RAMIPOETA
– RAMIRO PONCE ”POETA RAPSODA"
MESERA DE CABARET
Siento que poquito apoco se está ya llevando el tiempo,
las vivencias que no pude archivarlas en la historia,
amores que a mí me dieron su esencia llena de aliento,
hay unos que se han borrado, otros guardo en la memoria.
Mujeres que en la taberna le dieron vida a mi vida,
borrascosas aventuras que disfruté a mi manera,
recuerdo una chica hermosa que al compas de gaita y quena
declamó , ¡Himno en la Noche! Poema que yo escribiera,
lo hizo en forma elegante como era obvio en esa tierra,
con profundo sentimiento, que me quedé absorto en ella.
A partir de ese momento, como algo que trae el viento,
me llegó de ella un suspiro que inquietó a mi corazón;
paradojas de la vida pensé, conteniéndome el aliento
i este pecho descubría que era un lamento de amor,
yo muchacho entretenido, ella hermosa, muy valiente
tomándome de la mano, bajo un ardiente arrebol,
me llevó a probar un trago, para mí, hecho con amor.
Experta en servir las copas, con mucha zalamería
mirando siempre a mi mesa cumplía con su labor,
con su estilo diferente cuando a mí se dirigía
dándole un sorbo a mí vaso, ponía su corazón.
Las mesas apolilladas de una rústica madera;
de asientos, troncos de palo, sobre ellos un costal viejo,
alumbrados solamente por un candil con su vela
nos servía un preparado de un licor bastante añejo.
Mientras al son de un pasillo, elegancia de esos tiempos,
se iba muriendo la noche, se iba acabando la cera,
limpiando las sucias mesas con los míseros asientos,
pasaba entre alegre i triste mi dulce amada mesera.
Una Reina que en las noches aplacó siempre mis penas
con sus modestas propinas ella saciaba mi sed,
por sus labios de escarlata i el suave olor de azucenas,
recuerdo cuánto le amaba,
a mi querida mozuela,
mesera del cabaret.
Siento que poquito apoco se está ya llevando el tiempo,
las vivencias que no pude archivarlas en la historia,
amores que a mí me dieron su esencia llena de aliento,
hay unos que se han borrado, otros guardo en la memoria.
Mujeres que en la taberna le dieron vida a mi vida,
borrascosas aventuras que disfruté a mi manera,
recuerdo una chica hermosa que al compas de gaita y quena
declamó , ¡Himno en la Noche! Poema que yo escribiera,
lo hizo en forma elegante como era obvio en esa tierra,
con profundo sentimiento, que me quedé absorto en ella.
A partir de ese momento, como algo que trae el viento,
me llegó de ella un suspiro que inquietó a mi corazón;
paradojas de la vida pensé, conteniéndome el aliento
i este pecho descubría que era un lamento de amor,
yo muchacho entretenido, ella hermosa, muy valiente
tomándome de la mano, bajo un ardiente arrebol,
me llevó a probar un trago, para mí, hecho con amor.
Experta en servir las copas, con mucha zalamería
mirando siempre a mi mesa cumplía con su labor,
con su estilo diferente cuando a mí se dirigía
dándole un sorbo a mí vaso, ponía su corazón.
Las mesas apolilladas de una rústica madera;
de asientos, troncos de palo, sobre ellos un costal viejo,
alumbrados solamente por un candil con su vela
nos servía un preparado de un licor bastante añejo.
Mientras al son de un pasillo, elegancia de esos tiempos,
se iba muriendo la noche, se iba acabando la cera,
limpiando las sucias mesas con los míseros asientos,
pasaba entre alegre i triste mi dulce amada mesera.
Una Reina que en las noches aplacó siempre mis penas
con sus modestas propinas ella saciaba mi sed,
por sus labios de escarlata i el suave olor de azucenas,
recuerdo cuánto le amaba,
a mi querida mozuela,
mesera del cabaret.