Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
La realidad me agarró in fragant
en lo que creí olvidado
en lo que creí olvidado
En la comodidad ingrata de un presunto olvido
súbitamente me han visitado con toda la brutalidad
y arrogancia esperadas, las memorias histéricas
de una, no muy plácida y lejana guerra.
Regurgitando con demencia sobre el blanco inodoro
de mi realidad, las putrefactas imágenes dolientes
que pretendí ayer enterrar sin misericordia
en el barril sin fondo de la desatención, me saludan
arrastrándose con movimientos repulsivos
frente a mi gran miedo latente.
Allí estaban, todas ellas puntuales, esmeradas.
Prostituyendo la espera con agujas sordas
que deletrean el tiempo en un nuevo calendario.
Con signos escarnecidos que reposan calladamente
en la realidad psicópata adormecida en la aflicción
de los apetecidos fármacos.
Allí, estáticas, mutiladas, alineadas generosamente
en la comodidad de mi cuarto
con la mirada arcana revestida
de resentimiento, sangran con cautela las memorias.
Imágenes tardías que, del otro lado del espejo
disfrutan con astucia y sadismo mi incertidumbre.
Orinando y evacuando su pestilencia sobre mis sueños.
Allí, sus cuerpos maquiavélicamente desfigurados,
allí, los olores irresistibles de las vísceras adoloridas
sobre el asfalto de mis ojos.
Allí, la blanca conciencia del inocente
sobre el perfil de la culpa
revistiendo el cañón del fusil anónimo con su llanto.
Su odio ventilado en la uña fría del subconsciente
es dolor insignificante de mis lágrimas como un pago
a mi inoportuno olvido.
Extienden la gravedad de sus espectros
en el techo iluminado con su sangre
en un tridimensional y sádico dolor
las imágenes amorfitas en el caos del llanto cansado.
La realidad colapsa estrepitosamente
y estridentes gritos desgarran la arrogancia del silencio.
El frío metálico de sus gatillos de guerra,
apuntan deliberadamente con invariable tino
el centro de mi conciencia.
La vida y la muerte en su significado
son absurdos en su concentración.
Fantasmas indómitos, reflejos lacerantes
de viejas memorias, con sus reproches señalándome.
¡Mea culpa ¡ ¡ Culpa mía ¡
¿Quién la detendrá?:
¿El equilibrio en el tono oscuro de sus voces?
¿La inquieta lágrima en la fútil despedida?
Ayer por la noche en la comodidad
de un presunto olvido
el pasado y el presente hicieron un intento vano
de reconciliación.
Sólo encontré, que la maldita culpa es de
La Espada del Destino,
clavada entre mi cuarta y quinta costilla
desangrando el sacrifico de mis héroes
De tiempo reteniendo el olvido está hecha mi conciencia.
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