MEMORIA DEL NACIMIENTO DE VENUS
Fue en el atardecer.
Las olas, con sus diedros blandos y glaucos,
recorrían la espina dorsal del mar.
Calofrío de las rocas que murmuran su canción:
“La Venus es nacida, de entre corales venida.”
Los fríos barcos crepitan
y se encrespan ante el diluvio.
Madre, quiero ser héroe.
Hijo, tú ya moriste.
Madre, la luna.
Hijo, sólo es un ojo.
Y en la tarde blanquinegra de las turbas
se ensartan las azagayas en furiosas caracolas.
Caracolas como llantos espirales
y el mar, como un helecho ondulante.
Yo, jinete de la noche, busco
te busco
nazco
renazco con la roja indumentaria
de los simples conductores de faunos
o de odaliscas.
Y las rocas horadadas de pasiones
siguen su plañidera salmodia:
“La Venus es nacida, de entre corales venida.”
Fue en el atardecer.
Las olas, con sus diedros blandos y glaucos,
recorrían la espina dorsal del mar.
Calofrío de las rocas que murmuran su canción:
“La Venus es nacida, de entre corales venida.”
Los fríos barcos crepitan
y se encrespan ante el diluvio.
Madre, quiero ser héroe.
Hijo, tú ya moriste.
Madre, la luna.
Hijo, sólo es un ojo.
Y en la tarde blanquinegra de las turbas
se ensartan las azagayas en furiosas caracolas.
Caracolas como llantos espirales
y el mar, como un helecho ondulante.
Yo, jinete de la noche, busco
te busco
nazco
renazco con la roja indumentaria
de los simples conductores de faunos
o de odaliscas.
Y las rocas horadadas de pasiones
siguen su plañidera salmodia:
“La Venus es nacida, de entre corales venida.”