Évano
Libre, sin dioses.
Recoge a Puerto del Rosario el mar:
un abanico de calles y de gentes
que pasean alquitrán de volcanes.
El viento arrastra arena del Sahara,
o la luz se dispersa como sueño dorado
sobre montañas y llanos de bronce y oro.
La piel de la tierra deja ver por donde
vagan las almas de los árboles muertos.
Y sin embargo mi vista ama a este desierto,
al sosiego de los pasos enredados y cortos
que van y vienen de un océano inmenso,
misterioso,
como el alma de cada uno.
Temo sobrevolar otra vez las aguas,
volver al mundo de los bárbaros gélidos,
a la tierra donde reina la materia,
al mundo donde los dientes mandan
y el cerebro responde si se introducen monedas.
Pero he de volver,
y convencer a los espíritus
de los árboles del mundo,
para que vengan,
y hagan frente,
muralla,
a esa Sahara que avanza
con cada hachazo
que el hombre lanza.
un abanico de calles y de gentes
que pasean alquitrán de volcanes.
El viento arrastra arena del Sahara,
o la luz se dispersa como sueño dorado
sobre montañas y llanos de bronce y oro.
La piel de la tierra deja ver por donde
vagan las almas de los árboles muertos.
Y sin embargo mi vista ama a este desierto,
al sosiego de los pasos enredados y cortos
que van y vienen de un océano inmenso,
misterioso,
como el alma de cada uno.
Temo sobrevolar otra vez las aguas,
volver al mundo de los bárbaros gélidos,
a la tierra donde reina la materia,
al mundo donde los dientes mandan
y el cerebro responde si se introducen monedas.
Pero he de volver,
y convencer a los espíritus
de los árboles del mundo,
para que vengan,
y hagan frente,
muralla,
a esa Sahara que avanza
con cada hachazo
que el hombre lanza.
Última edición: