México

Arturo Acosta

Reconstructor de sueños rotos
MÉXICO.
Salvador Pliego, Poeta.

Oh los cantos verdes de paisajes y volcánicas laderas,
piedras de ornato, murallas de madera,
cerros llenos de sopranos trinos y de vocalizadas estrofas
reflejándose en los cántaros de las muchachas,
de sus coloridos rebozos pintados con paletas de acuarela,
de sus peinetas con versos de faisanes
y sus enaguas de lagunas frescas buscando las chinampas.
Esta tierra de luz y vida, esta patria de vasijas y de estrellas,
las nubes que rodean sus arenas,
las formas únicas de sus canteras,
vienen a hablarme a mi corazón de mazorca y grano.
De corazón a corazón, madre, yo te hablo:
tú que me diste el sollozo de los pájaros,
que me inscribiste a la tertulia de las hojas
y me dejaste prendido a la piel de tus abejas,
volando entre tus flores, entre tus aguerridas plantas de perfume
y al zumbido fiel de colmenares que abrieron tus vergeles
para beber los frutos embriagantes de magueyes;
oigo, como si percibiese al más diminuto de tus seres,
a las raíces murmurarme y contarme tu pasado y tu presente:
cada estrofa de batalla, cada templo nacido de la roca,
cada ruta iluminada por un Dios y a cada hora.
Líricos, como tus cantos, escucho tus verdes campos,
o tus desérticos terraplenes cargados de cactáceas,
o a las selvas escondidas con sus aullidos de campanas
y serpientes emplumadas.
Cabe el sonido en cada flauta de tus hijos,
la viveza del barro en sus poros como niños.
Vas contando a cada uno: su expresión, sus deseos, sus latidos,
la música que llevan, las sonajas que han perdido,
los tambores palpitantes de sonrisas y caminos.
¡Oh, canto y ruiseñor!… Madre.
¡Oh, rúbrica del cenzontle en la partitura de las calas!… Patria.
Vocalizas los viejos pedernales,
las viejas y nuevas epopeyas:
esas muchachas de trigo, madre;
esas golondrinas de aguacate;
esos ojos de guayaba, tierra;
sus encantos adornados y de gala ataviados;
sus plumíferos entornos bellamente sobrehilados.
Madre: muchacha alegre, patria siempre,
me tocaste el corazón y no sé cómo.
No sé si fuiste tierra siempre o brotaste del elote
o escondida ibas en las nieves de volcanes.
En tus entrañas se cocieron las burbujas de cenizas
como leyendas vivas para proteger el sueño
de la mujer dormida y el guerrero que la amara.
¡Oh, madre, patria, mural del tiempo!,
de corazón a corazón nos escuchamos
sin saber de nada, ni de nadie,
y nos amamos
como dos cenzontles de mil cantos hermanados.
 
Hermoso canto a un país hermano, disfruto y aplaudo.

MÉXICO.
Salvador Pliego, Poeta.

Oh los cantos verdes de paisajes y volcánicas laderas,
piedras de ornato, murallas de madera,
cerros llenos de sopranos trinos y de vocalizadas estrofas
reflejándose en los cántaros de las muchachas,
de sus coloridos rebozos pintados con paletas de acuarela,
de sus peinetas con versos de faisanes
y sus enaguas de lagunas frescas buscando las chinampas.
Esta tierra de luz y vida, esta patria de vasijas y de estrellas,
las nubes que rodean sus arenas,
las formas únicas de sus canteras,
vienen a hablarme a mi corazón de mazorca y grano.
De corazón a corazón, madre, yo te hablo:
tú que me diste el sollozo de los pájaros,
que me inscribiste a la tertulia de las hojas
y me dejaste prendido a la piel de tus abejas,
volando entre tus flores, entre tus aguerridas plantas de perfume
y al zumbido fiel de colmenares que abrieron tus vergeles
para beber los frutos embriagantes de magueyes;
oigo, como si percibiese al más diminuto de tus seres,
a las raíces murmurarme y contarme tu pasado y tu presente:
cada estrofa de batalla, cada templo nacido de la roca,
cada ruta iluminada por un Dios y a cada hora.
Líricos, como tus cantos, escucho tus verdes campos,
o tus desérticos terraplenes cargados de cactáceas,
o a las selvas escondidas con sus aullidos de campanas
y serpientes emplumadas.
Cabe el sonido en cada flauta de tus hijos,
la viveza del barro en sus poros como niños.
Vas contando a cada uno: su expresión, sus deseos, sus latidos,
la música que llevan, las sonajas que han perdido,
los tambores palpitantes de sonrisas y caminos.
¡Oh, canto y ruiseñor!… Madre.
¡Oh, rúbrica del cenzontle en la partitura de las calas!… Patria.
Vocalizas los viejos pedernales,
las viejas y nuevas epopeyas:
esas muchachas de trigo, madre;
esas golondrinas de aguacate;
esos ojos de guayaba, tierra;
sus encantos adornados y de gala ataviados;
sus plumíferos entornos bellamente sobrehilados.
Madre: muchacha alegre, patria siempre,
me tocaste el corazón y no sé cómo.
No sé si fuiste tierra siempre o brotaste del elote
o escondida ibas en las nieves de volcanes.
En tus entrañas se cocieron las burbujas de cenizas
como leyendas vivas para proteger el sueño
de la mujer dormida y el guerrero que la amara.
¡Oh, madre, patria, mural del tiempo!,
de corazón a corazón nos escuchamos
sin saber de nada, ni de nadie,
y nos amamos
como dos cenzontles de mil cantos hermanados.
 
MÉXICO.
Salvador Pliego, Poeta.

Oh los cantos verdes de paisajes y volcánicas laderas,
piedras de ornato, murallas de madera,
cerros llenos de sopranos trinos y de vocalizadas estrofas
reflejándose en los cántaros de las muchachas,
de sus coloridos rebozos pintados con paletas de acuarela,
de sus peinetas con versos de faisanes
y sus enaguas de lagunas frescas buscando las chinampas.
Esta tierra de luz y vida, esta patria de vasijas y de estrellas,
las nubes que rodean sus arenas,
las formas únicas de sus canteras,
vienen a hablarme a mi corazón de mazorca y grano.
De corazón a corazón, madre, yo te hablo:
tú que me diste el sollozo de los pájaros,
que me inscribiste a la tertulia de las hojas
y me dejaste prendido a la piel de tus abejas,
volando entre tus flores, entre tus aguerridas plantas de perfume
y al zumbido fiel de colmenares que abrieron tus vergeles
para beber los frutos embriagantes de magueyes;
oigo, como si percibiese al más diminuto de tus seres,
a las raíces murmurarme y contarme tu pasado y tu presente:
cada estrofa de batalla, cada templo nacido de la roca,
cada ruta iluminada por un Dios y a cada hora.
Líricos, como tus cantos, escucho tus verdes campos,
o tus desérticos terraplenes cargados de cactáceas,
o a las selvas escondidas con sus aullidos de campanas
y serpientes emplumadas.
Cabe el sonido en cada flauta de tus hijos,
la viveza del barro en sus poros como niños.
Vas contando a cada uno: su expresión, sus deseos, sus latidos,
la música que llevan, las sonajas que han perdido,
los tambores palpitantes de sonrisas y caminos.
¡Oh, canto y ruiseñor!… Madre.
¡Oh, rúbrica del cenzontle en la partitura de las calas!… Patria.
Vocalizas los viejos pedernales,
las viejas y nuevas epopeyas:
esas muchachas de trigo, madre;
esas golondrinas de aguacate;
esos ojos de guayaba, tierra;
sus encantos adornados y de gala ataviados;
sus plumíferos entornos bellamente sobrehilados.
Madre: muchacha alegre, patria siempre,
me tocaste el corazón y no sé cómo.
No sé si fuiste tierra siempre o brotaste del elote
o escondida ibas en las nieves de volcanes.
En tus entrañas se cocieron las burbujas de cenizas
como leyendas vivas para proteger el sueño
de la mujer dormida y el guerrero que la amara.
¡Oh, madre, patria, mural del tiempo!,
de corazón a corazón nos escuchamos
sin saber de nada, ni de nadie,
y nos amamos
como dos cenzontles de mil cantos hermanados.

Es bastante bello la adoración a la tierra que nos ve nacer
 

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