Mi apocalipsis

tyngui

Poeta que considera el portal su segunda casa
Las paredes de mi cuarto siguen observándome y no concibo el sueño.

Creo que advirtieron que las he descubierto así que es hora de escapar.

En las noches tempestuosas la casa ha imaginado comunicarse conmigo.

Las manchas de humedad se escurren velozmente por las paredes vivas.


Puedo darme cuenta que existe algún tipo de comunicación entre ellas.

La tensión nerviosa me hace perder el control del tiempo y del espacio.

El brillo del ventanal refleja un rostro poco amistoso alojado detrás mío.

Pero cuando al fin me decido a girar la cabeza hacia atrás ya no hay nada.


Esa cosa o lo que fuera que tenía atrás se me venía encima como un alud.

Resuelto a todo abrí la ventana precipitadamente y brinqué hacia afuera.

Allí tendría otras alternativas que arrinconado en la casona de mis viejos.

En las calles el panorama era incierto la muchedumbre corría sin dirección.


Todos parecían ver cosas que yo por lo menos hasta el momento no veía.

Una chica se me acercó asustada y me dijo que había que salir de las calles.

Ya al resguardo dijo espantada que la gente de pronto cambió la conducta.

Consternada no cesaba de mirar en todas direcciones con cara de espanto.


Cientos, miles de personas están viviendo su propio apocalipsis dentro mío.

Alguien dijo que se cristalizó el miedo guardado en los diferentes cerebros.

Así que el miedo de cualquier hijo de vecino podría estar acechando afuera.

Materializado mi propio miedo se dispuso a aterrar y a asesinar transeúntes.


Alcancé a ver con mis propios ojos el horror salvaje en las calles de mi barrio.

Una parte de mí persiguiendo y matando a todo aquel que padeciera pánico.

Los árboles se comieron a los niños y las personas corriendo ensangrentadas.

Irreflexivo casi inconsciente no soporté más súplicas horripiladas y desvanecí.


La extraña música que oigo inmóvil desde el macadán disipa el dolor de las heridas.

Intentaré dejar todas las cosas que me hacen especular que no estoy aquí y ahora.

Su sombra se acercó lentamente por el pasillo, el brillo del cuchillo y su risa de odio.

Sus caras angulosas comen de mi cuerpo, la verdad no creo que este sea un sueño.
 
Las paredes de mi cuarto siguen observándome y no concibo el sueño.

Creo que advirtieron que las he descubierto así que es hora de escapar.

En las noches tempestuosas la casa ha imaginado comunicarse conmigo.

Las manchas de humedad se escurren velozmente por las paredes vivas.


Puedo darme cuenta que existe algún tipo de comunicación entre ellas.

La tensión nerviosa me hace perder el control del tiempo y del espacio.

El brillo del ventanal refleja un rostro poco amistoso alojado detrás mío.

Pero cuando al fin me decido a girar la cabeza hacia atrás ya no hay nada.


Esa cosa o lo que fuera que tenía atrás se me venía encima como un alud.

Resuelto a todo abrí la ventana precipitadamente y brinqué hacia afuera.

Allí tendría otras alternativas que arrinconado en la casona de mis viejos.

En las calles el panorama era incierto la muchedumbre corría sin dirección.


Todos parecían ver cosas que yo por lo menos hasta el momento no veía.

Una chica se me acercó asustada y me dijo que había que salir de las calles.

Ya al resguardo dijo espantada que la gente de pronto cambió la conducta.

Consternada no cesaba de mirar en todas direcciones con cara de espanto.


Cientos, miles de personas están viviendo su propio apocalipsis dentro mío.

Alguien dijo que se cristalizó el miedo guardado en los diferentes cerebros.

Así que el miedo de cualquier hijo de vecino podría estar acechando afuera.

Materializado mi propio miedo se dispuso a aterrar y a asesinar transeúntes.


Alcancé a ver con mis propios ojos el horror salvaje en las calles de mi barrio.

Una parte de mí persiguiendo y matando a todo aquel que padeciera pánico.

Los árboles se comieron a los niños y las personas corriendo ensangrentadas.

Irreflexivo casi inconsciente no soporté más súplicas horripiladas y desvanecí.


La extraña música que oigo inmóvil desde el macadán disipa el dolor de las heridas.

Intentaré dejar todas las cosas que me hacen especular que no estoy aquí y ahora.

Su sombra se acercó lentamente por el pasillo, el brillo del cuchillo y su risa de odio.

Sus caras angulosas comen de mi cuerpo, la verdad no creo que este sea un sueño.
Buenas tardes
Un placer leer tus letras a mi nueva entrada
Gracias
Un saludo
 
Rigel querido sos muy amable, gracias por darte una vuelta por mis miedos. Seguro te habrán visto e irán a buscarte.
Abrazo amigo!!!
 

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