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Melancólicos 36 : Entre los geranios

José Valverde Yuste

Poeta que considera el portal su segunda casa


Entre los geranios, tus lágrimas reposan
brillando como las estalagmitas de una cueva
de cuarzo,
pobres flores, soportar tanto desvelo
sin tener siquiera un cuarto.

Cómo deshacer la fragancia con penas,
qué herida sin sangre sonríe y arde
sin ser primavera, no hay cántaros en la tierra
para apagar ese fuego.

Tocando el cielo, con la suavidad que me miras
cuando te sonrío, soy manantial sombrío
ascendiendo por tus penas, voy consumiendo
mi escarcha, para que brote de ti el frío.

Gruesa anaconda, pasión de mi concha,
qué cauce deshará este tormento; esta vanidad,
quemándome como un zarzal en el arroyo
tardío de la tarde, que se consume como la antorcha
lentamente.

Tibieza de mi mar, andas revuelta,
con un gran afligimiento,
malestar que me desborda.

No me gusta nadar contracorriente
porque aumenta mi ceguera,
y me pierdo por las laderas inertes
de tus sentimientos, cuando se retuercen.

Aprenderé a conocer la hermosura del aire,
el candor de la pena, la espina de los rosales,
el fluir de la sangre que con la tarde fenece,
en el mar de los sueños de tu tristeza.
 


Entre los geranios, tus lágrimas reposan
brillando como las estalagmitas de una cueva
de cuarzo,
pobres flores, soportar tanto desvelo
sin tener siquiera un cuarto.

Cómo deshacer la fragancia con penas,
qué herida sin sangre sonríe y arde
sin ser primavera, no hay cántaros en la tierra
para apagar ese fuego.

Tocando el cielo, con la suavidad que me miras
cuando te sonrío, soy manantial sombrío
ascendiendo por tus penas, voy consumiendo
mi escarcha, para que brote de ti el frío.

Gruesa anaconda, pasión de mi concha,
qué cauce deshará este tormento; esta vanidad,
quemándome como un zarzal en el arroyo
tardío de la tarde, que se consume como la antorcha
lentamente.

Tibieza de mi mar, andas revuelta,
con un gran afligimiento,
malestar que me desborda.

No me gusta nadar contracorriente
porque aumenta mi ceguera,
y me pierdo por las laderas inertes
de tus sentimientos, cuando se retuercen.

Aprenderé a conocer la hermosura del aire,
el candor de la pena, la espina de los rosales,
el fluir de la sangre que con la tarde fenece,
en el mar de los sueños de tu tristeza.
Igual que los geranios, una poesía muy viva.

Un abrazo fuerte.
 


Entre los geranios, tus lágrimas reposan
brillando como las estalagmitas de una cueva
de cuarzo,
pobres flores, soportar tanto desvelo
sin tener siquiera un cuarto.

Cómo deshacer la fragancia con penas,
qué herida sin sangre sonríe y arde
sin ser primavera, no hay cántaros en la tierra
para apagar ese fuego.

Tocando el cielo, con la suavidad que me miras
cuando te sonrío, soy manantial sombrío
ascendiendo por tus penas, voy consumiendo
mi escarcha, para que brote de ti el frío.

Gruesa anaconda, pasión de mi concha,
qué cauce deshará este tormento; esta vanidad,
quemándome como un zarzal en el arroyo
tardío de la tarde, que se consume como la antorcha
lentamente.

Tibieza de mi mar, andas revuelta,
con un gran afligimiento,
malestar que me desborda.

No me gusta nadar contracorriente
porque aumenta mi ceguera,
y me pierdo por las laderas inertes
de tus sentimientos, cuando se retuercen.

Aprenderé a conocer la hermosura del aire,
el candor de la pena, la espina de los rosales,
el fluir de la sangre que con la tarde fenece,
en el mar de los sueños de tu tristeza.
Gracias Dragón por pasarte por mis letras. Un abrazo a Ecuador
 


Entre los geranios, tus lágrimas reposan
brillando como las estalagmitas de una cueva
de cuarzo,
pobres flores, soportar tanto desvelo
sin tener siquiera un cuarto.

Cómo deshacer la fragancia con penas,
qué herida sin sangre sonríe y arde
sin ser primavera, no hay cántaros en la tierra
para apagar ese fuego.

Tocando el cielo, con la suavidad que me miras
cuando te sonrío, soy manantial sombrío
ascendiendo por tus penas, voy consumiendo
mi escarcha, para que brote de ti el frío.

Gruesa anaconda, pasión de mi concha,
qué cauce deshará este tormento; esta vanidad,
quemándome como un zarzal en el arroyo
tardío de la tarde, que se consume como la antorcha
lentamente.

Tibieza de mi mar, andas revuelta,
con un gran afligimiento,
malestar que me desborda.

No me gusta nadar contracorriente
porque aumenta mi ceguera,
y me pierdo por las laderas inertes
de tus sentimientos, cuando se retuercen.

Aprenderé a conocer la hermosura del aire,
el candor de la pena, la espina de los rosales,
el fluir de la sangre que con la tarde fenece,
en el mar de los sueños de tu tristeza.
Muy buenas letras aderezadas con una exquisita melodía.

Siempre es un placer.
 
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