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Memoria virtual

Tema en 'Prosa: Obra maestra' comenzado por Cris Cam, 18 de Febrero de 2019. Respuestas: 1 | Visitas: 146

  1. Cris Cam

    Cris Cam Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Me volví a levantar furiosamente, arrojé la sábana contra lámpara que cayó estrepitosamente, haciéndose añicos el cristal. Encendí la casa. El televisor. El audio. La computadora, el lavarropas, el microondas, la cafetera y la batidora. Bajé el volumen del equipo que trinaba de Guillermo Tell o Alone Ranger, no sé. Tomé el control. Hice un zapping buscando algo que fuera: nada. Y la vi en una imagen congelada.

    Era una foto rescatada de algún legajo. Ni siquiera un retrato. ¿De que hablaba el noticiero? Siempre con sus sucias trampas para alienar las conciencias. Pero... ¿de qué hablaba? Subí el volumen. Sí, era obvio, entendí menos del relato del oficial a cargo de la investigación, que del rimbombante subtitulado de Crónica TV, que tampoco me decía nada.

    No, no, no... no era posible. Era simplemente otra de mis pesadillas. Tendría que hacer como hacen todos para sepultar los terrores diurnos con un Alplax... no, eso me suena tan extraño, torpe y antinatural como reemplazar la textura de una vagina por una estúpida autosatisfacción... mejor las pesadillas...

    Pulsé play. Grabé la nota, algo tendría que significar.

    Saqué una Quilmes del congelador. El click de la lata me trajo un relámpago. Hablar con los muertos en sueños casi siempre me fue amable, es como retenerlos vivos dentro del espacio de mi biosfera, mi pecera, mi jaula. Pero con Laura es totalmente distinto. Ni siquiera decir que es pesadilla o todo lo contrario. No la conocí joven, ni siquiera era posible imaginarse que alguna vez haya sido hermosa y eso era lo que realmente me fascinaba, lo que la hacía particularmente bella. Aquella unica tarde en que la conocí, en la sala de espera del hospital, con los ojos firmes y vítreos, cuando supo que el viento ya no soplaría en su cabaña. Yo hacía cola por un simple dolor de muelas. No sé porque la miraba en medio del cotorreo monocorde de las obstétricas. Ni sé porque intenté decirle lo que no le dije. Algo que jamás le había dicho a ninguna mujer y que ningún hombre jamás le había dicho. Me mordí, como siempre. Pero entonces fue cuando me dijo:

    – Sí. Al fondo del pasillo hay un barcito de 24 horas.

    Nos paramos y caminamos en actitud hipnótica hasta situarnos en una mesa individual uno frente al otro. Pedí dos cafés. Bueno, pensé, nunca es tarde para que los cafés sean dos.

    – Pedite una cerveza yo te la pago, me dijo.

    – No... faltaba más, yo... este...

    – Ah, no seas tonto, yo sé exactamente lo que estás pensando, y por eso estamos sentados aquí.

    – ¿Que? ¿Cómo?

    Intenté defenderme de alguna forma. Algo andaba mal y ya me estaba levantando. No quería enredarme en un equívoco.

    – No hay ningún equívoco. Me dijo. Vos no estás sentado ni por mi belleza, ni por pena, ni por mi dinero, simplemente lo estás para responderte a una pregunta.

    Su cabello cano y descuidado, caía sobre su remera sencilla y yo no podía articular palabra alguna.

    – La cosa es muy simple - Me volvió a decir - Vos tenés 5 pesos, yo 17, pero veo que se te fueron las ganas de una cerveza. Pagá esos tres pesos y vamos a casa, tengo algo que decirte.

    Las cosas seguían mal. Yo nunca había actuado así, pero no pude negarme, se me había disipado el dolor de muelas... o quizá me estuviera doliendo otra cosa.

    No recuerdo el recorrido, ni las puertas giratorias, ni la noche que hacía... fue como despertarme en su humilde departamento. Mientras me hacía un café de verdad, me dijo lo poco y único que le escucharía. Yo ya no tenía preguntas. Ella tenía respuestas.

    – Serás mi amante. Pero, no te preocupes no es de esta piel de lo que estoy hablando. Nunca estamos seguros de la piel que portamos, ni sabemos porque designio la portamos. No sabemos nunca lo que realmente sabemos y hablamos sólo de las cosas que el mundo nos permite decir. Esta amaneciendo, los búhos debemos dormir, cerrar los ojos. Mañana no vuelvas, yo te voy a buscar.

    No supe, por la mañana, si fue uno de mis vívidos sueños o mis amargas vigilias. Me tenía que convencer. A la tarde siguiente volví a las callejuelas de Parque Patricios buscando su casa. No sabía su dirección pero la encontré muy pronto, fue guiarme por los carteles apagados de los kioscos, que parecen todos idénticos cuando tronan los colectivos. Toqué el timbre del viejo marco de madera y no escuché nada. Levanté el manijón de bronce y lo solté. Pude sentir la ruda reverberación de un pasillo. Un nene en triciclo me llevó por delante. Lo miré sorprendido y con simpatía. Me balbució en su media lengua algo que no le entendí. El abuelo tres veredas más allá me hace señas.

    – ¡Ya se la llevaron...!

    – ¿A quien? Le pregunto al anciano que me miraba como si me conociera.

    – A Laura. Murió esta mañana. Del corazón parece. Como nadie la reclamó y nosotros no le conocíamos amigos, ni parientes, la ambulancia se la llevó. No sabemos donde. Era una buena persona. Ayer me dijo que si alguien venía a buscarla que recuerde lo que le había dicho.

    Sí. Era evidente, yo no le había hecho caso. Fue esa misma noche cuando comenzó todo. Fue su primer visita. Ella sabía que yo no estaba preparado para eso, pero ya era tarde.

    Mientras estaba perdido en una estación del subterráneo de Moscú, seguro luego de alguna película, me encontré con ella. No era la mujer madura y físicamente vencida del hospital. Pero era ella.

    – No te preocupes. Me dijo. No soy un personaje de tus ansiedades. No soy la mujer de tus sueños. Soy una mujer en tus sueños. A esa otra, mañana te la voy a presentar.

    La Mujer, apareció la noche siguiente. Se esmeraba en terminar la cena mientras escuchaba una melodía clásica que yo no conocía y miraba por el ventanal el jardín iluminado por una luz amarilla. Yo la veía pero ella a mi no. Llegó su esposo. Cenaron sin decirse una sola palabra, mientras veían un partido de la NBA. Ambos eran muy atractivos, o yo los veía así. No entendía tanta frialdad mutua. Hasta que sonó el teléfono y ella comenzó a hablar con una amiga. Primero las cosas de siempre, luego el fracaso y luego la causa: el deseo de él de tener un hijo y la decepción de ella de no poder dárselo. Lo que fue angustia se fue convirtiendo lentamente en lejanía, pero ninguno se atrevía a dar el paso final.

    ¿Que hacía yo en ese sueño? En una casa tan bonita. Ni siquiera escuché una palabra agresiva entre ellos. Hasta que me tocan el hombro. Otra vez Laura, bonita y radiante. Que me toma de la mano para que los deje solos un momento.

    – ¿Que hago acá? Le digo

    – Nada. Te presento a la mujer que te hará feliz... ha cierto, no es tu patrón de conducta... Te presento a quien vas a hacer feliz.

    – No te burles. Le dije. ¿Que pensás deshacer un matrimonio?

    – No te preocupes. Aquí no existe un matrimonio. Hay mucho cariño. Proyectos en común. Un futuro. Buen pasar. Buen sexo. Pero no un matrimonio. Lo hubo, pero ya no.

    – Y pensás que son cosas que yo puedo reemplazar sin duda, con un chasquido de dedos. Ideas tontas como la promesa de convertirme en tu amante.

    – Ah, ideas tontas que tienen los hombres sobre el amor.

    – Dejame despertar. Le dije.

    Dos años. Dos años. Soñando con una mujer a la que nunca vi. Hasta esta noche en un fotograma de un patético noticiero.

    Cuando terminé la cerveza, me di cuenta que había manchado todo el piso con la sangre de mi pie cortado con el cristal de la lámpara.

    ¡Ay, Laura, Laura, que convertiste mi dulzura sin espera, en amargura desesperada! ¿Que hago con esa foto?

    Lo primero a que atiné fue a vendarme el pie. Ya comenzaba a dolerme y salí para hacerme atender. Me bajé del auto, renqueando subí la explanada del Santojjani. Fui a la guardia, que se hallaba inmersa en un revuelo. Según las viejas estaba de guardia la de la tele.

    – ¿Qué tele? Pregunté, como un zapato.

    – La doctora... la que entró sola y por su cuenta al jardín de infantes donde los secuestradores tenían a los 7 chicos, y los redujo ella solita, nadie sabe como. ¿No lo vió? ¿No vio como salieron espantados? Y ahora acá, como si nada.

    Esperé mi turno. 37, dicen desde el fondo. Ya conocía esa voz. Me comenzó una palpitación y a temblarme las manos. Box número 7.

    – Hola, adelante, ¿qué te pasó?

    – Nada me corte, como un boludo, en casa.

    – ¿Nos conocemos?

    No le contesté. Cualquier respuesta hubiera significado una mentira.
     
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  2. Cris Cam

    Cris Cam Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Moderador. Creo que este no es el lugar adecuado. Moverlo al adecuado.
     
    #2

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