Aisha Baranowska
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Se apagaron las estrellas...
El cielo lloró entonces y así llora
como antes, también ahora -
y lloro yo con palabras y centellas
de un lucero, de una llama que me está consumiendo
desde que supe, desde que lo entiendo...
Lloro con lágrimas invisibles de mi alma atormentada
y de noche no cierro los ojos,
pues mil veces perdida, sin poder y sin nada,
yo siento la amargura de vivir muriendo...
Como acabó aquel pobre ser en una tremenda agonía;
sin un alma siquiera para su consuelo -
hacia él envío mis pensamientos y lo recomiendo a los cielos
a que le abran todas sus puertas;
al que en la vida tanto, pero tanto dolor padecía -
y cuya voz en el viento se perdía
cuando un susurro de su boca por delirio de la fiebre
en su última hora
tan silente y tan solitario, le salía... Y nadie lo comprendió aquel día...
Tal como lo escribió, puso su alma en las manos de Dios -
y buscando alivio en la muerte, tan cansado, tan silente - ¡se apagó!
Nadie después lo extrañaba, nadie se mordía la lengua
que hirió a este hijo rechazado -
el que luchó hasta el fin, un soldado
de la tinta y la pluma; un poeta - narrador de los enigmas
y misterios de la mente, soñador de nuestras inquietudes;
hoy duerme desde hace ciento sesenta y cuatro años
entre huesos rotos, tierra y los ataúdes...
¡Duerme, caballero de las sombras! Oscuro tu andar
entre los que tú amaste, los pocos que te amaban -
y los muchos que te maldecían; que se irían
tarde o temprano, y tú siempre solo
enfrentabas tus penas con las copas de licor
para olvidarlos...
Pero no pudiste evitar las consecuencias
y perdiste en el final la batalla, mientras mucho mejor te merecías -
por el genio y la sabiduría, y por el gran sufrimiento
el cual jamás olvidarías. Duerme - en la luz y bienestar
mientras yo en mi melancolía
voy a estar esperando y cuando llegue el día,
saldré ansiosa a tu encuentro...
[20/08/2013]
Se apagaron las estrellas...
El cielo lloró entonces y así llora
como antes, también ahora -
y lloro yo con palabras y centellas
de un lucero, de una llama que me está consumiendo
desde que supe, desde que lo entiendo...
Lloro con lágrimas invisibles de mi alma atormentada
y de noche no cierro los ojos,
pues mil veces perdida, sin poder y sin nada,
yo siento la amargura de vivir muriendo...
Como acabó aquel pobre ser en una tremenda agonía;
sin un alma siquiera para su consuelo -
hacia él envío mis pensamientos y lo recomiendo a los cielos
a que le abran todas sus puertas;
al que en la vida tanto, pero tanto dolor padecía -
y cuya voz en el viento se perdía
cuando un susurro de su boca por delirio de la fiebre
en su última hora
tan silente y tan solitario, le salía... Y nadie lo comprendió aquel día...
Tal como lo escribió, puso su alma en las manos de Dios -
y buscando alivio en la muerte, tan cansado, tan silente - ¡se apagó!
Nadie después lo extrañaba, nadie se mordía la lengua
que hirió a este hijo rechazado -
el que luchó hasta el fin, un soldado
de la tinta y la pluma; un poeta - narrador de los enigmas
y misterios de la mente, soñador de nuestras inquietudes;
hoy duerme desde hace ciento sesenta y cuatro años
entre huesos rotos, tierra y los ataúdes...
¡Duerme, caballero de las sombras! Oscuro tu andar
entre los que tú amaste, los pocos que te amaban -
y los muchos que te maldecían; que se irían
tarde o temprano, y tú siempre solo
enfrentabas tus penas con las copas de licor
para olvidarlos...
Pero no pudiste evitar las consecuencias
y perdiste en el final la batalla, mientras mucho mejor te merecías -
por el genio y la sabiduría, y por el gran sufrimiento
el cual jamás olvidarías. Duerme - en la luz y bienestar
mientras yo en mi melancolía
voy a estar esperando y cuando llegue el día,
saldré ansiosa a tu encuentro...
[20/08/2013]
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