.
Solo te nombré con todos mis poros,
como quien escribe con el cuerpo entero
una canción que no se canta,
sino que se gime.