tyngui
Poeta que considera el portal su segunda casa
Gerardo despertó en la madrugada sobresaltado, con un leve dolor de huesos que, con el transcurso del los minutos se fue incrementando significativamente.
Su dolencia física no cesaba. Es lo más doloroso que le había ocurrido en estos 48 años.
Pensó que una ducha bien caliente, aplacaría su dolencia muscular, pero ducharse fue una odisea, las gotas de agua parecían, gotas de aceite hirviendo.
Salió de la regadera con premura, tomó el toallón con los ojos llenos de jabón, el ardor era tan insoportable, que refregó insaciable su cuerpo; observó con impotencia, como restos de su carne, quedaron adheridos a la toalla.
Le costó un lacerado esfuerzo, abrir la puerta del baño.
Cada movimiento que practicaba era totalmente agónico.
Los sufrimientos eran cada vez más desgarradores.
Soportó una perversa metabolización en su escala molecular, comenzó a sentirse realmente mal, los retorcijones y calambres alcanzaban todas las zonas de su cuerpo.
Presintió el advenimiento del final, en tanto que una inusitada migraña, lo tomó impróvido.
Al mismo tiempo brotó sangre a borbotones por los ojos, nariz y oídos.
Sus huesos se agrietaban uno a uno.
Totalmente desnudo, intentó llegar a la puerta de calle para pedir auxilio, y fue cuando sus piernas se quebraron en varias partes, agujereándole la piel con las astillas de los huesos.
Casi ciego se desplomó en la cerámica rustica del pasillo contiguo al ascensor.
Intentó arrastrarse hasta las escaleras del entrepiso, haciendo fuerza con la cara y el abdomen, como si fuera un insecto del grupo de los gasterópodos.
Entre tanto suplicio, percibió al borde de la inconciencia, como su cuerpo se encogía precipitadamente, hasta llegar a unos tres centímetros, en la consternación abrumadora que lo invadía, su boca, ojos, nariz y orejas, fueron desapareciendo, en su lugar descubrió el nacimiento de un par de antenas, que le sirvieron de orientación.
Al llegar al borde de la escalera, escuchó el tintineo de un manojo de llaves, que presumió, eran de su vecino Juan, que se dirigía seguramente al trabajo.
Juan lo reconocería de inmediato, y le diría que no hubo metamorfosis, que fue todo producto de su imaginación.
Juan salió apurado, porque como de costumbre, se había quedado dormido.
Encendió por inercia la luz del entrepiso, y fue cuando distinguió como una sustancia gomosa en la suela de su zapato, y al levantar el pie, vio que era una babosa destrozada contra el piso; Arrastró el pie con fuerza hacia atrás, como para sacarse los restos del insecto.
Sin ni siquiera imaginar, que se trataba de Gerardo, su entrañable amigo del 5ºB.
Su dolencia física no cesaba. Es lo más doloroso que le había ocurrido en estos 48 años.
Pensó que una ducha bien caliente, aplacaría su dolencia muscular, pero ducharse fue una odisea, las gotas de agua parecían, gotas de aceite hirviendo.
Salió de la regadera con premura, tomó el toallón con los ojos llenos de jabón, el ardor era tan insoportable, que refregó insaciable su cuerpo; observó con impotencia, como restos de su carne, quedaron adheridos a la toalla.
Le costó un lacerado esfuerzo, abrir la puerta del baño.
Cada movimiento que practicaba era totalmente agónico.
Los sufrimientos eran cada vez más desgarradores.
Soportó una perversa metabolización en su escala molecular, comenzó a sentirse realmente mal, los retorcijones y calambres alcanzaban todas las zonas de su cuerpo.
Presintió el advenimiento del final, en tanto que una inusitada migraña, lo tomó impróvido.
Al mismo tiempo brotó sangre a borbotones por los ojos, nariz y oídos.
Sus huesos se agrietaban uno a uno.
Totalmente desnudo, intentó llegar a la puerta de calle para pedir auxilio, y fue cuando sus piernas se quebraron en varias partes, agujereándole la piel con las astillas de los huesos.
Casi ciego se desplomó en la cerámica rustica del pasillo contiguo al ascensor.
Intentó arrastrarse hasta las escaleras del entrepiso, haciendo fuerza con la cara y el abdomen, como si fuera un insecto del grupo de los gasterópodos.
Entre tanto suplicio, percibió al borde de la inconciencia, como su cuerpo se encogía precipitadamente, hasta llegar a unos tres centímetros, en la consternación abrumadora que lo invadía, su boca, ojos, nariz y orejas, fueron desapareciendo, en su lugar descubrió el nacimiento de un par de antenas, que le sirvieron de orientación.
Al llegar al borde de la escalera, escuchó el tintineo de un manojo de llaves, que presumió, eran de su vecino Juan, que se dirigía seguramente al trabajo.
Juan lo reconocería de inmediato, y le diría que no hubo metamorfosis, que fue todo producto de su imaginación.
Juan salió apurado, porque como de costumbre, se había quedado dormido.
Encendió por inercia la luz del entrepiso, y fue cuando distinguió como una sustancia gomosa en la suela de su zapato, y al levantar el pie, vio que era una babosa destrozada contra el piso; Arrastró el pie con fuerza hacia atrás, como para sacarse los restos del insecto.
Sin ni siquiera imaginar, que se trataba de Gerardo, su entrañable amigo del 5ºB.