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Mi corazón sangra hielo

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mi corazón sangra hielo,
y cada gota es un filo que corta el aire.
No se derrite, no se evapora,
cae y rompe el suelo,
como si el mundo fuera de cristal.

No late, cruje.
Es un árbol seco en un invierno eterno,
pero nadie lo mira.
Todos tienen prisa,
corren tras fuegos fatuos
que nunca calientan el alma.

Quise encenderlo,
hacerle arder en llamas
como esos viejos braseros que alientan la carne,
pero mis manos,
mis manos llevan invierno hasta en los huesos.
No sé si es maldición o herencia,
quizá ambas,
quizá el destino me hizo un pacto a oscuras
y yo firmé sin preguntar.

¿Te ha pasado?
¿Sentir que caminas bajo una noche de auroras
que no te pertenecen?
Yo quise amar. Lo juro.
Pero mis palabras eran escarcha,
mis abrazos, viento helado,
y cada beso congelaba todo lo que tocaba.

Dijeron que el tiempo lo cura,
pero ¿cómo curar a quien ya no espera nada?
Dicen también que el hielo conserva,
pero a mí solo me detiene.
Así, estancado,
un glaciar que nadie escala,
un relicario olvidado en medio de la nada.

Hoy mi corazón sangra hielo,
y mientras escribo estas líneas,
pienso que tal vez alguien,
alguna vez,
encuentre el valor para tomarlo en sus manos,
aunque se queme de frío,
aunque pierda el calor por intentar salvarlo.

Y si no, que al menos el hielo sirva,
que su goteo marque un camino,
y que otros,
que aún tienen
fuego,
no se pierdan en esta tundra que llamo vida.
 
Nunca pienso, por más que fuera así, que el poeta que publica lo hace contando una historia en la que se autoreferencie. No por nada, sino que me gusta escuchar la voz libre del poema.
Pero aun así, debo responder a esta magnífica obra que sí, que sé de lo que se narra alli. Que estuve en esos lugares, que he caminado por esos valles.
Gracias por compartir tu arte @Jose Anibal Ortiz Lozada
Lector agradecido.
Dani.
 
Última edición:
Mi corazón sangra hielo,
y cada gota es un filo que corta el aire.
No se derrite, no se evapora,
cae y rompe el suelo,
como si el mundo fuera de cristal.

No late, cruje.
Es un árbol seco en un invierno eterno,
pero nadie lo mira.
Todos tienen prisa,
corren tras fuegos fatuos
que nunca calientan el alma.

Quise encenderlo,
hacerle arder en llamas
como esos viejos braseros que alientan la carne,
pero mis manos,
mis manos llevan invierno hasta en los huesos.
No sé si es maldición o herencia,
quizá ambas,
quizá el destino me hizo un pacto a oscuras
y yo firmé sin preguntar.

¿Te ha pasado?
¿Sentir que caminas bajo una noche de auroras
que no te pertenecen?
Yo quise amar. Lo juro.
Pero mis palabras eran escarcha,
mis abrazos, viento helado,
y cada beso congelaba todo lo que tocaba.

Dijeron que el tiempo lo cura,
pero ¿cómo curar a quien ya no espera nada?
Dicen también que el hielo conserva,
pero a mí solo me detiene.
Así, estancado,
un glaciar que nadie escala,
un relicario olvidado en medio de la nada.

Hoy mi corazón sangra hielo,
y mientras escribo estas líneas,
pienso que tal vez alguien,
alguna vez,
encuentre el valor para tomarlo en sus manos,
aunque se queme de frío,
aunque pierda el calor por intentar salvarlo.

Y si no, que al menos el hielo sirva,
que su goteo marque un camino,
y que otros,
que aún tienen
fuego,
no se pierdan en esta tundra que llamo vida.

Un verdadero deleite sumergirse en la profundidad de sus versos amigo Anibal, siempre se saca alguna moraleja.
Un fuerte abrazo.

 
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