Mi libélula azul, fiel compañera,
me enseñaste a volar a ras de suelo
sobre alfombrados campos de colores;
ya entonces pude ver por vez primera
que las nubes dibujaban en el cielo
lo que ordenan mis ojos soñadores.
¡Era solo poesía en sus albores!
Qué segura me siento entre tus alas,
dibujando con versos el paisaje
en la inmensa llanura del celaje,
desde el último junco en que te instalas.