Pablo Londoño Larrea
Poeta recién llegado
Memorias de una tarde
El viento suavemente rozaba su silueta, y con delicadeza acariciaba su piel desnuda llevando en su regazo perfumes de armonía que hacían una precisa conjugación con su silencio misterioso y sensual. Imitando la luna llena que al sol fue desplazando, su alegre caminar cautivó mi mirada en aquel momento, camino hacia la orilla, sus ojos claros, de pestañas doradas que cuando se cerraban por pequeños instantes parecían imitar el titilar de las estrellas en mi propio firmamento. A la par de mis suspiros se mecían sus cabellos, y su voz que por segundos dejaba escapar pequeños encantos era música celestial para mis oídos terrenales. El fuego que guardaba su mirada de ardiente pasión me encendía y llegaba a calcinar mis sentidos al punto máximo en que ya no podía sentir nada, nada más que a ella, nada más que lo que se puede sentir cuando lo superficial deja de existir en un mundo de total irrealidad. La brisa, el mar, la bruma serena, hicieron de aquella tarde el mundo ideal para nuestras dos almas, que impacientes buscaron confundirse la una en la otra en un sublime momento de alegres pensamientos, perdiéndose dentro del débil rocío en el que apenas recuerdo su existencia, y lamentablemente no recuerdo nada más.