Mi casa ha muerto de silencio.
Los muros de piel gastada lloran
el musgo húmedo del olvido;
el herrumbre del tiempo carcome
la solitaria ventana donde crecían los sueños.
Los pasos cansados de la abuela
se hacen eco en la memoria de la sangre;
la voz de mi madre llama a la mesa
de chocolate; pan y manteca.
El sillón de mi padre hamaca fantasmas
en el rincón dormido de la soledad.
Las luces apagadas proyectan
las sombras silentes de lo que no existe.
La pelota rebota contra el vidrio de la sala
astillando mis manos vacías.
El ocaso clava sus rayos de sol
en la última grieta del tiempo y la distancia.
Hierven los recuerdos quemándome de frío.
Hay una lágrima en el viento;
un corazón huérfano de besos;
un abrazo sepia en el umbral del otoño.
La casa vacía rompe la quietud de la tarde
agitando miradas en la noche interminable;
a la sombra de nadie; en la intemperie de nada.
Hay días que se desvanece la alegría;
la muerte llega con su invierno
y yo desabrigado.
Ángel
Los muros de piel gastada lloran
el musgo húmedo del olvido;
el herrumbre del tiempo carcome
la solitaria ventana donde crecían los sueños.
Los pasos cansados de la abuela
se hacen eco en la memoria de la sangre;
la voz de mi madre llama a la mesa
de chocolate; pan y manteca.
El sillón de mi padre hamaca fantasmas
en el rincón dormido de la soledad.
Las luces apagadas proyectan
las sombras silentes de lo que no existe.
La pelota rebota contra el vidrio de la sala
astillando mis manos vacías.
El ocaso clava sus rayos de sol
en la última grieta del tiempo y la distancia.
Hierven los recuerdos quemándome de frío.
Hay una lágrima en el viento;
un corazón huérfano de besos;
un abrazo sepia en el umbral del otoño.
La casa vacía rompe la quietud de la tarde
agitando miradas en la noche interminable;
a la sombra de nadie; en la intemperie de nada.
Hay días que se desvanece la alegría;
la muerte llega con su invierno
y yo desabrigado.
Ángel
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