Poema para imagen de septiembre. Imagen nº 3
METAMORFOSIS DE ORFEO
METAMORFOSIS DE ORFEO
Tomados de la mano dulcemente
Eurídice y Orfeo ascienden a la luz,
crisálidas gozosas, ignorantes de la atroz
epifanía que será su nueva forma
de humana belleza.
Suben desde el caos que ya no es
deslizándose por aguas como espejos,
contemplando la hermosura de sus cuerpos
que pronto serán estiércol.
Suben sobre las notas purísimas
del canto de la chicharra,
estremecido lamento de vírgenes en celo.
Callan en cambio las Formas
que arriba esperan,
celosas guardianas del secreto renacido.
Suben oyendo la música nunca oída
de las arpas dobladas por la pena,
de las arpas de tañidos como lamentos
de los que nacerán pájaros ciegos.
Arpas dobladas por el viento
cargado con el aroma de sangrantes amapolas.
Discurren entre osamentas de amantes
requeridos por la Muerte,
y alas de ángeles negros,
con sus plumas cargadas de poesía,
dejan a su paso la piel en trozos
llagados por insistentes caricias.
Llaman a las aves y las fieras,
pero sólo les responde el fulgor de sus párpados cerrados.
Orfeo y Eurídice, trascienden la caricia
de mis manos operarias, talladoras cuidadosas de fracasos,
mientras en el agua especular que los traslada
nacen réplicas de Medusa.
Qué difícil es ser Hombre
en el mundo callado de los sueños.
Qué difícil es lograr que mi mirada,
descargada ya de la pudorosa lascivia,
halle hueco en el vientre de mi amada,
ese universo nacarino
donde anidan las promesas.
Traspasan mis oídos las notas reverberantes
del piano de Earl Hines y el rag-time de Scott Joplin,
que ocultaron con sus brillos
la música melancólica de Bach (Carl P. Emanuel.)
Queda sólo la esperanza
de que pasen hacia el último abismo
ambos amantes intrépidos.
Eurídice, Orfeo, no saben que las Ménades
aguardan su regreso. Mi regreso.
Mientras, me refugio en las cárcavas salvajes
del licor glauco y mortal de los grandes bebedores,
la absenta, escalera de color hacia el infierno.
Eurídice y Orfeo ascienden a la luz,
crisálidas gozosas, ignorantes de la atroz
epifanía que será su nueva forma
de humana belleza.
Suben desde el caos que ya no es
deslizándose por aguas como espejos,
contemplando la hermosura de sus cuerpos
que pronto serán estiércol.
Suben sobre las notas purísimas
del canto de la chicharra,
estremecido lamento de vírgenes en celo.
Callan en cambio las Formas
que arriba esperan,
celosas guardianas del secreto renacido.
Suben oyendo la música nunca oída
de las arpas dobladas por la pena,
de las arpas de tañidos como lamentos
de los que nacerán pájaros ciegos.
Arpas dobladas por el viento
cargado con el aroma de sangrantes amapolas.
Discurren entre osamentas de amantes
requeridos por la Muerte,
y alas de ángeles negros,
con sus plumas cargadas de poesía,
dejan a su paso la piel en trozos
llagados por insistentes caricias.
Llaman a las aves y las fieras,
pero sólo les responde el fulgor de sus párpados cerrados.
Orfeo y Eurídice, trascienden la caricia
de mis manos operarias, talladoras cuidadosas de fracasos,
mientras en el agua especular que los traslada
nacen réplicas de Medusa.
Qué difícil es ser Hombre
en el mundo callado de los sueños.
Qué difícil es lograr que mi mirada,
descargada ya de la pudorosa lascivia,
halle hueco en el vientre de mi amada,
ese universo nacarino
donde anidan las promesas.
Traspasan mis oídos las notas reverberantes
del piano de Earl Hines y el rag-time de Scott Joplin,
que ocultaron con sus brillos
la música melancólica de Bach (Carl P. Emanuel.)
Queda sólo la esperanza
de que pasen hacia el último abismo
ambos amantes intrépidos.
Eurídice, Orfeo, no saben que las Ménades
aguardan su regreso. Mi regreso.
Mientras, me refugio en las cárcavas salvajes
del licor glauco y mortal de los grandes bebedores,
la absenta, escalera de color hacia el infierno.
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