pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
Leo la hora en el monitor. 21:37 p.m. Mis pertenencias yacen en su sitio. Acabo de regresar. Mis dos perros no están alterados. El chaleco verde de caminante de la noche cuelga de su percha. Pero yo escribo. Mi pequeño relato a un pobre gato.
Escribí hace mucho tiempo un extenso poema que rezaba en sus líneas aquél díscolo con la vida: "un peluche cortejado por el pecado de sus alas, con todas tus pertenencias en el hatillo del cuerpo", me leo a mí mismo, me escribo a mí mismo, me pregunto a mí mismo.
21:40 p.m. Escribo como el rayo cuando no sé aludir a la historia, cuando bordeo sin conocerla sus fronteras eximias que en minutos postreros yo he tocado, y arrastrado. Veinte minutos antes, tu cuerpo separa la lluvia que retaba la visión de mis cristales en una carretera vacía, la noche de mi tierra no te esconde, ni la penumbra de mi prisa te retira, eres un cuerpo indagado por las incógnitas que no serán resueltas.
Mis perros se llaman Ruby y Murphy. Sienten un odio cerval hacia la especie felina. El pequeño cruce de podenco aparenta correr como un galgo detrás del felino más avispado mientras que el medianito cruce de pastorcillo convierte su ladrido en rugido y sus pezuñas cocean el asfalto y los caminos para limitar las salidas de todo gato que demuestre valor u osadía.
21:44 p.m. Hoy no se han inmutado. Han leído como yo la traducción del epílogo de un libro escrito desde la velocidad de la noche, inventada para masacrar corazones que laten. Pero no laten.
Yo porto un extenso cayado a suerte de arma, me defiendo de los ataques de perros, de personas maleantes, de ti si es necesario. Me defiendo de la noche y del día.
Llueve ligeramente. Hace rato que la secretud de la noche se ve disipada escasamente por las ráfagas de aquellos automóviles que regresan. Aprisa. Comienzan los programas de las 22.00. La cena. Guardar la compra.
Yo espero en la marquesina del autobús a que escampe una incipiente lluvia obstinada. Sólo cuarenta segundos. Soy avispado. Correré lo necesario, no esperaré la enésima mojadura. Ni Ruby ni Murphy se calarán por mi estúpida culpa.
Pero... tu sombra. Como un trapo desatinado de los espacios donde se guardan los valores y los tesoros y la vida engendrada para existir. Tu sombra, como la mía en una noche enferma, enjugando el orballo de Galicia y separándola del asfalto. Una suave curva donde derrapa la vida. Ningún alma en lontananza. Ni la mía. Mis perros observan sin nerviosismo, con la pasión de su dueño quisieran desarmar el entuerto.
Yo te retiro, sin sangre, sin vidrios, sin ruido, sin rigor mortis, con la ayuda de ese cayado defensivo, poco a poco abandonas el lugar de las futuras colisiones, íntegro como si la vida fluyera y no fuera escasa miseria.
21:52. Sin latido, ojos semiabiertos, calor en el cuerpo, pienso "los últimos automóviles desde la marquesina, sin duda", te toco sin miedo, sin sangre, sin suciedad; miro el centro de la calle y leo tu sombra retirada de la lluvia que no ha tapado la silueta de tus orejas en punta. No hay corazón. Sólo el calor que aún no ha podido escampar, sólo la energía en su forma más evasiva.
21:54. Y te recojo con mi mano derecha, mi sepelio para ti, mis exequias solemnes, privarte de ser pintura y cuero en otra carretera maldita. Las gatas gimen a lo lejos y en las inmediaciones. Noite meiga, que decimos los gallegos. Noite de gatas.
21:56. Mi sandwich sabe a gloria, pero tú ya no esperas junto a una vieja casa abandonada con sus puertas y ventanas vencidas por el matorral que ha ganado a la civilización una partida. La otra partida yace tendida a su lado, entre las ortigas que masajearon mi diestra al apoyarte lejos del ruido de los coches, para que no te despierten jamás, y cubierto tenuemente por una hoja de periódico amarilleado por los días de abandono, tu sábana para esta noche. Y mañana, Dios dirá.
21.58. Y no voy a rectificar ni un ápice. Te llamaré Mondego. Nombre que no escuchas, es donde quedó tu sombra.
Escribí hace mucho tiempo un extenso poema que rezaba en sus líneas aquél díscolo con la vida: "un peluche cortejado por el pecado de sus alas, con todas tus pertenencias en el hatillo del cuerpo", me leo a mí mismo, me escribo a mí mismo, me pregunto a mí mismo.
21:40 p.m. Escribo como el rayo cuando no sé aludir a la historia, cuando bordeo sin conocerla sus fronteras eximias que en minutos postreros yo he tocado, y arrastrado. Veinte minutos antes, tu cuerpo separa la lluvia que retaba la visión de mis cristales en una carretera vacía, la noche de mi tierra no te esconde, ni la penumbra de mi prisa te retira, eres un cuerpo indagado por las incógnitas que no serán resueltas.
Mis perros se llaman Ruby y Murphy. Sienten un odio cerval hacia la especie felina. El pequeño cruce de podenco aparenta correr como un galgo detrás del felino más avispado mientras que el medianito cruce de pastorcillo convierte su ladrido en rugido y sus pezuñas cocean el asfalto y los caminos para limitar las salidas de todo gato que demuestre valor u osadía.
21:44 p.m. Hoy no se han inmutado. Han leído como yo la traducción del epílogo de un libro escrito desde la velocidad de la noche, inventada para masacrar corazones que laten. Pero no laten.
Yo porto un extenso cayado a suerte de arma, me defiendo de los ataques de perros, de personas maleantes, de ti si es necesario. Me defiendo de la noche y del día.
Llueve ligeramente. Hace rato que la secretud de la noche se ve disipada escasamente por las ráfagas de aquellos automóviles que regresan. Aprisa. Comienzan los programas de las 22.00. La cena. Guardar la compra.
Yo espero en la marquesina del autobús a que escampe una incipiente lluvia obstinada. Sólo cuarenta segundos. Soy avispado. Correré lo necesario, no esperaré la enésima mojadura. Ni Ruby ni Murphy se calarán por mi estúpida culpa.
Pero... tu sombra. Como un trapo desatinado de los espacios donde se guardan los valores y los tesoros y la vida engendrada para existir. Tu sombra, como la mía en una noche enferma, enjugando el orballo de Galicia y separándola del asfalto. Una suave curva donde derrapa la vida. Ningún alma en lontananza. Ni la mía. Mis perros observan sin nerviosismo, con la pasión de su dueño quisieran desarmar el entuerto.
Yo te retiro, sin sangre, sin vidrios, sin ruido, sin rigor mortis, con la ayuda de ese cayado defensivo, poco a poco abandonas el lugar de las futuras colisiones, íntegro como si la vida fluyera y no fuera escasa miseria.
21:52. Sin latido, ojos semiabiertos, calor en el cuerpo, pienso "los últimos automóviles desde la marquesina, sin duda", te toco sin miedo, sin sangre, sin suciedad; miro el centro de la calle y leo tu sombra retirada de la lluvia que no ha tapado la silueta de tus orejas en punta. No hay corazón. Sólo el calor que aún no ha podido escampar, sólo la energía en su forma más evasiva.
21:54. Y te recojo con mi mano derecha, mi sepelio para ti, mis exequias solemnes, privarte de ser pintura y cuero en otra carretera maldita. Las gatas gimen a lo lejos y en las inmediaciones. Noite meiga, que decimos los gallegos. Noite de gatas.
21:56. Mi sandwich sabe a gloria, pero tú ya no esperas junto a una vieja casa abandonada con sus puertas y ventanas vencidas por el matorral que ha ganado a la civilización una partida. La otra partida yace tendida a su lado, entre las ortigas que masajearon mi diestra al apoyarte lejos del ruido de los coches, para que no te despierten jamás, y cubierto tenuemente por una hoja de periódico amarilleado por los días de abandono, tu sábana para esta noche. Y mañana, Dios dirá.
21.58. Y no voy a rectificar ni un ápice. Te llamaré Mondego. Nombre que no escuchas, es donde quedó tu sombra.
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