dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Ayer volvió mi mujer a casa. Llamaron a la puerta y abrí, pero no había nadie, así que cerré la puerta de nuevo y volví a la biblioteca con la intención de seguir leyendo un poema de Horacio titulado Beatus Ille. Estaba casi acabando su lectura cuando volvieron a llamar, por lo que me levanté de nuevo y abrí; y allí estaba Catherina, la mujer con la que había estado casado cerca de treinta años. Estaba muy cambiada desde la última vez que la vi; siempre había sido muy hermosa, pero verla frente a mí con el cabello alborotado y el vestido tan raído que parecía que había sido roído por un ejército de ratas, la verdad es que no me produjo ningún placer, sino todo lo contrario, repulsión y terror. De un manotazo me apartó a un lado y entró en la casa; lo miraba todo como si no lo hubiese visto nunca, con extrañeza, ella, que era la verdadera dueña de la casa cuando nos casamos.
- Ahora que te he encontrado, ya no me separaré de ti-, fueron las únicas palabras que pronunció.
No llevaba ninguna clase de equipaje. Subió las escaleras hasta el piso superior y entró en la que había sido su habitación, utilizada entonces por mí para almacenar toda clase de cosas: desde libros rotos en espera de un arreglo y ropa muy usada esperando ser regalada o tirada a la basura hasta carpetas conteniendo mis escritos, ya que soy aficionado a escribir tanto poemas como relatos. Había cambiado su aspecto físico, pero no su carácter que seguía siendo irascible; lo comprobé cuando la vi sacar todas las cosas de la habitación y tirarlas escaleras abajo: libros, pantalones, bolígrafos, pisapapeles, folios de papel escritos con mis invenciones literarias, todo quedó esparcido por los escalones de mármol. La odié. Deseé verla muerta, es más, la hubiese matado con mis propias manos si no lo hubiese hecho ya anteriormente. Lo que no comprendía es cómo podía una persona muerta entrar de nuevo en el mundo de los vivos. De pronto, como un relámpago, cruzó por mi mente una idea aterradora: ¿y si ella estaba viva y el muerto era yo?, pero enseguida deseché tal locura, ya que recordaba con claridad haber asistido a su entierro. Y entonces lo comprendí todo: yo también estaba muerto, y ella, desde el más allá, me había buscado hasta dar conmigo, para que mi vida, infernal cuando vivíamos juntos, continuase siendo un infierno una vez muerto.
Eladio Parreño Elías
19-Marzo-2012
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