Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Soledad vino a visitarme otra vez.
Se quitó los zapatos,
puso los pies en mi mesa
y encendió un cigarro invisible.
No dice nada.
Nunca dice nada.
Pero me mira con esos ojos
de espejo sucio,
de luna llena sin brillo.
—¿Qué quieres, Soledad?
—Nada —me dice—,
sólo vine a recordarte
que sigues siendo tú,
sin nadie más.
Afuera, el mundo se parte en dos,
los teléfonos suenan,
las bocas se abren,
las risas explotan.
Aquí dentro, ella y yo
bebemos un silencio largo,
como un trago de tequila sin sal.
Y al final,
cuando la noche ya no tiene remedio,
me abraza sin tocarme
y me deja dormido
con su aliento de sombra.
Se quitó los zapatos,
puso los pies en mi mesa
y encendió un cigarro invisible.
No dice nada.
Nunca dice nada.
Pero me mira con esos ojos
de espejo sucio,
de luna llena sin brillo.
—¿Qué quieres, Soledad?
—Nada —me dice—,
sólo vine a recordarte
que sigues siendo tú,
sin nadie más.
Afuera, el mundo se parte en dos,
los teléfonos suenan,
las bocas se abren,
las risas explotan.
Aquí dentro, ella y yo
bebemos un silencio largo,
como un trago de tequila sin sal.
Y al final,
cuando la noche ya no tiene remedio,
me abraza sin tocarme
y me deja dormido
con su aliento de sombra.