E. Takekami
Poeta recién llegado
- Yo corro para matar a los piojos. A los que tengo adentro de la cabeza.
- Los buenos ganadores han sido -probablemente- instruidos por la derrota. Así también los que aprendieron a perdonar, debieron conocer primero el pecado.
- Más que soledad o tristeza, lo que percibo es un creciente entumecimiento de mis emociones y de mis sentidos. La gasa del cinismo envuelve mi cuerpo y marca mi rostro la humedad de mis viejas heridas.
- El dolor también se expele, en forma de lágrimas, de sudor, de orina, etc. Algunas personas sudan por las manos. Otras, en cambio, escriben.
- ¿Crisis? ¿Qué crisis? No hay crisis más grave que la que llevo adentro.
- La vejez genera una categorización distinta de los vicios. Las drogas dejan de tener una finalidad recreativa o de ocasional celebración. Se convierten más bien en compañeras constantes cuya presencia a veces mortifica: antes de dormir, o en el desayuno. Como una amante a la que se ha dejado de querer.
- Ayer tuve un momento de verguenza propia. Por fortuna pude evadir mi reflejo hasta encontrar a alguien en una situación -todavía- más desfavorable. Ésa es la utilidad del prójimo.
- Mis tendencias suicidas se han trocado en fantasias violentas. El masoquismo inevitablemente deviene en alguna forma de sadismo. El que aprende a disfrutar del dolor debe también infringirlo, llevar la palabra, compartir el conocimiento, como un apóstol del látigo.
- El odio cristaliza el llanto. Pero no lo detiene. Lo convierte en una avalancha rocosa.
- Sentí que me ahogaba y me salvaron las letras. Literalmente, yo en una sopa de letras. La verdad es mejor contada con mentiras.
- El conocimiento no te libera. Te convierte más bien en el minotauro, encerrado en el laberinto de la duda.
- El odio es universal y bien entendido por todos. El amor, en cambio, es un accidente del cual nadie está nunca realmente seguro.
- Una vez que conversaba con un cristiano amigo mío, le pregunté: oye, ¿y tu cómo haces para conservar esa sonrisa de recién abofeteado? Se río con cierto orgullo, y luego de un periodo de duda bien intencionada me respondió: Todos tenemos problemas. La diferencia está en que yo sé que Dios está conmigo. Enmudecí. Trate de hacer una broma y cambié de tema. Dios está con él, pensé toda la noche. Mis peores compañías me contaron alguna vez que habían visto a Dios, pero ni siquiera ellos creyeron nunca que Dios pudiera estar con ellos.
- El olvido no llega con el tiempo. La lejanía del recuerdo no está indexada a un único e invariante calendario. El hombre evoluciona, y con él el soporte en el que organiza las cosas en su memoria. Y es el cambio en este soporte el que reorganiza los recuerdos, llegando incluso a hacerlos remotos o a desvanecerlos. El olvido llega cuando el hombre cambia.
- Las cosas más tristes se encuentran a veces en los lugares menos esperados. Me morí de pena, por ejemplo, cuando vi al gordito de bigotes bailando solo, y cantando Time after time en un conocido prostíbulo de Queens.
- Envejezco y me veo cada día más lejano a ciertas convenciones sociales. Si en mis años de adolescencia se me hubiera ocurrido sacar un álbum de fotografías para mostrárselas a mis amigos, mi frivolidad hubiera sido descubierta de inmediato y hubiera sido objeto de las mofas más crueles y abyectas. Hoy en día, sin embargo, esta forma de comportarse es celebrada y arengada por la sociedad virtual, mediante una extraña conexión de espejos sociales.
- Los peores errores se comenten por ignorancia. En particular, por desconocerse a uno mismo. Cuando el autoconcepto difiere de la realidad, lo primero debe cambiar.
- Lo más importante no es saber atravesar el fuego, como decía Bukowski. Lo más importante es ser fuego mismo, arder perpetuamente. Y cuando no se pueda, confundir a los demás en la humareda.
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