José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando la luz del día,
poco a poco
se va retirando
a su alcoba
de los sueños
y los brillantes atardeceres
se resienten
de la falta de luminosidad,
se desvanece
la magia de tus ojos.
Veo en el silencio oscuro,
tus ojos y tus manos fracasando en el ocaso, perdiendo el momento
más sublime, más hermoso
del fugaz paso del tiempo.
Sólo el eco
en el vacío de tus pestañas danzarinas,
el vicio de la vanidad
que envuelve tu ser,
la desolación de un adiós donde el cielo se apaga, hipnotizando tu alma.
En el partir se esconde la verdad y la mentira,
en esa frontera sutil
donde el alma respira,
sin atardeceres
brillando en el atardecer,
se desvanece la luz,
dejando un sabor amargo.
Cuando los pacíficos cierran sus capullos rosáceos
en el retumbar de la soledad
que abraza el diamante del arrecife
y agita el alma buscando consuelo,
solo allá
el dolor es palpable,
en un final que parece eterno.
La ausencia de la luz dorada,
hace que nuestro amor se desvanezca
en la distancia,
cómo azucarillo en el agua,
se diluye en el frío de la noche.
Dónde reina el rocío y la escarcha,
y el abismo se expande,
nuestra fragancia fenece
como las flores con la nieve.
Yo, absorto
al otro lado del muro contemplo a las parejas pasear abrazadas,
cogidas de la mano, sonriendo;
de fondo, los colores rojizos,
que se plasman en el horizonte.
Embellecen la bahía y la
hacen resplandecer.
¡Oh maravilla!,
que mis ojos pueden ver.
Contemplo el atardecer,
y en cada sombra te veo.
eres luz en mi ser,
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