La casa de las arenas
Poeta recién llegado
Los cerebros empañados no se arreglan con colirio. El rosal de la entrada debió de abrir su regalo fucsia ayer, a la sombra. Veo pasar el envoltorio arrugado, rodando sobre el viento. La corona virgen, aunque oxidada, todavía se aferra a la esperanza de un florero.
En este lado del paraíso, donde los espejos pierden el poder de reflejar objetividades y la recta más asertiva enturbia su caudal, una mesa pesa lo mismo que una amistad. La idea de mi gato se eleva en blanco y negro por encima de la parrilla y atrapa a una chicharra de pelusa, a una siesta de verano. El corazón se expande cuando la mente late. Ato las abstracciones en el aire, con frescas hebras de pasto que se partirán al descender. Me temo que las piezas se acomodan en forma diferente, según la pantalla en la que se las mire.
Ahora que el ibuprofeno entra en acción y la niebla se disipa, me pregunto:
¿Estarás viendo lo mismo que yo?
En este lado del paraíso, donde los espejos pierden el poder de reflejar objetividades y la recta más asertiva enturbia su caudal, una mesa pesa lo mismo que una amistad. La idea de mi gato se eleva en blanco y negro por encima de la parrilla y atrapa a una chicharra de pelusa, a una siesta de verano. El corazón se expande cuando la mente late. Ato las abstracciones en el aire, con frescas hebras de pasto que se partirán al descender. Me temo que las piezas se acomodan en forma diferente, según la pantalla en la que se las mire.
Ahora que el ibuprofeno entra en acción y la niebla se disipa, me pregunto:
¿Estarás viendo lo mismo que yo?