MEDITACIÓN SOBRE EL TIEMPO (Y UNA CODA ALGO IRÓNICA.)
Una cierta imagen móvil de la eternidad... eso que llamamos tiempo.
Platón. Timeo
Mi alegría es la melancolía.
Michelangelo Buonarroti.
Una tarde más. O una tarde menos, según sitúe uno el origen del tiempo: ¿fluye como manantial de aforo desconocido, cuyo caudal varía con la intensidad de la vida que estemos transitando? ¿se consume desde un origen cierto, pero desconocido para nosotros, disminuyendo el volumen disponible como si de una clepsidra se tratase? No lo sé; nadie lo sabe, salvo el suicida que lo puede intuir con cierta aproximación. Pero no es mi caso. Para mí, ahora, desde esta obligada continencia a la que me someto, el tiempo es un concepto casi fantasmal, un fluído que me envuelve produciéndome a veces terror, a veces diversión; una especie de vampiro que me absorbe desde el estado vital que ahora me encuentro, que alguien llamó spleen, otros tedio, otro -grande donde los hubo- lo tildó de monotonía, pero aquel día llovía y él estaba tras unos cristales.
Yo me arrellano en mi cómoda butaca tras la vidriera, sobre el mar; y busco el adjetivo que mejor defina ese estado sin encontrarlo. Puede que me distraiga con los caprichosos y cambiantes juegos de la luz del poniente sobre las nubes; o me transporte -como ahora mismo- la suprema intensidad de la música de Bach que escucho. Puede que mi sangre, fluido también inextricable que mi médico trata de encauzar en los estrechos límites de la “presión arterial normal” mediante grajeas de un delicado color rosa, se haya adensado y me encuentre pesado, inerme ante los estímulos. Pero no quiero admitir el adjetivo que me golpea como un abejorro sobre los vidrios de la ventana al no encontrar la salida, que se ajusta con precisión clínica al estado en que me siento en estos momentos, un estado demoledor: aburrimiento.
Tengo ante mí mi tablero de dibujo; he tratado de pergeñar algunos bocetos que he de presentar pronto. Las líneas se me emborronan, pero ni siquiera acaban formando manchas que debieran ser sugerentes -tampoco las nubes que ya van oscureciéndose y amontonándose sobre la línea difusa del horizonte- que me aporten una idea, un trueque sugestivo: formas abstractas por imágenes inspiradoras. Estoy ojeando libros de reproducciones artísticas (tal vez la conjunción de esta inenarrable música de Bach con algún cuadro de Matthias Grünewald -su sublime Retablo de Isenheim es fuente inagotable para la meditación- pueda llegar a producir ese efecto mágico, catártico, que estoy necesitando.) Pero el libro se me amodorra entre las manos casi inertes y Bach se diluye en mis oídos sin llegar a estremecer, como tantas otras veces, las más íntimas fibras de mi alma.
Desde detrás de las cortinas que disimulan mi observatorio veo llegar a personas que no conozco; gentes que vuelven de sus trabajos o de sus distracciones, que han acabado una jornada más como yo lo estoy haciendo. Algunos lo hacen acompañados de su perro, animales juguetones y cariñosos con sus dueños. No creo que ningún perro merezca soportar mis melancolías, mis extrañas tristezas. Por eso hace tiempo que decidí no tenerlos, aunque a veces juego con alguno que se me acerca. ¿Tendrá, para estas gentes y sus eventuales perros, sentido el “sentido” del tiempo?
El cielo ya ha adquirido ese profundo color azul de los atardeceres fríos. La luna ha renacido, ya en los días finales de su cuarto menguante y junto a ella, hermosa, brillante y fría como un acero o una palabra de amor, está Venus, la estrella vespertina. Al fondo el mar, apaciguado, tal vez embargado como yo, de inefable melancolía porque tampoco le estremece el canto de las ignotas sirenas, acoge los colores de la noche. Solamente la luz de las ráfagas regulares del faro, allá en el puerto, ilumina las débiles olas, sumergiéndose enseguida en el húmedo lecho, misterioso y desconocido como el regazo de una mujer que en algún lugar me espera.
Spleen, melancolía, sed de amar... nunca, nunca aburrimiento. Baudelaire, París, “la fée verte” y una muchacha alegre que me espera en la pequeña “chambre de bonne” donde disfruto durante mis viajes en soledad.
CODA ALGO IRÓNICA.
¿Veis lo del sentido del tiempo? Si hubiese empezado el relato por esta última frase, conmigo y una alegre muchachita parisina gozándonos en un momento de mi vida no aburrida ni melancólica, este relato habría sido mucho más divertido y vital. Prefiero entonces el tiempo como fluído que todavía no ha brotado, que nace prístino de la fuente de la vida en la que me renuevo cada día. Así esta experiencia jubilosa me será dada en el futuro. Y si no me llega, pues a esperar el eterno retorno.
Una cierta imagen móvil de la eternidad... eso que llamamos tiempo.
Platón. Timeo
Mi alegría es la melancolía.
Michelangelo Buonarroti.
Una tarde más. O una tarde menos, según sitúe uno el origen del tiempo: ¿fluye como manantial de aforo desconocido, cuyo caudal varía con la intensidad de la vida que estemos transitando? ¿se consume desde un origen cierto, pero desconocido para nosotros, disminuyendo el volumen disponible como si de una clepsidra se tratase? No lo sé; nadie lo sabe, salvo el suicida que lo puede intuir con cierta aproximación. Pero no es mi caso. Para mí, ahora, desde esta obligada continencia a la que me someto, el tiempo es un concepto casi fantasmal, un fluído que me envuelve produciéndome a veces terror, a veces diversión; una especie de vampiro que me absorbe desde el estado vital que ahora me encuentro, que alguien llamó spleen, otros tedio, otro -grande donde los hubo- lo tildó de monotonía, pero aquel día llovía y él estaba tras unos cristales.
Yo me arrellano en mi cómoda butaca tras la vidriera, sobre el mar; y busco el adjetivo que mejor defina ese estado sin encontrarlo. Puede que me distraiga con los caprichosos y cambiantes juegos de la luz del poniente sobre las nubes; o me transporte -como ahora mismo- la suprema intensidad de la música de Bach que escucho. Puede que mi sangre, fluido también inextricable que mi médico trata de encauzar en los estrechos límites de la “presión arterial normal” mediante grajeas de un delicado color rosa, se haya adensado y me encuentre pesado, inerme ante los estímulos. Pero no quiero admitir el adjetivo que me golpea como un abejorro sobre los vidrios de la ventana al no encontrar la salida, que se ajusta con precisión clínica al estado en que me siento en estos momentos, un estado demoledor: aburrimiento.
Tengo ante mí mi tablero de dibujo; he tratado de pergeñar algunos bocetos que he de presentar pronto. Las líneas se me emborronan, pero ni siquiera acaban formando manchas que debieran ser sugerentes -tampoco las nubes que ya van oscureciéndose y amontonándose sobre la línea difusa del horizonte- que me aporten una idea, un trueque sugestivo: formas abstractas por imágenes inspiradoras. Estoy ojeando libros de reproducciones artísticas (tal vez la conjunción de esta inenarrable música de Bach con algún cuadro de Matthias Grünewald -su sublime Retablo de Isenheim es fuente inagotable para la meditación- pueda llegar a producir ese efecto mágico, catártico, que estoy necesitando.) Pero el libro se me amodorra entre las manos casi inertes y Bach se diluye en mis oídos sin llegar a estremecer, como tantas otras veces, las más íntimas fibras de mi alma.
Desde detrás de las cortinas que disimulan mi observatorio veo llegar a personas que no conozco; gentes que vuelven de sus trabajos o de sus distracciones, que han acabado una jornada más como yo lo estoy haciendo. Algunos lo hacen acompañados de su perro, animales juguetones y cariñosos con sus dueños. No creo que ningún perro merezca soportar mis melancolías, mis extrañas tristezas. Por eso hace tiempo que decidí no tenerlos, aunque a veces juego con alguno que se me acerca. ¿Tendrá, para estas gentes y sus eventuales perros, sentido el “sentido” del tiempo?
El cielo ya ha adquirido ese profundo color azul de los atardeceres fríos. La luna ha renacido, ya en los días finales de su cuarto menguante y junto a ella, hermosa, brillante y fría como un acero o una palabra de amor, está Venus, la estrella vespertina. Al fondo el mar, apaciguado, tal vez embargado como yo, de inefable melancolía porque tampoco le estremece el canto de las ignotas sirenas, acoge los colores de la noche. Solamente la luz de las ráfagas regulares del faro, allá en el puerto, ilumina las débiles olas, sumergiéndose enseguida en el húmedo lecho, misterioso y desconocido como el regazo de una mujer que en algún lugar me espera.
Spleen, melancolía, sed de amar... nunca, nunca aburrimiento. Baudelaire, París, “la fée verte” y una muchacha alegre que me espera en la pequeña “chambre de bonne” donde disfruto durante mis viajes en soledad.
CODA ALGO IRÓNICA.
¿Veis lo del sentido del tiempo? Si hubiese empezado el relato por esta última frase, conmigo y una alegre muchachita parisina gozándonos en un momento de mi vida no aburrida ni melancólica, este relato habría sido mucho más divertido y vital. Prefiero entonces el tiempo como fluído que todavía no ha brotado, que nace prístino de la fuente de la vida en la que me renuevo cada día. Así esta experiencia jubilosa me será dada en el futuro. Y si no me llega, pues a esperar el eterno retorno.
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