NIÑA DE TIERRA
Poeta fiel al portal
Fueron luces en sus primeros tiempos,
aquellos en los cuales su objetivo era darse a conocer,
pero ahora, ahora no son sino incendios en los campos
donde un antes se cultivaban las ideas.
¡Enemigos nosotros!
Que insistimos en buscarlo.
Ya las heridas no se sienten,
ya no arden los estigmas puntuales
porque ya no se distinguen del resto de las heridas
que aparecen en nuestra piel.
¿Son objetos materiales del mundo exterior los que los producen?
Ya no.
Ya es la propia mente quien proclama en ásperos gritos
las grietas de la piel, que se lastima desde dentro.
Lo quema todo desde su nido interior,
donde alberga oscura las más infieles pesadillas.
Como un tóxico mareo me tiende su puente amigo,
embriagándome con el sopor cálido de su mirada,
ensangrentando los ojos con cada intención de transmitirme algo.
Y la desesperación entonces trepa hasta la cara
y se absorbe hasta entrar en el mullido cerebro,
donde cobra el poder que le permite hacer los más jocosos estragos.
Es cuando corremos desesperados
porque necesitamos que todo cambie en el minuto antes de ahora,
y las horas pasan, arrastrando los días,
llevándose consigo los meses y pariendo años,
enterrando al tiempo en el cementerio del alma.
aquellos en los cuales su objetivo era darse a conocer,
pero ahora, ahora no son sino incendios en los campos
donde un antes se cultivaban las ideas.
¡Enemigos nosotros!
Que insistimos en buscarlo.
Ya las heridas no se sienten,
ya no arden los estigmas puntuales
porque ya no se distinguen del resto de las heridas
que aparecen en nuestra piel.
¿Son objetos materiales del mundo exterior los que los producen?
Ya no.
Ya es la propia mente quien proclama en ásperos gritos
las grietas de la piel, que se lastima desde dentro.
Lo quema todo desde su nido interior,
donde alberga oscura las más infieles pesadillas.
Como un tóxico mareo me tiende su puente amigo,
embriagándome con el sopor cálido de su mirada,
ensangrentando los ojos con cada intención de transmitirme algo.
Y la desesperación entonces trepa hasta la cara
y se absorbe hasta entrar en el mullido cerebro,
donde cobra el poder que le permite hacer los más jocosos estragos.
Es cuando corremos desesperados
porque necesitamos que todo cambie en el minuto antes de ahora,
y las horas pasan, arrastrando los días,
llevándose consigo los meses y pariendo años,
enterrando al tiempo en el cementerio del alma.