En la tragedia de mi vida mis ojos llagados escupen sangre impura,mientras Dios inmisericorde me da rencoroso su divina espalda.No sé a quien llorar mis penas de polvo gris ceniciento.Solo y en la obscuridad de una mártir esquina,escondida en el infinito mal de mi congoja,me atiborro de la sagrada absenta;pero más que hacer huir los fantasmas lacerantes de mi vil penuria los graba a sello áureo en el fondo más pecaminoso de mi vieja alma. Entonces me levanto y grito con todas mis siderales fuerzas al firmamento;perturbándose éste en un balancín de plateado fulgor soñoliento.Las estrellas y la luna caen en picado y prenden fuego al sacrosanto campo de mis infantiles recuerdos.Entonces mi corazón empieza a dejar de latir y,en una gravisonante orquesta de mortandad exhalo el último adiós al maldito Yahvé de pensamientos egoístas y mugrientos...alegrándome por primera vez por dejar la prisión de mi cuerpo ya carbonizado por la llama eterna de la dadivosa esencia imperial del universo.
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