Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
La tarde se acuesta en los vidrios rotos,
su aliento mancha de gris el silencio.
Entre las paredes que guardan ecos de nombres olvidados,
la sombra teje un manto de horas vacías.
El polvo baila con la lentitud de un adiós,
cada partícula, un instante que se deshace en la piel.
La luna talla su tristeza en las piedras,
y el viento arrulla canciones sin dueño.
Aquí, en el rincón donde el tiempo se oxida,
el alma es una plaza desierta.
Las huellas se borran bajo la lluvia de agosto,
y los pasos se pierden, sin rumbo, en el espejo.
La memoria gotea como cera antigua,
formando estatuas de lo que nunca fue.
El reloj bebe las lágrimas del almanaque,
y en su tic-tac se ahoga la luz.
Melancolía: sudor frío que empapa los sueños,
sabor a sal en los labios del alma.
Un abrazo que pesa más que el hierro,
y en el pecho, un nido de ausencias.
(El crepúsculo siempre llega con las mismas manos vacías).
su aliento mancha de gris el silencio.
Entre las paredes que guardan ecos de nombres olvidados,
la sombra teje un manto de horas vacías.
El polvo baila con la lentitud de un adiós,
cada partícula, un instante que se deshace en la piel.
La luna talla su tristeza en las piedras,
y el viento arrulla canciones sin dueño.
Aquí, en el rincón donde el tiempo se oxida,
el alma es una plaza desierta.
Las huellas se borran bajo la lluvia de agosto,
y los pasos se pierden, sin rumbo, en el espejo.
La memoria gotea como cera antigua,
formando estatuas de lo que nunca fue.
El reloj bebe las lágrimas del almanaque,
y en su tic-tac se ahoga la luz.
Melancolía: sudor frío que empapa los sueños,
sabor a sal en los labios del alma.
Un abrazo que pesa más que el hierro,
y en el pecho, un nido de ausencias.
(El crepúsculo siempre llega con las mismas manos vacías).