En el espejo paupérrimo de los zánganos vi mi fiel imagen reflejada de crapuloso ser innominado.Entonces,una rabia poderosa se adueñó de mis manos y golpeé fuerte el cristal hasta hacerlo añicos.Comencé a gemir,desolado por la vejez que se reía pavorosa de la adolescencia que ya nunca llegaría a disfrutar.Era un carcamal,sí,y ante semejante impotencia rondó por mi cerebro obtuso la idea de la muerte,en forma de somnífero potente que me ahogase en sueño eterno de reparador y blasfemo sol ardiente de negro infierno.El reloj de arena ya había agotado la última gota de arena;y yo,esperando por el naufragio existencial,me comía las uñas de desesperación e intranquilidad.Cuando dieron las doce de la medianoche en el torreón del poblado,un ángel negro se presentó ante mí,con esos ojos encarnados de soberbio zafiro,y me susurró al oído que aún no había llegado mi hora.Que,como vil castigo,me consumiría como un carcamal,a la espera de la remisión natural de todos mis mustios sentidos.Entonces lloré lágrimas de azufre y me abandoné al execrable vicio del alcohol para no pensar nunca más en mi putrefacto ser.
Última edición: