Meditaciones en un baño de tina

Tobare

Poeta recién llegado
Meditaciones durante un baño de tina


Primero que todo quiero advertirles que no me lean
porque no es mucho lo que tengo para contarles;
puedo decirles, por ejemplo,
que mi espíritu se forjó gracias a la lectura
de roídas enciclopedias,
escuchando aullidos provenientes de viejos hospitales,
calculando, estudiando moléculas invisibles,
mientras me tragaba unas cuantas verdades indigeribles
escupidas en revistas escritas en idioma inglés
gracias al sacrificio de villorrios enteros de roedores
al servicio de randomizados genocidas
vestidos de impecables delantales blancos.

La verdad es que mucho no he aprendido,
siempre he admirado más
la osadía de los últimos de la clase
(aunque en esto no me atreva a imitarles),
porque en cuanto a mí la medicina se trata de palabra,
primero la palabra,
-¡antes que todo la palabra!-
ya verá usted como sola llegará
la hora de los principios activos,
los pabellones asépticos,
o las milagrosas píldoras
disponibles en atractivas ofertas
de farmacias coludidas.

Dicho de otro modo,
la medicina no se trata
de trabajar bajo el juramento
a rancios dioses griegos
que hace tres mil años
dejaron de calentar a nadie.

La medicina,
y esto lo digo parafraseando a un viejo amigo,
hay que escribirla con el corazón del corazón,
no se trata de rescatar muertos de sus propios ataúdes
o de ser un cadavérico soldado
al servicio de inescrupulosas farmacéuticas.

La medicina es un humanismo
-primero que todo un humanismo-
porque se lanza a los confines
de los parámetros corpóreos,
buscando aliviar los más insondables padecimientos,
subsanar esas lágrimas sonámbulas
que arañan los laberintos,
curar los oxidados humores
que circulan por nuestra sangre
regando conciencias extenuadas
de madres o de viudas
que ahogaron su desconsuelo
en otrora blancos pañuelos
ahora enmohecidos.

No se trata de sentarse a ver las radiografías
de ancianos solitarios que juegan a las cartas
mientras esperan a la muerte
semisentados en rígidas camillas cristalinas.

Pero esto es sólo una cara de la moneda
(aquí confieso he cometido un exceso)
porque también están
los abrazos apretados
capaces de colorearnos todo el día
con alegres tonos de verdes y amarillos,
la afable compañía durante el horario de visitas,
la sonrisa del que ama lo que hace,
la amistosa ayuda infatigable
de los que se aporrearon
bajo el caluroso alero de los libros,
la cálida mano que te acompaña
bajo la cariñosa sombra de esos ojos
que tu sabes no te dejarán
pase
lo
que pase.

12 de Agosto del 2017
 
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